Renata POV:
Cuántas veces llegué a casa así, con rastros de maltrato, con el alma desgarrada. Gabriel me miraba con esos ojos fríos, cargados de reproche. "¿Qué hiciste ahora, Renata? ¿Te metiste en problemas otra vez? Tu madre se avergonzaría de ti." Sus palabras eran dagas que se clavaban en mi pecho. Me mordía el labio, tragándome las lágrimas, el dolor. El estómago me ardía, mi cabeza palpitaba.
Las noches eran un tormento. Los ataques de pánico me despertaban, dejándome sin aliento. La mansión, grande y vacía, se sentía como una prisión. Yo era un fantasma en mi propia casa. A veces, quería hablar con Gabriel. Contarle todo. Pero me detenía el recuerdo de esas fotos.
Ximena y sus amigas. Me arrastraron a un almacén abandonado. Me quitaron la ropa. Me forzaron a posar. Y tomaron fotos. "Si le dices a alguien, esto se hará público, Renata," me siseó Ximena con una sonrisa angelical. "Y no creo que tu hermano esté muy feliz de ver a su perfecta hermanita así."
Esas fotos eran mi cadena. Sabía lo que Gabriel pensaría. Lo que diría. Me humillaría, me acusaría de inmoral. Confirmaría todas sus sospechas. No me creería. Me descartaría. Decir la verdad solo empeoraría las cosas.
Empecé a tomar pastillas. Para dormir, para no sentir. Pero no funcionaban. Solo me hacían sentir más vacía. Mi cabello empezó a caerse. Decidí buscar ayuda profesional.
La psicóloga. Ella fue la primera persona en años que me miró con una calidez genuina. Me escuchó. Lloré. Lloré como no había hecho en mucho tiempo. Nunca había sentido tanta amabilidad. "Eres muy joven, Renata," me dijo con voz suave. "Tienes toda la vida por delante. Lo que te hicieron no fue justo. No fue tu culpa."
Me aconsejó que me fuera. Que me alejara de todo. Pero no tenía a dónde ir. "No tengo a nadie más. Solo a Gabriel." Prometió ayudarme a planear mi escape. Me hizo prometerle que no haría nada irreversible. Que seguiría luchando. Que la vida valía la pena.
Sus palabras se aferraron a mí como un salvavidas. Por primera vez, me sentí vista, escuchada, valorada. Una pequeña esperanza, frágil como el cristal, comenzó a crecer en mi interior. No me rendiría. Sería fuerte. La psicóloga era mi primera aliada.