"¡Lárgate de esta casa, Renata! ¡No te quiero aquí! ¡No eres mi hermana!" La primera vez que lo dijo, mis entrañas se retorcieron. Lloré. Le grité que lo odiaba, que ojalá nunca hubiera nacido. Él, fuera de sí, me agarró del cuello con tanta fuerza que mis pies apenas tocaban el suelo. El aire se me escapó de los pulmones. Me soltó, golpeándome contra la pared. El dolor me nubló la vista.
Salí corriendo de la casa, tropezando por la calle, con el corazón martilleándome en el pecho. Me acurruqué bajo la marquesina de una tienda, temblando de frío, esperando que saliera a buscarme. Que me arrastrara de vuelta, que me diera un abrazo. Pero no lo hizo. Nadie salió. Nadie me buscó.
Me quedé unos días en casa de una amiga. Hasta que Gabriel me llamó. Una parte de mí, esa parte ingenua y estúpida, pensó que se preocupaba. Que quería que volviera. Que me daría un abrazo, que me diría que sentía lo que había pasado. Fui una tonta.
Cuando entré por la puerta, me estaba esperando. Su mirada gélida. "Así que volviste. Pensé que te gustaba tanto vivir en la calle." Y luego, la bofetada. Con tanta fuerza que mi cabeza chocó contra el marco de la puerta. Me tambaleé. Me sujetó del brazo, apretándome con tanta fuerza que estoy segura de que dejó marcas. Y otra bofetada. Y otra. Mis mejillas ardían. Mis lágrimas se derramaban sin control, pero no emití ningún sonido. No le daría esa satisfacción.
Él me miró desde arriba, con una mueca de desprecio. "Escúchame bien, Renata. Si vuelves a desaparecer, no regreses. No esperes que te venga a buscar. No gastaré un solo dólar en ti. ¿Entendido?"
Cada palabra era un cuchillo. Un cuchillo que se retorcía en mi interior. Su voz era un veneno que se me metía en la cabeza. Su desprecio, una llaga abierta. Y yo, me quedé allí, de pie, sintiendo el ardor en mi rostro, el dolor en mi cuerpo. Pero algo había cambiado. Había un fuego, pequeño pero persistente, que empezaba a arder dentro de mí. Una chispa de resentimiento, de resistencia.