La primera vez que la vi, era una niña. Tenía la edad que tenía yo entonces. Entró en casa como un rayo de sol, con su risa contagiosa y sus ojos brillantes. Se parecía tanto a mi madre. La misma melena castaña, la misma nariz respingona, la misma dulzura en la mirada. Los mismos ojos claros que, según Gabriel, eran idénticos a los de mamá. No es de extrañar que papá y Gabriel la adoraran.
A ella la bañaban en amor. A mí, en indiferencia. Siempre me pregunté si hubiera sido diferente si me hubiera parecido más a mamá. Si Gabriel y papá me hubieran querido. Si no me hubiesen odiado. Ximena se subió al coche de Gabriel, saltando con la gracia de una bailarina. Llevaba un vestido de princesa de un color azul cielo. Sus ojos, los mismos ojos brillantes de mi madre, me miraron. Sus mejillas estaban sonrosadas. Su sonrisa era contagiosa. Una princesa mimada, eso era Ximena. Siempre lo fue.
Ella sabía cómo complacer a Gabriel. Y a papá. Yo era la torpe, la tímida, la que siempre metía la pata. Mis lágrimas, mis quejas, mis intentos de rebelarme, solo provocaban más insultos, más golpes.
Gabriel la sentó en sus rodillas, acariciando su mejilla con ternura. "Eres tan buena, Ximena. Tan amable." Sus palabras me taladraron el alma. "¿Por qué no puedes ser como ella, Renata? Eres tan desagradable, tan irrespetuosa."
Mi sangre hirvió. ¿Respetuosa? ¿Gabriel, él hablaba de respeto? Mis pensamientos flotaban como humo. Ximena era una arpía. Una víbora disfrazada de ángel. No se parecía en nada a mi madre. La dulzura de mi madre era real. La de Ximena, una máscara.
Recuerdo la fiesta de cumpleaños de Gabriel. Sus amigos, esos hombres depravados que él consideraba familia. Uno de ellos, se propasó conmigo. Me arrastró a una habitación oscura. Yo, paralizada por el miedo, no pude hacer nada. Cuando Gabriel me encontró, me golpeó. Me golpeó hasta que caí al suelo. "¡Por qué te vistes así, Renata! ¡Por qué provocas a mis amigos! ¡Eres una puta!"
El amigo de Gabriel, con una sonrisa maliciosa, le dijo que yo lo había provocado. Que era una mentirosa. Y Gabriel le creyó. Siempre le creyó a los demás. Nunca a mí. "No te creo, Renata. Eres una mentirosa. Siempre lo fuiste. No sé por qué te detesto tanto."