Renata POV:
El odio de Gabriel no era infundado, lo sabía. Aunque lo que él creía era una verdad distorsionada, una sombra oscura que había consumido su alma. Él me culpaba. Me culpaba por la muerte de nuestros padres, o más bien... de nuestra madre.
Mi madre murió el día que yo nací. Un accidente de coche camino al hospital. Un impacto frontal. Yo, un bebé prematuro, fui sacada de su vientre en una cesárea de emergencia. Ella no lo resistió. Se fue conmigo llegando al mundo. Fue un intercambio cruel. Vida por vida.
Años después, supe que sus últimas palabras no fueron de reproche, sino de amor. "Dile a mi pequeña Renata que la amo. Que siempre la amaré. Que la perdone, Gabriel." Lo escuché del propio Gabriel, en una de sus noches de borrachera. Su voz, pastosa y llena de dolor, liberó esa confesión. Cuando estaba sobrio, era un muro de hielo. Nunca me miraba, nunca me hablaba, a menos que fuera para regañarme o para decirme lo mucho que le pesaba mi existencia.
Nuestro padre... él también se fue. Hace poco. Se suicidó. Me enteré por los periódicos. Gabriel me impidió leer la carta de despedida de papá. "No te incumbe," dijo. Me prohibió ir al funeral. "No mereces estar allí." Quizás tenía razón. Quizás papá tampoco quería verme.
Gabriel, diez años mayor que yo, creció con el peso del mundo sobre sus hombros. Nuestro padre, ahogado en la pena por la muerte de mamá, hundió la empresa familiar en la ruina. Gabriel, un genio en la arquitectura, se graduó de la universidad antes de tiempo. Con veintidós años, tomó las riendas de la empresa. La levantó de las cenizas. La hizo prosperar. La convirtió en un imperio.
Su vida no fue fácil, para nada. Lo veía. Sus ojeras, su espalda encorvada por el cansancio. A veces, cuando llegaba tarde, le dejaba una bebida para la resaca en su mesita de noche. Le preparaba comida casera para que no se arruinara el estómago. Le compraba gotas para los ojos, vitaminas, e incluso le cambié la lámpara de su estudio por una mejor, todo con el dinero que ahorraba de mi mesada. Hacía lo mismo que mamá. Planchaba su ropa, esperando que, de alguna manera, sintiera mi cariño.
Quería aliviar su carga, aunque fuera en silencio. Sin Gabriel, yo no tendría nada. No viviría en esta casa que, a pesar de su frialdad, era un hogar. Aunque no me importaba el lujo. Solo quería una familia. Quería que Gabriel supiera que me preocupaba por él.