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Sara Johnson.
Sentí mi cuerpo arder y estremecerse por sus besos, ese que se volvía demandante y difícil de seguir a cada segundo.
Su boca era exigente, sus manos temían tocarme, pero mi piel sentía el fuego de su tacto mientras mi corazón palpitaba erráticamente. Sentía como un hormigueo me recorría por completo y como mi sexo se contraía, la sensación era tan desbastadora que de mi garganta salió ese gemido que quería ahogar.
-Sara... debemos parar, porque de lo contrario no me podré detener.
Sus palabras no me detuvieron de volver a juntar nuestras bocas, mis manos a cada lado de su rostro se desviaron hacia su cuello, mis traviesos dedos querían acariciar su sedoso cabello, así que ellos muy hábiles se metieron en esos suaves mechones que hale para atraerlo más hacia mí, quería más, quería eso.
Mi cuerpo se incorporó y se ubicó sobre su regazo recibiéndome sin protesta alguna, no sé cómo, no sé por cuánto tiempo, pero disfruté de sus manos acariciar mi espalda con posesividad. Su boca viajó hacia mi cuello, sus húmedos besos me estremecieron, haciendo que mi piel se erizara y él lo notó, mis caderas estaban listas para iniciar ese sensual baile que tanto mi centro anhelaba, sentí como su hombría cobraba vida y se endurecía en medio de mis piernas, estaba cerca de perder la cordura.
-Sara...
-Charles, no puedo... no quiero detenerme.
Mis gemidos delataron nuestra situación, se apartó un poco y buscó mi mirada la cual le di mostrando mi deseo, no tuve vergüenza.
-Sara, te deseo, pero debemos detenernos, no quiero, pero debemos hacerlo.
Yo solo lo veía y asentía a sus palabras, con cuidado me bajó de su regazo y me senté a su lado. Traté de desviar mi mirada, la vergüenza empezaba a aparecer, pero el me detuvo tomándome por el mentón, me hizo mirarlo a los ojos y me dio un tierno beso en los labios.
-No sabes todo lo que provocas en mí preciosa.
Me sonrojé con sus palabras, y llevé mi mirada hacia su entrepierna confirmando sus palabras. Sus dedos acariciaron con cuidado mi mejilla, esa que aún estaba adolorida por los golpes de Salomón.
-Eres hermosa y no sabes cuanto, no sabes cómo me tienes, tus besos hacen estragos en mí, preciosa Sara. Perdóname, por favor, perdona a este imbécil que no sabe cómo decirte que le gustas y que se está enamorando de ti.
Sus ojos me demostraban la sinceridad de sus palabras. Sonreí como una tonta. Quise decir algo, pero las palabras me abandonaron en ese momento.
Colocó un dedo en mis labios y luego volvió a besarlos con dulzura.
-No digas nada, déjame demostrártelo, déjame aprender a amarte como tú lo mereces, solo necesito que me enseñes, seré un buen alumno, pero tenme paciencia suelo ser un poco torpe.
No pude contenerme y me reí en su cara por sus últimas palabras. Era lo más dulce que alguna vez alguien me pudo decir.
Me arrojé a él en un abrazo.
-Es bueno ser correspondido ¿no crees?
-Totalmente Sara. Te sientes mejor, no quisiera incomodarte.
Lo vi tensarse con su propio comentario, sabía que estaba huyendo, pero no lo iba a dejar.
-Quiero agradecerte por lo que hiciste, nunca pensé que Salomón fuera capaz de hacer algo así.
-Quieres hablar o quieres dejar las cosas así.
-Quisiera que me acompañaras esta noche, no quiero estar sola.
El me miró sorprendido, vi como su nerviosismo hacía acto de presencia, me gusta saber que solo yo le provoco esa sensación.
-¿Él tiene manera de entrar?
Vaya, no me esperaba esa pregunta.
-No, él nunca había entrado aquí, pero temo que su ira lo haga hacer locuras.
Mi revelación causó el efecto que quería, porque lo vi ocultar una tímida sonrisa.
-Parece que le perteneces para que haya hecho algo así.
Y allí fue cuando vi duda en su mirada, era el hombre más extraño, pero no les negaré que me gustaban mucho sus indecisiones, me sentía única para él, inalcanzable y eso me hacía sentir triunfadora.
-Nunca he sido suya, yo viajé a su casa porque quería aclarar mis sentimientos hacia él, sé que acepté su propuesta de matrimonio, pero no estoy preparada para casarme, tengo metas trazadas y él es muy posesivo, pero sobre todo...
En ese momento lancé un bufido que sonó a frustración.
-... ¿Sobre todo?
-No lo amo, no siento... lo que siento por ti, nunca he sido de él, no soy de nadie.
Y allí estoy, como una buena niña confesando lo que siento por Charles, diciéndole a la cara que me gusta, abriendo mi corazón, espero no lo vuelva a lastimar.
Deberían ver su cara, parecía que le hubieran dicho que se ganó un premio, sus ojos brillaron y me pareció ver un poco de rubor en sus mejillas, bajó la mirada y me pareció que se sintió avergonzado.
-No esperaba esa confesión... yo... me tomaste por sorpresa... Bueno no es que tu no me gustes, es solo que...
Coloqué mi mano en su boca, no quería que arruinara este momento.
-Tus besos me confirmaron lo que sientes por mí.
Su mirada recorría mi cara por completo, me sentí extraña, pero me gustaba saber que él me hacía sentir no solo mariposas en el estómago, sino todo un zoológico completo.
-Bueno en ese caso... -Se aclaró la garganta-. Ve a descansar que yo me acomodaré aquí en el sofá.
¡Qué! en el sofá. No querido, puedo ser virgen pero no estúpida, no voy a perder la oportunidad de poder deleitarme contigo toda la noche... Mal pensadas no lo voy a hacer con él, solo lo haré sufrir y bastante, esto será divertido.
-Charles, si lo notas, el sofá es super pequeño y tú eres...- Mi mirada recorrió su cuerpo completamente, sin descaro-. Bueno eres bastante grande... digo alto.
Lo vi cerrar los ojos y suspirar hondo. Era más que obvio que estaba tenso.
-Claro, lo que tú quieras.
-Charles, mi apartamento es pequeño, tengo una sola cama, pero es lo suficientemente grande para los dos.
Charles asintió y me siguió como las moscas a la miel.
-tengo un chándal que me queda bastante grande, te puede quedar, ¿creo?
Abrí mi armario para buscar la ropa para que le ofrecí, pero lo sentí cerca de mí, me tomó por los hombros y me pegó más a él, mi espalda chocaba con su fuerte y amplio pecho, acercó su cara a mi cuello y aspiró mi aroma, luego sentí su cálido aliento chocar en mi piel, me erizó por completo, se acercó a mi oreja.
-Sara, estás segura de esto, no sé si pueda soportar tenerte tan cerca de mí y no poder tocarte.
-Oh, Charles, no sabes cuanto quisiera que me tocaras.
Me atrajo más hacia él, pude sentir su excitación en mi espalda, y yo estaba que me desmayaba de la emoción. Mi cuerpo y mis piernas temblaban, mi cabeza me decía: "cuidado Sara, tanto negarte y ahora mírate, como una libertina", pero mi corazón y mi cuerpo anhelaban sus manos y su calor, quería sentirlo.
Una de sus manos subió por mi hombro y se posó en mi cuello, lo sentí apretar un poco sin hacer daño, eché mi cabeza a un lado para darle más acceso, sentí su otra mano retirar mi cabello y su boca se apoderó de mi piel, sus dientes mordían con delicadeza, pero de forma posesiva esa zona que estuvo por mucho tiempo dormida.
Quise gemir, pero lo contuve, no me atrevía, pero mi cuerpo se estremecía, mis brazos subieron hacia su cuello y el bajó sus manos por mi costado.
-¿Estás segura?
-Sí...
Esa afirmación salió como un gemido.
-¿Qué tanto Sara?
Mientras preguntaba sus manos descendieron hacia mi cintura y apretó la zona enviando miles de sensaciones maravillosas, sus manos se metieron bajo mi camiseta y acarició mi piel de la forma más suave y excitante que haya podido sentir.
Fue subiendo poco a poco, mientras mi piel hormigueaba por su tacto, la prenda se subió hacia mis pechos, los cuales tocó con suaves caricias por encima de la tela de encaje de mi sostén, sin apretar, sin maltratar, sin torturar. Mis pezones se endurecieron de inmediato y con las palmas de sus manos los acarició sin crueldad, era tan delicado y a la vez tan candente, podía sentir su calor y mi fuego.
-¡Oh! Charles.
Sentí su lengua en el lóbulo de mi oreja y mi espalda se arqueó haciendo que mi trasero se restregara en su entrepierna, su lengua descendió hacia mi cuello y un pequeña mordida hizo un caos en mí.
-¡Aaahhh!
No lo contuve más, no pude.
-Sara, no juegues conmigo.
-Solo tócame, Charles.
Y sin más me dio la vuelta y me tomó por los muslos levantándome y haciéndome enredar mis piernas en su cadera. Mis brazos se amarraron en su cuello para sostenerme. Me besó con posesividad y me llevó a la pared más cercana, sus manos terminaron de sacar mi camiseta, y sus ojos brillaron en cuanto vio mis pechos.
-Hace mucho que quería verlos, pero sobre todo tocarlos.
Con su afirmación solo pedía permiso para hacer lo que decía.
-Tócame Charles, mañana me arrepentiré.
Lo vi sonreír triunfante y me miró a los ojos, sus orbes azules eran los más hermosos que había visto.
-No Sara, mañana nadie se arrepentirá de nada, porque solo te tocaré. Cuando te haga mía será para siempre sin remordimientos ni arrepentimientos, así que hoy solo te tocaré.
Y sin más me besó, su magistral lengua entró en mi boca sin pudor, sin respeto, sus manos descendieron a mis pechos, los apretó y los sacó de mi sostén para llevarlos a su boca, mi mirada viajó a esa escena y me provocó un morbo que me tenía lujuriosa, sin pensarlo hale sus cabellos con fuerza, estaba como poseída.
Su lengua juagaba con mis pezones haciendo que se colocaran más erectos de lo que estaban, la humedad de su saliva hizo que sintiera el frio del ambiente, mis caderas bailaban sobre las suyas y mi centro sintió su erección. Mis gemidos eran imparables.
Una de sus manos viajó hacia la cinturilla de mi pantalón y lo desabrochó. Me miró como pidiendo permiso, ante su mirada asentí y su mano se introdujo con habilidad en mi braga, llegó a ese lugar tan preciado para mí.
-Sara, estás tan...
Me arrojé a su boca para besarlo, no lo dejé hablar, me daba vergüenza oírlo en voz alta.
Sentí sus dedos sobre mi botón el cual acarició en círculos haciendo que mis gemidos fueran en aumento. Uno de sus dedos se abrió paso entre mis pliegues y se acercó a mi entrada. Me tensé por un momento y él lo notó, me tocó con delicadeza y me miró a los ojos.
-¿Algo que decirme?
La vergüenza me invadió y escondí mi rostro en su cuello. Bajé una de mis piernas de su cadera y el sacó su mano de entre mis pantalones. Me bajó con delicadeza.
-Sara...
No sabía cómo decirlo, cualquier otro pensaría que soy una experta en el sexo, pero no.
-Debemos descansar Charles.
Me aprisionó contra su cuerpo y me hizo mirarlo a los ojos, levantó una ceja esperando a que hablara.
Volví a bajar la mirada.
-Nunca lo he hecho, nunca, soy... soy virgen.
Lo dije mirándolo a los ojos, su mirada se oscureció, luego levantó la mano que estuvo en mis pantalones y se la llevó a su boca. Saboreó sus dedos como deleitándose y lanzó un gemido que más bien sonó a gruñido gutural. Era la escena más erótica que haya podido ver.
Todo lo hizo sin cerrar sus ojos, mirándome fijamente. Sacó los dedos de su boca y se pasó la lengua por sus labios de la manera más sensual, saboreándose.
Yo estaba roja como un tomate mirándolo sin perderme escena alguna.
-Hoy no, Sara. Tómate tu tiempo, porque cuando lo haga no habrá marcha atrás.
Y sin más tomó la sudadera que había quedado en el piso y se metió en el baño.
-Ahhh -solté el aire que tenía retenido.
Mi cara ardía, mis piernas temblaban.
¿Dios, ese era Charles? No se parece en nada al hombre cobarde e indeciso que tenía por jefe. Cuanto deseo que siga siendo así, impulsivo, arrebatado, en pocas palabras todo un macho.
Sara por Dios, que cosas piensas.
Alejé mis sucios pensamientos y me quité la ropa para colocarme una pijama, bueno es más bien un suéter grande.
-Parece que me quedó perfecta.
Di la vuelta y lo vi en la entrada al baño, se veía tan... varonil, y esta noche sería todo mío.
-Super, se te ve bien.
-Tú te ves bien.
Como podía verme bien con esta pijama de ositos que no era más que un camisón grande que me llegaba a medio muslo.
Nos miramos por un momento y llevamos nuestra mirada a la cama.
-Yo siempre duermo de aquel lado.
Dije intentando calmar mis nervios por saber que esta noche estaría durmiendo a mi lado.
-Entonces yo dormiré de ese lado.
Respiré profundo y pasé de él para llegar al lado de la cama que me correspondía. Él no se movió, solo me observó atento. Después lo vi llegar al que sería su lugar esta noche.
Me senté en la cama y apagué mi lampara, él hizo lo mismo, pero dejó la luz encendida. Me acosté y me arropé con las mantas.
-Que descanses.
-Tú también Sara.
Cerré mis ojos y él aún estaba sentado en la cama con la espalda recostada en la cabecera. Será que no dormirá, no lo pensé mucho y traté de dormir.