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Capítulo 2 2

Competencias

En Sumer, los años han transcurrido pacíficamente en medio de una imperturbable tranquilidad para todos sus habitantes. El pueblo sumerio, gobernado desde hace más de cinco años por el rey Alfenón, ha progresado bastante. Esta vez, en mutua cooperación con quienes en el pasado fueron sus grandes enemigos, "los acadios". Ahora la asistencia y colaboración es solidaria y recíproca entre ambos pueblos vecinos. Para reforzar sus lazos de amistad, desde hace tres años se vienen realizando las competencias anuales entre ambos reinos. Siendo variadas disciplinas las que se disputan cada año, ya sean de lucha, fuerza, velocidad y muchas otras más.

Con medio año de anticipación, cada pueblo propone dos nuevos tipos de competencia. De manera que entran en disputa cuatro nuevas disciplinas, haciendo el evento cada año más interesante. El primer año había sido ganado ampliamente por los acadios. El segundo también, aunque esa vez con escaso margen. El tercer año fue el primero en el que dominaron los sumerios. Este año, los acadios se han preparado de la mejor manera, con intenciones de reafirmar su hegemonía. Sin embargo, no sospechan que ahora los sumerios cuentan con un as bajo la manga en el cual se encuentran depositadas todas sus esperanzas de triunfo.

¡El joven príncipe "Heracles", quien al igual que Tiseo, su desarrollo ha sido extraordinariamente sobrenatural. Fue criado por Alfenón como hijo suyo. Es hijo de Almea, pero engendrado por el poderoso líder celeste "Zeum". Esta extraordinaria y ventajosa genética muy pronto empezó a aflorar en él. Ahora cuenta con poco más de cinco años, pero su aspecto físico es el de un joven de dieciséis a diecisiete años: alto, fuerte y además muy apuesto. En las prácticas deportivas ya sobresale con mucho entre los demás jóvenes, siendo insuperable en todas las competencias. Las veces que le ha tocado participar en algún evento deportivo, todo el pueblo se hacía presente para verlo competir.

El joven príncipe, en su corta edad, sobre todo en este último año, en todo su pueblo se ha ganado más fama y respeto que aprecio. Porque entre los soldados y jóvenes de Sumer, ha llegado a ser poco estimado pese a que nunca demostró aires de abusivo ni de bravucón. No obstante, el poco afecto que le tienen los demás jóvenes es debido a su petulancia y fanfarronería que demuestra en sus victorias. Alfenón, con mucha rigidez y disciplina, se ha encargado de frenar y moldear hasta ahora ese impulsivo carácter del muchacho, pero no así su fanfarronería y presunción.

El rey sumerio jamás le ha confesado quién es su verdadero progenitor. Lo ha visto crecer a su lado y lo ama como si fuese hijo suyo, por lo cual siempre consideró que esto es lo único que debería interesar. El rey personalmente se ha encargado de enseñarle y adiestrarle en todas las artes de luchas y competencias. Con bastante asombro ha comprobado el rápido progreso del joven, no obstante Alfenón sabe el motivo del sorprendente progreso del muchacho, aunque no solo él...

-Es un muchacho extraordinario -afirma Apolinum, al observarlo ganar fácilmente las competencias de velocidad en la que se encuentra practicando con el resto de atletas sumerios.

-Así es, pero ambos sabemos el porqué, lo cual espero no nos traiga problemas en el futuro.

-¿Qué es lo que te preocupa? Si estás pensando que podría heredar la conducta de ese ser, eres un tonto. Hasta ahora no te has dado cuenta de que el muchacho te respeta y te ama tanto como a su madre. Además, es muy noble -le asegura Apolinum, tratando de quitarle a su amigo la inquietud que empieza a nacerle.

Alfenón le da la razón y cambia de tema. Además, hay bastante trabajo por hacer, pues deben organizar la fiesta de bienvenida a los acadios que muy pronto llegarán. Llega el día. Empiezan a arribar los primeros barcos acadios transportando a sus atletas para llevar a cabo los cuartos juegos o competencias deportivas. Al arribar al puerto de Ur, son recibidos en medio de una gran fiesta que se ha armado en el mismo muelle. En el último navío desembarca el rey acadio "Murabi", acompañado de su consorte; una hermosa mujer muy elegante y distinguida. Digna de lo que ella es "una reina". Ambos son recibidos por Alfenón y su hermosa esposa, Almea.

-¡Sean bienvenidos, hermanos acadios! Siéntanse en casa. Es un honor para nosotros tenerlos como invitados. Confíen sus pertenencias a mis siervos, ellos se encargarán de todo. Luego les mostraré sus habitaciones para que puedan descansar, porque ahora, amigos míos, deseo que compartamos esta celebración, la cual fue preparada por su grata visita. ¡Vamos..., acompáñenme!

El rey acadio y su esposa acceden complacidos ante la amabilidad de su anfitrión. Al llegar a los principales asientos preparados para los dos soberanos y sus esposas, el líder acadio se encuentra con un apuesto joven sentado en uno de los asientos principales. Por unos segundos queda observándolo sorprendido e intrigado.

-Disculpas mi descuido. No te he presentado a mi hijo el príncipe "Heracles". Él participará mañana en algunas de las competencias.

El joven se incorpora de inmediato y con amabilidad extiende el brazo para saludar al recién llegado.

-Creo que no me recuerda. El pasado año acompañé a mi padre a Akkad, pero todavía no participaba en ninguna competencia; este año sí lo haré. Es un honor para mí saludarte, gran rey acadio -manifiesta Heracles, tomándole del brazo con un "recio saludo", el cual raya en lo descortés.

El rey acadio experimenta la férrea presión sobre su brazo. No obstante, hace como si nada pasara mientras le corresponde de la misma forma, al tiempo que lo observa de pies a cabeza con mucho interés sin salir de su asombro. Alfenón ha captado la descortesía de su hijo para con su invitado, por lo que, con una fulminante mirada, lo pone en su sitio. El muchacho afloja la presión sobre el brazo del acadio y baja la mirada con sumisión. El soberano acadio tiene su atención puesta en el joven y en su "saludo", por lo cual no ha percibido la reprimenda. Sin embargo, mira a Alfenón dispuesto a salir de su interrogante.

-¡Espera...! Recuerdo que a Akkad, llevaste y me presentaste como tu hijo a casi un niño. Pero hoy... me presentas a un joven y..., al parecer muy fuerte. ¿Estamos hablando de la misma persona? ¿No me digas que es él de quién tanto hablan con orgullo los sumerios y hace temer a mis atletas? -pregunta sorprendido el soberano acadio.

Era de imaginar tal sorpresa, puesto que el pasado año Heracles era poco más que un niño. Sin embargo, ahora es un imponente joven fuerte, alto y por si fuera poco, guapo. El acadio, en sus deducciones, no sospecha la posibilidad del origen celeste del joven. Asume que se trata de un humano como todos ellos, es por ello su total asombro.

-Los jóvenes crecen, a veces sin que nos demos cuenta. Eso pasó con mi muchacho, del cual nos encontramos muy orgullosos. Con respecto a sus habilidades, te aseguro que este año tus atletas, si quieren vencerlo, deberán estar mejor preparados que los anteriores años -responde inteligentemente el orgulloso Alfenón, desviando la conversación hacia otro asunto.

Lo cierto es que no tiene ni existen argumentos creíbles o naturales, para explicar tal desarrollo de su hijo adoptivo; "solo la verdad". Y eso es algo que no está dispuesto a hacérsela saber al acadio y menos a su hijo, aunque es consciente de que se trata de un tema que tarde o temprano deberá conversarlo y hacérselo saber al muchacho. ¡Pero ello no será hoy!

-Espero verte mañana en la arena para corroborar toda la fama que te precede. Por ahora, espero que nos acompañes al menos unos momentos, aunque por supuesto, siempre y cuando tu padre lo permita -sugiere el acadio, demostrándole al muchacho, mayor amabilidad a la recibida de este.

El joven se encuentra contento con la invitación de Murabi, por lo que acepta al instante. Al parecer, la inteligente amabilidad del acadio ha doblegado a la inicial descortesía del muchacho.

-¡Por supuesto!, para mí será un honor poder conversar contigo.

En seguida, con sumisión y respeto, pide la autorización de su padre, porque sabe que Alfenón se ha dado cuenta de su inicial descortesía con el soberano acadio.

-¿Padre, me permites acompañarlos?

El rey sumerio mira a su esposa Almea, como pidiéndole colaboración para frenar alguna nueva indiscreción de su hijo.

-Puedes quedarte, pero solamente por unos momentos. Recuerda que debes descansar; puesto que mañana tendrás mucho trabajo y te necesito en la mejor de tus condiciones.

De tal forma que las dos parejas reales más el príncipe Heracles, se acomodan en los asientos principales. Heracles tiene deseos de conversar sobre muchos temas con el soberano acadio. Desea averiguar sobre la vida en Akkad y las otras zonas aledañas, puesto que en su corta existencia todo su mundo ha girado en torno a Sumer, por lo que desea conocer más. El muchacho, disimulando su entusiasmo, toma asiento a uno de los lados del soberano acadio. Con interés y bastante curiosidad empieza a preguntarle todas sus interrogantes, las cuales son respondidas con gusto por el paciente Murabi. Luego de poco más de una hora, Alfenón prudentemente interviene.

-Hijo..., es momento de que te retires, debes descansar para mañana. Mi invitado y yo tenemos importantes asuntos qué conversar.

El muchacho, obedeciendo a su padre, se levanta de su asiento.

-Fue un placer conocerte, gran rey. Y..., disculpa si en algún momento fui torpe y grosero; espero me comprendas y sepas perdonarme -expresa el joven príncipe, arrepentido de su inicial mala actitud.

El rey Murabi sonríe, manifestándole con ello que no pasó nada. Acto seguido, el joven se despide de los presentes y se marcha a su aposento.

-Deben perdonar tantas preguntas de mi hijo, es muy joven y desea conocer el mundo. En su corta vida no ha salido más que cuando fuimos a visitarlos; por ello espero lo entiendan y nos disculpen sus tantas preguntas.

-Al contrario, tienes un hijo excepcional y muy inteligente. Fue todo un gusto poder responder a sus inquietudes. Así que no te preocupes y disfrutemos de la velada, puesto que nosotros no tenemos que competir mañana en nada.

Ambos soberanos disfrutan la magnífica velada acompañados de sus hermosas esposas. En una sana fiesta llena de celebración, amistad y sobre todo, bastante agasajo para los recién llegados. El licor se convida solamente entre los altos mandos y los invitados de honor que no tienen que participar de las competencias del siguiente día. Se encuentra prohibido para los atletas de ambos pueblos. Aunque como suele suceder, resulta imposible cumplir a cabalidad tal norma; puesto que nunca falta un avivado que logra por ahí hacerse de "una o dos copas". Antes de la llegada de la media noche, Alfenón ordena a su primer capitán Apolinum, despachar a descansar a los atletas de ambos pueblos, el cual, al momento hace cumplir la orden del rey.

-¡Para todos los que deben competir mañana...! ¡La fiesta ha terminado! Por lo tanto, síganme, les mostraré sus habitaciones que han sido apropiadamente preparadas. Les comunico que luego ambos grupos de atletas tienen prohibido salir de sus dormitorios. Lo harán solo cuando se los convoque para la comida de la mañana.

Algunos atletas acadios, sobre todo los más avezados, los que habían conseguido de algún modo hacerse de algunas copas de licor; miran a su rey, quizás esperando obtener de este algún permiso extra para permanecer unos momentos más en la velada; ya que empezaba a ponerse de lo más interesante y divertida. Sin embargo, el rey acadio, con una severa mirada les hace entender que deben obedecer y retirarse. De manera que, no teniendo más remedio, obedecen y se retiran siguiendo a Apolinum.

Al siguiente día, en el campo de competencias se encuentran todos reunidos. Se ha construido un anfiteatro para la inauguración de las cuartas competencias anuales entre los dos pueblos hermanos. En las improvisadas graderías se encuentra gran parte de la población sumeria, quienes esperan con entusiasmo ver en acción a su atleta favorito derrotar a los acadios. Este año todas las esperanzas de triunfo se encuentran depositadas en el joven Heracles, el cual se encuentra formando junto al grupo de compañeros atletas.

En la tarima principal se encuentran los dos reyes con sus esposas; también están presentes los capitanes de Sumer; como algunos invitados de jerarquía que arribaron con Murabi desde Akkad. ¡Suena la trompeta!, por lo que todos los presentes, tanto deportistas como espectadores, guardan silencio. Alfenón se levanta para dirigir la palabra.

-¡Es un honor para nuestro pueblo, ser los organizadores de estas cuartas competencias anuales! ¡La principal intención de estas justas, es la de enlazar aún más los lazos de amistad entre nuestros pueblos! ¡La gloria... será para los vencedores! ¡Para los que no competimos..., la alegría será el haber convivido estos días con nuestros hermanos vecinos! ¡Por lo cual..., espero que las competencias se desarrollen con honor, lealtad, pero, sobre todo con hermandad entre rivales! ¡Quién no lo entienda y actúe en forma deshonesta; será expulsado para siempre de toda competencia! ¡¿Han entendido?!

-¡¡¡Sí, señor!!! -responden casi al unísono todos los participantes.

-¡Dicho esto...! ¡Que comiencen los juegos!

Las primeras competencias serán las de velocidad, en la cual se han seleccionado los cuatro mejores atletas de ambos pueblos. Cada uno en un carril, intercalados sumerios con acadios completando los ocho carriles. La meta se encuentra a doscientos codos (aproximadamente cien metros). El joven Heracles se encuentra entre los cuatro atletas que representan a Sumer y está situado en uno de los carriles del centro. Todas las expectativas de los presentes se encuentran centradas en él.

El juez observa que todos los atletas se encuentren correctamente alineados, para que ninguno trate de sacar una inicial ventaja y... ¡Da la orden de largada...! ¡El joven Heracles, en medio de una gran ovación!, con grandes y veloces zancadas va dejando atrás a sus adversarios, ganando cómodamente esta primera competencia. Sus rivales han quedado perplejos ante la asombrosa velocidad demostrada por el joven y la facilidad con la que fueron derrotados. Ahora saben que se encuentran ante un extraordinario rival, contra el cual entienden que si pretenden vencerlo, tendrán que esforzarse mucho en las siguientes disciplinas.

El joven príncipe solamente levanta la mano en señal de victoria, frenando su particular petulancia ante sus derrotados rivales. Heracles ha sido severamente advertido por sus padres, sobre todo por Almea, quien le ha hecho prometer que en ningún momento deberá manifestar engreimiento y arrogancia en sus victorias. El rey acadio Murabi, asombrado, mira a su homologo sumerio, el cual, con una débil sonrisa, le manifiesta su satisfacción y orgullo por su hijo. Luego se da inicio a las competencias de fuerza y potencia, en las cuales hacen su aparición los representantes acadios; son atletas gigantes y de impresionantes musculaturas, los cuales en apariencia se los ve más fuertes que los sumerios.

La competencia consiste "en lanzar una bola de acero con un peso aproximado de unos siete kilogramos". Quien logre lanzarla a mayor distancia será el ganador. En este duelo, son tres los representantes de cada pueblo. En estos enfrentamientos, Alfenón ha dispuesto que Heracles no participe, aunque el engreído muchacho ya en los entrenamientos anteriores entre sumerios, había demostrado ser el más fuerte. El rey sumerio ha tomado esta decisión para hacer más parejos los duelos, pero, sobre todo, para no despertar sospechas y dudas sobre la naturaleza y origen del muchacho. Entiende que sería absurdo que un chico con el físico todavía en desarrollo, pueda vencer a semejantes gigantes acadios.

Inteligentemente lo ha puesto para que participe solamente en las justas de velocidad, resistencia y habilidad, pero no así en las de fuerza y potencia. En tal caso, ha calculado que con esto alcanzará ampliamente para ganar los juegos. Los gigantes acadios en esta disciplina, sin muchos inconvenientes se llevan la victoria. La siguiente disputa será la carrera de largo aliento con postas por el campo, en la que cada pueblo ha elegido a sus cuatro representantes. Cada atleta deberá correr una legua y entregar la posta a su compañero. Quien llegue primero a la meta será el ganador.

En esta disputa, ambos pueblos estratégicamente colocan al más resistente y veloz para la última posta. Y... ¿quién más que Heracles para que reciba la posta e intente sacar diferencia en la última legua? ¡Se da inicio a la carrera...! Tal como lo habían previsto, los acadios poco a poco van sacando ventaja hasta el penúltimo corredor. Al entregar la posta al último atleta, han conseguido distanciarse poco menos de cuatrocientos codos (unos doscientos metros) de ventaja.

Pero ahora le toca al joven príncipe, el cual toma la posta y empieza a correr con un impresionante ritmo, tratando de darle alcance al resistente acadio. El atleta rival mira hacia atrás y sonríe para sus adentros, seguro de que el ritmo asumido por el sumerio muy pronto lo fundirá. De manera que decide no cambiar de velocidad y permitir que el rival se aproxime; suponiendo que ya lo tiene.

Ya han recorrido casi la mitad de la legua. Heracles ha conseguido superar a dos de sus rivales y ahora se encuentra a unos ciento cincuenta codos (casi setenta metros) del puntero. El acadio que lleva la delantera, es un atleta muy resistente; el mejor de Akkad, el cual aún con aire decide dar fin a su rival, por lo que aumenta el ritmo buscando que el sumerio, en su intención por alcanzarlo, acelere y se funda o termine por resignarse, y baje ya ese ritmo que comienza a serle muy desgastante...

Luego de un par de minutos, el acadio mira hacia atrás y contempla ahora más cerca a su rival. El gran atleta acadio empieza a sentir que el aire y sus fuerzas se le están agotando. Sin embargo, da su último esfuerzo con esperanzas de que su rival termine abatido por el cansancio. Pero..., no tiene idea contra quién está compitiendo: "Un ser con poderes sobrenaturales muy superiores a los humanos y ante esto no tiene cómo competir".

Faltan poco menos de quinientos metros y es inevitablemente alcanzado por el príncipe sumerio. Trata de mantener el ritmo de Heracles, pero sus fuerzas lo abandonan. Sin poder evitarlo, ve hacerse con la victoria al sumerio. Otra victoria de Sumer, otra vez de manos del príncipe Heracles, quien ahora muestra respeto ante sus derrotados rivales. Al parecer, está aprendiendo a ser humilde ante la victoria. Puede ser que debido a su naturaleza sobrehumana, su cuerpo se haya desarrollado antes que su carácter. O quizás, las continuas reprimendas de sus padres es lo que lo está amoldando. Lo cierto es que este cambio de actitud en su personalidad, hace que ahora su gente y sus compañeros atletas, ya no sientan solo respeto y admiración hacia él; sino que ahora hasta empieza a ser apreciado por todos ellos.

De esta manera van transcurriendo los cuartos juegos o competencias entre los dos pueblos, con el extraordinario joven príncipe llevando a la victoria a su pueblo. Con la culminación de los juegos, ahora se encuentran parejos; dos años ganados para cada pueblo. En la última noche se ha preparado una gran celebración por la finalización de los cuartos juegos. Esta vez, "sin las odiosas restricciones de licor" para los atletas, la cual de entrada "es bien aprovechada por estos". El rey acadio, durante la fiesta de despedida y como era de suponer al igual que en la fiesta de bienvenida, se encuentra sentado al lado de Alfenón. Aunque esta vez sin las preguntas del joven príncipe, el cual se encuentra festejando al lado de sus compañeros atletas. El acadio ha quedado impresionado por las habilidades del príncipe y decide hacérselo saber a su anfitrión sumerio.

-Tu hijo me ha sorprendido en demasía. Ya había escuchado lo gran atleta que es, pero, a decir verdad, no imaginé que fuese tan impresionante; jamás pensé que tendríamos al frente a un rival tan extraordinario. ¿Recuerdas a esos extraños guerreros? Aún no sé cómo fue que aparecieron por nuestras tierras, pero a lo que deseo llegar es que las habilidades de tu hijo me hicieron recordarlo por su agilidad y todo lo demostrado.

El soberano sumerio calla por unos instantes, buscando las palabras adecuadas para responderle, pero cuando pretende hacerlo es interrumpido por el complemento del acadio en su deducción.

-Luego, me puse a analizar y... es lógico todo ello, pues viene de ti, un gran guerrero. Te confieso que hasta ahora sigo sorprendido y me pregunto ¿cómo fuiste capaz de vencer a nuestro invencible Ursus y después a nuestro anterior rey? La verdad, no se podía esperar menos de tu heredero. Lo que te voy a confesar, espero quede entre nosotros. Te digo con sinceridad: tengo envidia por el extraordinario hijo que tienes. Cuánto daría por tener un heredero así. Es una sana envidia, mi amigo -le confiesa en voz muy baja, casi al oído.

Alfenón, que le ha escuchado con interés, más que complacido, se siente tranquilo al saber que el acadio no tiene la más remota idea sobre la verdadera descendencia del muchacho.

-¡Ja, ja, ja...! Pierde cuidado y te agradezco por tus halagadoras palabras. Pero, todo es cuestión de mucho entrenamiento y disciplina; nada más que eso. Ah..., y una adecuada dirección y control sobre el muchacho.

Al decir estas últimas palabras, Alfenón busca con la mirada a su hijo y lo encuentra de lo más ameno, compartiendo y tomando licor con sus compañeros atletas. Si bien en porte ya es más alto que muchos de ellos, no obstante, en edad es mucho menor. Por ello el rey llama a Apolinum, quien se encuentra cerca y acude al momento, y le habla al oído dándole el encargo... El capitán sonríe moviendo la cabeza en señal de aceptación y dispuesto a cumplir el pedido de su rey. Apolinum se aproxima a la mesa donde se encuentra el príncipe y sus compañeros atletas. Todos, incluso Heracles, al verlo parado junto a su mesa, se incorporan de inmediato demostrando su total respeto.

-¡Tío...! ¿Puedes compartir una copa con nosotros? -le pide el príncipe totalmente ebrio, alcanzándole su copa.

Apolinum sabe que es la primera vez que el muchacho bebe licor, por lo que comprende su estado. Y también es la primera vez que sus compañeros comparten con él. Además, siempre ha sido cómplice y confidente del joven, por lo que acepta la copa y brinda con todos los de la mesa. Pero, luego de compartir por unos momentos con ellos, toma por los hombros al joven.

-¡Ustedes... pueden seguir compartiendo! Pero mi sobrino y yo tenemos que hablar un asunto importante, por lo cual nos retiramos.

Dócilmente Heracles se deja llevar por el capitán. En toda Sumer, el joven príncipe ha demostrado total sumisión y respeto solamente a tres personas: Alfenón, Almea y a Apolinum (a quien ha conocido siempre como su tío; debido a la afinidad de hermanos con su padre).

Al siguiente día, aún con los síntomas de la intensa velada de la noche anterior, los acadios se despiden de Sumer, marchándose hacia su tierra Akkad.

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