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Capítulo 4 4

Hydes en Tesalia

En Tesalia, Hydes y sus huestes se han establecido en las afueras del pueblo. El líder rebelde no tiene intenciones de relacionarse con estos humanos, tal como lo hizo años atrás con los acadios. Si bien y al igual que la vez anterior, buscará sacar provecho de estos, aunque esta vez y si el caso amerita; está dispuesto a hacerlo de una manera menos sutil, sin recurrir tanto a la diplomacia o al engaño. Ahora se encuentra decidido a hacerlo, apelando al atropello y al abuso; haciendo uso de su inmenso poder sobre estos inocentes humanos, los cuales apaciblemente realizan sus actividades cotidianas, sin tener la menor idea de los terribles días que se les avecinan.

Esta noche, el líder rebelde ha decidido realizar una visita al pueblo, acompañado de su capitán Fausto, por lo cual, ambos se disfrazan de mercaderes nórdicos. No obstante sus enormes portes, de seguro que no pasarán desapercibidos entre la multitud griega. Cuando se encuentran a punto de marcharse, "alguien los interrumpe..."

-¡Te marchas y me dejas aquí sola a esperarte! ¿A dónde vas? ¿Me dejarás encerrada como siempre? Ya estoy harta de tanto encierro, quiero ir contigo. Soy tu mujer no tu fiel esclava. Si no me llevas, te juro que en algún momento me escaparé y me iré de tu lado, porque ya no soporto la vida de encierro a la que me has destinado. Hydes, sin darse vuelta, abre más sus ojos sorprendido, puesto que siempre consideró "que posee esclava y no esposa".

Kare, la joven esclava, la cual hace más de cinco años atrás le fue dada como obsequio por el rey acadio, presume que aún tiene poder de seducción y persuasión sobre este; por lo que trata de hacer uso de aquello con una amenaza, más que advertencia. La ilusa joven al parecer no ha captado las señales. Hydes hace mucho que se encuentra hastiado de las continuas impertinencias de Kare. Desde hace tiempo ha pensado en la idea de deshacerse de ella para conseguirse una más discreta y menos intrusa a sus viles propósitos.

Pero no lo ha hecho, porque nunca tuvo la oportunidad para ello, puesto que siempre se encontraba escapando o luchando contra las fuerzas de Zeum. Pero ahora ha llegado el tiempo de hacerlo. No obstante, por la prisa que lleva, considera que este no es el momento adecuado para ello, por lo cual toma aire y decide frenar sus impulsos, pues determina que ya llegará el momento oportuno para encargarse de frenar los ímpetus de la ilusa joven.

-¡Tú te quedas! A mi regreso hablaremos, será hora de que aclaremos algunas cosas y definamos el papel que juega cada uno de nosotros. ¡Pero ahora te quedarás encerrada en tu habitación! -determina con voz autoritaria, ante la cual, tanto Kare como sus legionarios presentes se sobrecogen con temor. Luego la toma del brazo y la introduce en la recamara, para luego dar la orden a uno de sus soldados-: Te haces responsable por ella, si sale o algo le sucede pagarás con tu vida. Nadie debe salir ni entrar a esta habitación hasta mi regreso. ¿He sido claro?

-Sí, sí, mi señor. No temas, puedes marchar tranquilo; nadie abrirá esta puerta hasta tu regreso -responde con sumisión y temor el legionario asignado.

-¡No puedes dejarme encerrada toda la vida! ¡Me escaparé y nunca más sabrás de mí, te lo juro! -grita la joven golpeando la puerta desde adentro.

Hydes, enfurecido, se detiene un momento a escucharla. Por unos instantes piensa en regresar y darle su merecido, pero analiza la circunstancia y decide marcharse. Determina que a su regreso será el momento de "poner las cosas en orden con ella". La caprichosa pero ingenua Kare no se ha dado cuenta de que ya ha colmado la paciencia del malvado Hydes, por lo cual sus días al lado de él están contados. Lo cierto es que nunca comprendió al lado de quién se encuentra. Un ser al que solo le importa él y nadie más; alguien en el que su maldad y egoísmo se encuentran por encima de todo. Cualidades de su naturaleza, que pronto y para su desgracia conocería muy bien.

El líder rebelde tiene como objetivo visitar el pueblo para: conocer a su población, sus zonas aledañas, sus armas de defensas y todo lo que estratégicamente le pueda ser útil para facilitar el sometimiento de estos hacia él. Aunque también en su visita están contempladas "otras intenciones". Hydes y su capitán Fausto ingresan a la población observando todos los detalles de la zona. De inmediato se dan cuenta de que "las armas con las que cuentan son de bronce"; al parecer a este lugar todavía no ha arribado nadie desde Sumeria o Akkad, a enseñarles la existencia del acero y ellos esta vez no están dispuesto a hacerlo. Para Hydes, mientras menos conocimientos tengan, serán más fáciles de someter.

Los dos seres de luz disfrazados de comerciantes, llegan al mercado del pueblo mezclándose entre el gentío. El gran porte, principalmente el de Hydes, rápidamente llama la atención entre la muchedumbre griega. Muchos vuelcan la vista para ver quiénes son este par de gigantes forasteros que se pasean entre ellos. Ambos se dan cuenta de la inevitable impresión que causan entre los pobladores, sin embargo, actúan de la manera más normal e indiferente que pueden; fingiendo interesarse en algunos productos que están siendo ofertados por los comerciantes asentados.

-¿Qué elixir es ese que tienes allí? -pregunta Hydes, apuntando a un pequeño y raro frasco de arcilla que se encuentra en el mostrador de uno de los comerciantes.

-Poderoso extranjero, te aseguro que con este brebaje "la mujer más fiera e indomable, se convertirá en la más dócil y mansa de todas". Llévalo y verás que no te arrepentirás, mi poderoso señor -les afirma el mentiroso comerciante, mientras le alcanza el frasco sin imaginar que se encuentra ante el mayor de los embusteros.

Hydes, sonriendo por unos instantes, mira a Fausto. Ambos se encuentran sorprendidos y entretenidos por la estrategia de venta con la que los intenta timar el astuto mercader.

-Mi señor..., creo que es justo lo que estás necesitando. Deberías comprar al menos dos frascos, pues es probable que con uno no sea suficiente para ella -manifiesta burlonamente el capitán.

Hydes, ante la broma, sonríe y le responde:

-No será necesario. Tengo pensado un recurso más efectivo que este brebaje, con el cual, te aseguro que no molestará más.

Fausto comprende a que se está refiriendo. Su sonrisa burlona cambia por un rostro más serio y de sumisión hacia su líder. Incluso el mercader, al percibir la expresión del raro e imponente extranjero, cambia de actitud hacia los dos gigantes clientes; con temor queda callado, esperando que compren o se marchen. Los gigantes prosiguen su camino hasta llegar a un puesto que les llama la atención (la venta de esclavos). Se detienen con bastante curiosidad por la manera de ¡cómo los humanos esclavizan y venden a otros! Ya habían visto esclavos, pero nunca comercializarlos o ponerlos en subasta, y de esa manera.

-¡Acérquense! ¡Tengo para ustedes todo tipo de esclavos! ¡Estos..., son hábiles en los oficios cotidianos de la casa! ¡También... tengo a estos poderosos gladiadores, los cuales poseen la fuerza de un toro! ¡Y... lo más importante, aunque solo para los gustos más exigentes, poseo las hembras más hermosas y dóciles! ¡Por supuesto, para quienes tengan con qué pagarlas!

El mercader demuestra habilidad para ofertar a sus esclavos y esclavas, los cuales han sido seleccionados según sus atributos físicos o cualidades. Los dos seres de luz se quedan observando, interesados en el grupo de esclavas que se encuentran en remate. Las hay para todos los gustos: algunas rubias, traídas desde lejanas tierras del norte (al igual que Kare); otras mulatas llegadas del centro de África y un par de ojos rasgados, llegadas de oriente medio.

Ambos se muestran interesados en el grupo de esclavas, pero no participan de la subasta; solamente se dedican a observar en silencio, aunque desnudando con la mirada a todas las que están siendo ofertadas. El astuto comerciante los observa y se da cuenta. Además, con solo contemplarlos entiende que no se tratan de simples compradores; su experiencia le indica que puede sacar mucho rédito de estos. Por lo cual, se dirige directamente a estos extraños y potenciales clientes. Al llegar frente a estos, sin ocultar su admiración por la gran estatura y apariencia de los forasteros, exclama:

-Poderosos extranjeros, poseo lo que están buscando. Tengo dos hermosas doncellas, las cuales son dignas de tan distinguidos visitantes como ustedes. Ellas no se encuentran en esta subasta, porque están destinadas a reyes o personas distinguidas como ustedes. Aquí no hay quién pueda pagar lo que valen mis bellezas. Síganme y se las mostraré; vengan..., les aseguro que no se arrepentirán de hacer trato conmigo.

Ambos se miran y deciden seguirlo. El comerciante, antes de proseguir, deja encargado el negocio a su segundo, seguro de que se encuentra con clientes que le darán mucho rédito a su negocio. Llegan a una tienda, dentro de la cual se encuentran dos jóvenes doncellas muy bellas. Una llamada Leuce es la más joven, pues no pasa los dieciséis años; la otra, es una espléndida y hermosa mujer de nombre Mente, hija de un rey egipcio.

-¡Contemplen cuán hermosas hembras tienen ante sus ojos! Además de su belleza, lo que aumenta su precio es la pureza de ambas, puesto que mis bellas doncellas jamás han sido penetradas por ningún hombre. Ahora pueden ser suyas solamente por cinco piezas de oro cada una. Comprenderán que el precio de cada una es diferente a las demás, porque no se tratan de hembras ordinarias, pues ambas son muy exclusivas. Destinadas a personas exclusivas como ustedes, poderosos y distinguidos visitantes. Si lo desean "pueden pagar y comprobar su pureza aquí mismo".

Ambos las contemplan con bastante interés y deseo hacia las dos hermosas doncellas, las cuales miran con curiosidad y temor hacia sus probables futuros amos. Estos se acercan a las dos esclavas. Aunque, obviamente, es Hydes el que decide y da la última palabra. Su lugarteniente, con muchas ansias, pero conociendo su lugar, sumisamente se queda atrás para dejarle decidir. Hydes toma de la mano a una, luego a la otra y las hace dar una vuelta, mostrando sus hermosos atributos físicos. Luego, satisfecho por lo que ha observado, propone:

-¡Las quiero a las dos! Aunque..., el precio que exiges es demasiado. Dime, ¿vuelven a ser vírgenes después que las posea? Por la cantidad que pides parece que tuviesen esa virtud -le cuestiona con burla al astuto mercader.

A decir verdad, al líder rebelde no le ha costado nada conseguir el oro. Con sus conocimientos superiores, sabe ubicar las vetas y extraer fácilmente el mineral, no obstante, es muy listo. Entiende que mostrarse derrochador podría llamar bastante la atención y eso por ahora es lo que menos desea; de manera que finge regatear en el precio. Además, Hydes sabe lo que piensa el mercader, por lo que es imposible que este lo pueda engañar. Sabe bien hasta cuanto se puede bajar para realizar la venta.

-Noble señor, creo que aún no te has dado cuenta de la gran valía de las hembras que tendrás para ti. Son muy jóvenes y hermosas, sobre todo dóciles. Además, una de ellas es hija de un rey egipcio.

El ladino mercader, al ver que no consigue convencer a su potencial cliente, decide bajar un poco sus pretensiones dispuesto a no perder esta gran oportunidad, puesto que el precio inicial ya estaba inflado, considerando el regateo. En tal caso, aún con este menor precio obtendrá buenas ganancias.

-Hoy me encuentro de buen ánimo y por tener el honor de conocer a tan ilustres forasteros, te las dejaré a las dos en "ocho piezas de oro". No pretendas que baje más el precio, porque ya me estás dejando sin ganancia alguna.

El líder celeste sabe que puede bajar todavía más, sin embargo, no continúa regateando porque le divierte la astucia del comerciante; de manera que finge estar de acuerdo.

-Pagaré lo que pides, pero te juro que si me has engañado en cuanto a su pureza, vendré por ti y haré que me devuelvas diez veces el valor invertido. ¿Está claro?

-Tranquilo, poderoso señor. Pagarás lo justo tal como te lo prometí. No temas, jamás engañaría a alguien como tú. Pero si dudas de mis palabras, puedes tomar ahora mismo a una de ellas y comprobar lo que ofrezco. Tengo el lugar adecuado para ello.

Hasta a Hydes le llega a sorprender la naturalidad con la que se comercializa a estas humanas; como si se tratasen de simples animales u objetos. Hydes, sabe que le está diciendo la verdad y accede pagando el precio pactado. El comerciante toma las piezas de oro y las revisa minuciosamente una por una. Luego de examinarlas, queda más que satisfecho al darse cuenta de que las piezas recibidas son de superiores quilates en comparación a las que se comercializan en aquellos lugares. Sin embargo, oculta su satisfacción fingiendo pesar por perder a tan valiosas esclavas. Obviamente, esto a Hydes no lo engaña; sin embargo, se hace el desentendido.

-Te llevas a mis mejores tesoros, cuídalas muy bien. Ah..., en dos lunas más estaré de regreso por si deseas visitarme, poderoso señor. Te aseguro que traeré grandes sorpresas para ti -promete el mercader, tratando de asegurar para su regreso a tan buen cliente.

Hydes le responde con una pequeña sonrisa y se marcha con sus "dos nuevas y bellas esclavas". Las dos aún continúan maniatadas de las muñecas, en silencio, caminan al lado de los dos gigantes. Su lugarteniente no está exento del deseo que experimentan estos seres por las humanas, además, este jamás tuvo una consigo; solo ha mirado y deseado. Es por ello sus ansias, aunque también mucho temor de pedirle a su líder una para él. Sin embargo, su lujuria y deseo en estos momentos pueden más que su temor, por lo que se arma de valor y decide pedir algo para sí.

-Mi señor, ¿te quedarás con ambas? Ya posees tres hermosas mujeres. ¿Es posible que me concedas una?, tu más fiel soldado.

Hydes, que ya había captado el entusiasmo de su lugarteniente por "sus adquisiciones", se da vuelta e intimidante se aproxima a Fausto, el cual, con temor baja la cabeza, arrepentido por haberse atrevido a tamaña exigencia.

-¿Así que deseas a una de mis esclavas? ¡Sabes lo que hago con quien osa exigirme o desafiarme! Pese a eso te atreves a pedirme esto. Dime, ¿por qué crees que te daría alguna de ellas?

-Mi señor, yo nunca te desafiaría, pero nadie se atreve a expresarte de frente los deseos que todos tenemos. Quizás ahora yo pague el haber sido sincero contigo, pero alguien te debía confesar las ansias que todos tenemos de poseer a una humana. Perdóname por haber sido sincero, y si es mi destino pagar por haberme atrevido a ello, que así sea -le expresa con total humildad, sus durante tanto tiempo reprimidos deseos.

El astuto Fausto conoce muy bien a su líder. Sabe que la sinceridad y la lealtad hacia él, es el mayor de los atributos que este valora entre sus tropas. Hydes, ante a la franqueza de su subordinado, queda meditando por un breve instante. Luego decide recompensarlo; aunque aún desea ponerlo a prueba.

-Por tu franqueza y valentía, te has ganado a una de las tres. ¿A cuál deseas?

-Mi señor, las tres son muy hermosas. Con gusto tendré conmigo a la que tú me entregues o deseches de tu lado.

Hydes queda satisfecho por la respuesta de su capitán. Contempla a las dos por unos instantes, indeciso de cual obsequiarle a su subordinado, pero decide que no le va obsequiar "semejante regalo", sin antes haberla él disfrutado. Por otra parte, Kare, hace tiempo que se ha convertido en un problema. Esta puede ser una muy buena ocasión para deshacerse de ella y al mismo tiempo premiar la fidelidad de su capitán.

-Regresemos a nuestro campamento. Allí te haré saber mi decisión. Por ahora marchemos de inmediato y déjame esta noche para decidirlo.

Fausto, entre resignado e ilusionado, obedece y parten los cuatro de regreso al campamento. Sabe que esta noche es más que probable que Hydes las haga suyas. Luego decidirá entregarle a la que le haya gustado menos. O... "¿Kare...? No estaría nada mal", piensa emocionado. Al instante se da cuenta de que ella es lo más probable que reciba como obsequio. Está al tanto de los disgustos que le ocasiona la joven a su líder y de lo fastidiado que este se encuentra con ella.

Se enciende de solo imaginarse haciéndola suya. Desde que vio por primera vez a la joven, había quedado encandilado por ella; aunque siempre guardó distancia y respeto, debido a sus obvios motivos. Pero ahora se emociona de solo pensar que sus deseos, los cuales antes fueron solo una ilusión. Hoy están tan cerca de hacerse realidad. Por otro lado, si su líder decide entregarle a cualquiera de las dos nuevas esclavas, tampoco le disgustaría en lo más mínimo. Aunque ya no tengan la pureza que ahora ostentan; son muy hermosas. En definitiva, para él poseer a cualquiera de las tres es su máximo anhelo y deseo.

Durante el trayecto, las dos temerosas esclavas caminan en silencio. Hace poco menos de un año, cuando ambas fueron raptadas de sus hogares y entregadas al comerciante de esclavos, este, conocedor del rubro las había comprado, entendiendo que podría sacar muy buen rédito de ambas; debido a la belleza y sobre todo pureza de las dos jóvenes. Algo poco habitual y muy apetecido por los demandantes de esclavos más acaudalados de la zona.

Durante el trayecto, tanto Leuce como Mente, contemplan de reojo a sus dos extraños e imponentes nuevos amos. Ambas han notado que los dos no son personas comunes y corrientes. Estos poseen algo extraño e inexplicable, diferente a todo hombre antes visto. No solamente por su presencia física, sino también porque poseen un aura extrañamente superior a cualquier humano. Al salir del pueblo, Hydes se da cuenta de que está siendo observado por ellas. Con satisfacción detiene la marcha.

-De ahora en adelante no deben temer a nada, yo las cuidaré y protegeré. A mi lado tendrán todo lo que deseen. No quiero que me miren con temor, porque jamás les haré daño alguno -les afirma mientras agarra sus correas y las rompe fácilmente, liberándolas.

Las dos jóvenes se palpan sus lastimadas muñecas por las cuerdas que las tenían maniatadas. Manifestando su asombro por la facilidad con que este rompió sus amarras, también se encuentran sorprendidas por el trato hacia ellas. Sin darse cuenta, experimentan sentimientos encontrados entre temor y atracción hacia su nuevo amo. Más ahora que este las trata de manera tan delicada y amable.

Hydes, durante todo este tiempo al lado de Kare, ha aprendido a tratar a una mujer. Sabe que si a su naturaleza diferente, suma actitudes positivas como galantería y delicadeza; puede conseguir de estas lo que quisiese sin recurrir a la fuerza. Al cabo de un par de horas llegan al campamento, donde son recibidos por el guardia principal, el cual se sorprende al ver a las dos hermosas doncellas, pero lo disimula.

-Bienvenido, mi señor. ¿Deseas que preparemos una recamara especial para las visitantes?

En ese instante Hydes toma en cuenta la situación. ¡Kare! Esta, bajo ninguna circunstancia, va a permitir compartir su recamara y a su "hombre" con las recién llegadas. De manera que es un asunto que debe resolverlo ¡ahora mismo! Fausto, adivinando los pensamientos de su líder; no puede ocultar su emoción. Sin embargo, Hydes mira a su capitán moviéndole la cabeza con una negación. Fausto comprende y se marcha resignado; porque sabe que no será hoy el momento en que su líder le dé a una de las tres como obsequio. Al quedar solos con el centinela, Hydes ordena:

-¡Llama ahora mismo al guardia que dejé apostado en la entrada de mí recamara!

El centinela obedece y al cabo de una breve espera, regresa acompañado del guardia personal de Kare.

-Mi señor, dinos cuáles son tus órdenes.

-¡Prepara una habitación para mí y mis dos acompañantes! También te encargarás de que esta noche nadie nos moleste. Y tú seguirás cuidando a Kare, ella no debe salir de su habitación. ¿Me han entendido?

-Sí, mi señor, se hará como tú ordenas, pero te quiero informar que Kare ha estado...

-Te di una orden y creo que fui bien claro; no me interesan tus objeciones. ¿O..., debo hacer que la entiendas?

-No, no mi señor, todo está claro..., se hará como tú dices -responde el temeroso soldado, al observar la cólera en el rostro de su líder.

Luego de que le han preparado la recamara, encierra en la habitación a sus dos nuevas doncellas, no sin antes ordenar que le lleven bastante licor para disfrutar al máximo su velada. En pocos instantes aparece un soldado cargando dos grandes jarrones, conteniendo bastante vino para los tres. Dentro de la habitación, el líder rebelde se acomoda y se sirve una gran copa de vino, mientras contempla a las dos temerosas jóvenes paradas frente a él.

En estos momentos le viene a su mente aquella situación similar que disfrutó hace años cuando le fueron obsequiadas Nuria y su ahora fastidiosa Kare. Aunque claro, estas no se encuentran ebrias, por lo que se muestran algo más temerosas. Así como es capaz de darle amor a una mujer; también es capaz de desecharla como si nada. Ahora con sus dos nuevas "compañías", los días con Kare "han concluido". Entusiasmado llena dos copas y les convida, sin embargo, ninguna se atreve a tomarlas.

-Les he dicho que no me tengan temor. Es más, dejen de considerarse mis esclavas y siéntanse como mis invitadas de honor, incluso mucho más; tal vez como reinas. Puesto que así serán tratadas mientras sean complacientes conmigo, algo que nos les costará mucho y por lo cual podrían obtener muchos beneficios. ¡Para tranquilidad de las dos, ni hoy ni nunca tomaré a ninguna de ustedes, si es que no lo desean! ¡Esa jamás será mi manera de poseer a una mujer! Yo me las gano como debe ser siempre. Siéntanse seguras como si estuviesen en casa. En tal caso, si no desean beber conmigo es su decisión; yo lo haré solo, pero deseo escucharlas y conocerlas. Vamos..., cuéntenme de ustedes, hablen con confianza -les pide el astuto Hydes, fingiendo una amabilidad y gentileza que no posee.

Ambas, ahora un poco más tranquilas, asienten. No obstante, aún se encuentran recelosas y dubitativas a pesar de las amables palabras de Hydes, el cual hace como si comprendiese el temor de las muchachas; puesto que está decidido a ganarse su confianza.

-Tú primero, dime de dónde vienes. Cuéntame de tu vida antes de ser esclava, habla sin temores -pregunta dirigiéndose a la menor; a la tímida Leuce.

-Nací y viví hasta hace poco más de un año en las tierras del norte, muy lejos de aquí. Hasta que un ejército invasor llegó a mi pueblo, mataron a toda mi familia y a muchos de mi aldea; también tomaron prisioneros a otros tantos, entre ellos a mí. Yo..., solo deseo de todo corazón, tener la oportunidad de regresar a mi hogar o lo que aún quede de él. La verdad no tengo más que confesarte, porque en mi aldea era solo una niña y el poco tiempo que he vivido fuera de casa, siempre estuve prisionera y encerrada -confiesa temerosa la casi adolescente Leuce; intentando quizás inspirar lástima ante su nuevo amo.

Hydes finge entristecerse por el relato de la joven. En su rostro expresa una falsa ternura hacia ella. Es muy hábil y calculador para engañar y seducir; mucho más a tan joven e inexperta doncella.

-Yo te puedo hacer regresar a tu hogar, hermosa jovencita, solo debes confiar en mí. Verás que conmigo es probable que tus sueños se hagan realidad.

Brillan los ojos de la inocente jovencita, ante las prometedoras palabras de su nuevo amo; reflejando esa ingenua esperanza que está naciendo en ella. Luego el líder rebelde, sin esperar respuesta alguna, se dirige a Mente, la cual inmóvil al lado de Leuce, se muestra más serena y segura de sí misma. Su aparente tranquilidad, quizás se deba a que es al menos un par de años mayor que su compañera de desdichas; es probable que esté rondando los dieciocho o diecinueve años.

-Y tú, he escuchado que tu padre es un rey egipcio. ¿Es cierto eso? -pregunta, ansioso por conocer más sobre la hermosa joven.

La esbelta Mente mantiene siempre un aire de suficiencia, por lo que no demuestra timidez ni docilidad; como si no se considerase esclava. Esta actitud de la joven atrae de sobremanera a Hydes.

-Sí... Mi padre es el rey de Egipto. Él pagará muy bien por verme regresar sana y salva. O también..., moverá cielo y tierra para rescatarme de quien me tenga cautiva. Te puedes convertir en el hombre más rico o quizás, en el más desafortunado; dependiendo de cuál sea tu decisión. Piénsalo bien, noble señor -responde la altiva joven, intentando persuadirlo ya sea por ambición o por temor.

La arrogante pero ilusa Mente, no se imagina a quién está intentando convencer. Un ser con tanto poder, que incluso se atrevió a retar al "mismísimo creador", por lo que ningún rey egipcio por más poder que posea; no le inspirará jamás el mínimo temor. No obstante, Hydes se siente intrigado ante el coraje y la arrogancia de la joven, de manera que decide seguirle el juego.

-¿Por cuál de las opciones que me das crees que podrías convencerme de regresarte a casa? ¿Por el temor a tu padre? ¿O la ambición a lo que me pueda otorgar si te devuelvo sana y salva?

Al escuchar la pregunta, la muchacha percibe una luz de esperanza de poder regresar a casa. Al haberse criado entre sirvientes y ejércitos, sabe observar y analizar militarmente, por lo que ha notado que estos extraños e imponentes guerreros, son muy pocos en comparación con el inmenso ejército que posee su padre. Sin embargo, lo que aún no se ha dado cuenta es que estos no son humanos y... el temor a los hombres, es algo que Hydes jamás sentirá.

-La verdad, no sé cuál de tus opciones te convenza de regresarme a casa. Solo te puedo asegurar que mi padre te puede hacer inmensamente rico. O puede hacerte la vida muy desdichada, si llega a saber dónde estoy. Espero que lo medites.

Hydes, pese a la amenazante insinuación recibida, manteniendo la tranquilidad le responde:

-Te haré saber muy pronto mi decisión, pero por ahora puedes sentirte a salvo bajo mi protección. Como les prometí antes a las dos, nada ni nadie las tocará. Y si yo lo hago, será con su consentimiento. De manera que relájense y no teman -les asegura tratando de tranquilizarlas, al tiempo que les alcanza nuevamente la copa de vino a cada una.

Las doncellas, aunque recelosas, agarran sus copas, pero sin atreverse aún a beber su contenido. El líder rebelde no las obliga y simplemente les da la espalda. Se deshace de sus viejas vestiduras con las que anduvo disfrazado en el pueblo mostrando su espléndida indumentaria y da vuelta hacia ellas exhibiendo su verdadero y atractivo aspecto. Seguidamente, con suma tranquilidad, bebe vino mientras observa la sorpresa reflejada en los rostros de las esclavas.

-¿Quién eres tú? ¿Eres un hechicero o algo así? -pregunta impresionada la esclava Mente; mientras que Leuce, entre asombrada y atemorizada, se queda callada.

-Ja, ja, ja; ¿realmente tengo el aspecto de un brujo?

-No lo sé, pero tu apariencia ha cambiado. Y... esa arma, jamás había visto algo tan reluciente. Ni mi padre posee una semejante. También tu aspecto es... diferente a todos los demás hombres. Debes ser de tierras muy lejanas.

-En eso tienes razón, no somos de estas tierras. Venimos de un lugar muy lejano; "tan lejano que ni te imaginas". Pero no vamos a hablar de mí, sino de ustedes, por lo cual quiero hacerles una propuesta. Si aceptan mi proposición, les aseguro que las regresaré a sus hogares. ¿Qué me dicen?

-Dinos de qué se trata. Juramos que lo haremos, pero dínoslo ya -las dos esclavas muy emocionadas responden casi al unísono.

-Cada una de ustedes tiene hasta la siguiente luna llena para convencerme de devolverlas a sus hogares. No me pregunten cómo, puesto que ustedes las mujeres poseen las armas para persuadir a cualquier hombre. Hasta ese día, las dos vivirán aquí bajo mi protección. Ah..., casi lo olvido, un detalle más -se expresa esta vez, dirigiéndose directamente a la egipcia Mente-. ¡El temor jamás me motivará! Por ello te pido que no me vuelvas a amenazar con tu padre... Te aseguro que no es ese el camino para lograr lo que pretendes. Espero te haya quedado bien claro, hermosa mujer. Aunque lo dudo, pues veo en tu cuerpo marcas de recientes castigos. Al haberte escuchado, no cuesta adivinar los motivos. Pero como te prometí antes, puedes sentirte tranquila; puesto que aquí nadie te lastimará -le aclara las cosas el imponente Hydes.

Acto seguido, con una fingida ternura se aproxima a la egipcia, para examinar sus golpes y castigos recibidos con anterioridad; debido al carácter indomable de la princesa. Aparta un poco la prenda que esta lleva, para observar ciertas laceraciones escondidas. Mueve su cabeza fingiendo lástima por ella y rabia por el causante de dichas lesiones. La egipcia se estremece al sentir sobre su cuerpo, las enormes y poderosas; aunque con ella, suaves manos protectoras. Sobresaltada da un paso hacia atrás por aquella extraña sensación, que no se sabe explicar si es temor o atracción.

Hydes, al percibir la exaltación provocada en ella, la deja y regresa a servirse otra copa. Ahora las cartas están echadas. Toda la amabilidad y cortesía manifestada solo fue un engaño. Entre las "cualidades" de Hydes, jamás está la de ser un galante caballero. Además, no las ha comprado para lucirlas o tenerlas como trofeos. Pretende hacerlas suya y disfrutarlas, aunque por ahora no tiene intenciones de hacerlo por la fuerza, algo extraño, ya que si bien son capaces de cometer toda clase de abusos contra los humanos; la violación no es una de sus cualidades. Es por ello que desea que sean ellas quienes se entreguen a él con su total consentimiento. Por lo cual, considera que es este el camino para ello.

Por su parte, las esclavas entienden que este ha sido hasta ahora el mejor amo que han tenido, puesto que es el único que las ha tratado con cierta amabilidad. Otro asunto a favor de Hydes, es que ambas no lo ven como un ser despreciable. Si bien es cierto que les infunde temor; no obstante, también las atrae y mucho. Siendo algo inexplicable pero fuerte, entre los seres de luz y los humanos. Las dos esclavas, en silencio, se miran por unos instantes. Ahora entienden cuál es el probable y único camino de regreso a casa. Comprenden que se encuentran en sus manos y si lo decide, las hace suyas por las buenas o por las malas.

Entendiendo su situación y la oferta lanzada por este, se miran una a la otra. Luego manifestando una pequeña sonrisa, deciden aceptar su propuesta. Ahora sí, beben sus copas de licor haciéndole una invitación para que este haga lo mismo. Hydes, complacido, obedece, luego procede a llenar nuevamente las tres copas. Para él, la velada empieza a cambiar, porque ahora sí empezará la fiesta. Tal como le gusta iniciar sus veladas privadas, las hace danzar. En las dos ya está subiendo el licor a sus cabezas, de manera que, poco a poco empiezan a perderle el temor y se van atreviendo a danzar para él de una forma sensual. Sobre todo la princesa egipcia, la cual lo hace con mucha destreza y sensualidad (puesto que este tipo de danzas es algo característico en las mujeres egipcias), encendiendo en Hydes el deseo y la lujuria.

El líder rebelde, encendido de pasión, se deshace de su vestimenta superior, dejando al descubierto su amplio y poderoso torso. Las dos hermosas vírgenes admiradas lo contemplan, sintiéndose atraídas ante la imponente naturaleza de este magnífico macho. Ahora, influenciadas por la atracción y sobre todo por el alcohol, continúan su sensual y provocativa danza. Leuce, en comparación con Mente, no es tan hábil para la danza, pero como toda mujer, "posee sus atributos o cualidades"; los cuales, si los sabe utilizar puede seducir a cualquier hombre.

De manera que, moviéndose con sensualidad se acerca a este, haciendo como si estuviese dispuesta y a punto de despojarse de su vestimenta. Casi dejando al descubierto lo que se encuentra debajo de ese vestido para luego frenarse, atrayendo con esto la atención del lujurioso líder rebelde. A pocos metros de allí, Kare, encerrada en su habitación, sabe que él ha llegado. Su intuición femenina la hace adivinar el motivo por qué no ha llegado aún a su lado.

-¡Miserable! No me va a abandonar así por así. ¡Le voy a hacer entender quién soy yo para él, ya verá de lo que soy capaz!

Blasfema y maldice la caprichosa Kare, sin entender aún que fue precisamente tal actitud, la que había llevado a Hydes a fastidiarse de ella. La ingenua jovencita aún no se da cuenta de que sus días de favorita han terminado...

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