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Capítulo 7 7

Alfenón, al escuchar a Murabi, observa el mango de la espada guardada en la funda del legionario. Descubre que se trata de una espada similar a la suya.

-¿Arrojaste tu espada al ver a mi hijo desarmado? -le interroga Alfenón, parándose frente al legionario con una actitud poco amigable.

-Así es..., traté de disuadirlo, pero él insistió en enfrentarme. Peleamos cuerpo a cuerpo y sin armas. Es un joven muy hábil y fuerte, además de...

-No te había visto nunca. ¿Perteneces a las fuerzas de Hydes? -interviene Alfenón cortándole la palabra.

Murabi se da cuenta de la actitud del rey sumerio. Cada vez más, sus sospechas sobre la naturaleza del muchacho se acrecientan, pero prudentemente entiende que ese es un tema en el que no se debe de inmiscuir. Además, existen otros asuntos por ahora más importantes que tratar; de manera que escucha en silencio a Bartos.

-Sí..., fui parte del ejército de Hydes. Pero hace seis años, este, antes de escapar del jardín, me ordenó llevar al bosque para matar a una de sus esclavas. Yo desobedecí y escapamos juntos. Desde ese día hasta hoy nos hemos escondido en estas tierras, hasta que tu hijo me descubrió y pasó lo que ya estás enterado.

Alfenón lo ha escuchado en silencio y contempla detenidamente al legionario celeste. Sabe que está siendo sincero en sus palabras; además, no ve maldad alguna en él.

-Si arrojaste tu arma para luchar contra mi hijo, eso me indica que eres un soldado con honor. Algo muy distinto a los seguidores de Hydes, lo cual es algo que respeto. Hablaré con mi hijo. Tú, da por concluido el asunto con él.

El noble Bartos, con un pequeño gesto, mueve la cabeza confirmándole que de su parte no existe ninguna animadversión hacia el joven príncipe. Aclarado el asunto de la pelea, Murabi interviene.

-Te queremos informar lo que está sucediendo muy lejos de aquí. Es probable que nos puedas ayudar. En Grecia, más precisamente en Tebas, se ha desatado una peste, la cual está matando a toda la población. Es probable que Hydes sea el causante de aquello, puesto que todo empezó días después de su partida de aquel lugar. Tú que lo conoces muy bien. ¿Tienes algo para agregar o decirnos de él?

-Con seguridad les puedo afirmar que Hydes es capaz de todo, su maldad no conoce límites; son muy pocos los que le conocen como yo. Les aseguro que si me llevan les puedo ser muy útil, porque entiendo bastante sobre enfermedades y medicinas para combatirlas. Además, conozco como ninguno de ustedes a Hydes, por lo que podría anticipar en algunos casos sus intenciones.

-¿A qué se debe tal cambio de actitud tuya? Fuiste parte del ejército invasor y destructor del jardín. Explícanos por qué deberíamos creerte que estás de nuestro lado -le cuestiona Alfenón, desconfiando de la lealtad del legionario.

-Al inicio, pensé que unirme a Hydes era la mejor decisión, pero luego, al darme cuenta de mi error; ya no podía hacerme para atrás por temor a él. Sin embargo, cuando apareció Nuria me armé de valor. Ella me dio fortaleza y esperanzas para vivir lejos de las garras de Hydes. Ahora..., si en algo puedo retribuir el daño que hice, lo haré -les manifiesta Bartos con total sinceridad.

Los dos reyes quedan convencidos de las palabras del leal legionario. Además, comprenden lo útil que les puede ser Bartos en Tebas.

-Vamos a confiar en ti. Navegarás con nosotros a Tebas, pero te aseguro que no será un viaje corto. Por lo que te pido que traigas a Nuria a Akkad. Ella quedará hospedada en palacio hasta nuestro regreso.

El legionario acepta la propuesta del rey acadio.

Tiseo y Ariana

Los barcos de Zeum y sus legionarios arriban a Atenas. Los pocos pescadores que se encuentran en el muelle, al verlos desembarcar huyen atemorizados por la presencia de estos imponentes seres.

-Nos temen demasiado. Alguien pasó por aquí.

-¿Quién crees que pudo ser? -ratifica con una irónica pregunta la hermosa Gera.

-No podemos quedarnos en el muelle, somos vulnerables desde todos los flancos. Debemos acampar en aquellas colinas. Desde allí podremos observar hacia los cuatro flancos para defendernos; ya sea de los pobladores o de Hydes. Si es que aún se encuentra por aquí -propone el leal Hermys, apuntando hacia unas pequeñas colinas.

Todo el grupo acepta la idea y se dirigen al lugar indicado, dejando los barcos atracados en la orilla rocosa, debajo de las colinas, desde donde podrán observarlos. Todo el tiempo que se encuentran realizando esta labor, son observados desde lejos por algunos pobladores, los cuales sienten desconfianza y temor por la presencia de estos extraños e imponentes extranjeros. Por la noche, al concluir los trabajos, se reúnen en torno a una gran fogata para definir los pasos a seguir.

-Por la desconfianza que nos tiene esta gente, no es prudente que bajemos y preguntemos así por así; puesto que nadie nos querrá decir nada. Sugiero que alguien baje disfrazado de pescador o algo parecido y se mezcle con los pobladores, para sacarles información sobre Hydes y sus tropas. ¿Qué dicen? -propone Hermys.

-Acepto, siempre y cuando seas tú el que vaya -le responde Zeum, aunque sin imponerle el trabajo.

-¡Ya me lo suponía...! Como podrás apreciar, muchas cosas no han cambiado nada por aquí -manifiesta resignado Hermys mirando a Gera.

La guerrera sonríe, hacía tanto que extrañaba esas actitudes sarcásticas; sobre todo de Hermys. Por la noche, el supuesto pescador se dirige a la taberna del pueblo, donde se encuentran reunidos unos cuantos ebrios herreros y pescadores de la zona. El recién llegado pide un enorme jarrón de vino, el cual le es servido al momento. Su presencia no llama demasiado la atención de los ebrios en la taberna, ya que su apariencia no se diferencia casi en nada a la de los presentes en el lugar. Es innegable que nadie como Hermys posee tal facultad para el disfraz. Al observar el jarrón en la mesa del desconocido pescador; uno de los beodos se le acerca en busca de bebida.

-¿Puedes compartir tu vino con este ebrio herrero?

Hermys sonríe para sus adentros, pues el cebo tardó menos de lo esperado en atraer a su informante. En este lugar, tal proposición es generalmente rechazada con una patada, no obstante, el recién llegado casi sin darle importancia y sin mirarle le acerca la jarra de vino. El ebrio herrero, acostumbrado a recibir mal trato por su descarada petición, se sorprende por la actitud indiferentemente amable hacia él. De manera que se sienta al lado de su "nuevo amigo", toma confianza y se sirve un vaso de vino.

-Tú no eres de la zona. Tu amabilidad no es propia de este pueblo -afirma el borracho.

El pescador no le reprocha que se haya sentado a su lado y haya tomado de su vino. Simplemente y sin mirarle, toma su vasija y bebe un buen trago de vino para luego responderle.

-Soy de Arcadia, ando en busca de mejores lugares para comerciar y pescar, porque allá ya no existe tranquilidad. Vine por aquí esperando encontrar mejores lugares, pero al parecer tampoco hay nada bueno aquí. Así que me iré a otro lado, quizás a Tebas.

-Tienes razón, las cosas cambiaron tanto desde que arribaron esos malvados. Y ahora que ya estábamos a punto de recuperar la tranquilidad, regresan nuevamente por nuestras tierras -le relata quejándose el ebrio herrero.

Hermys sabe que ya lo tiene y que la información que necesita la obtendrá más fácilmente de lo que imaginaba, y casi sin preguntarla. Para ello solo debe seguirle el tema y sobre todo, que no falte el mayor de los "incentivos".

-Al parecer están por todos lados -manifiesta Hermys, mientras sirve otro vaso de vino al herrero.

-Lo peor es que no podemos defendernos de ellos. Son muy poderosos, sus armas son muy superiores a las nuestras; parecen dioses.

Hermys se sorprende por lo que escucha. Sabe que lo que expresa, es el sentir de la población en general, por lo que no está dispuesto a cortar el tema, pues desea conocer todo que piensan sobre ellos.

-Yo escapé a tiempo de Arcadia, por lo que no tuve la oportunidad de encontrarme con ellos. Pero ¿de verdad son tan fuertes como dices? Yo no creo lo que me cuentas, pienso que solamente fuiste cobarde y nada más.

-¿¡Tú me tachas de cobarde!? Yo no escapé de mi tierra huyendo de ellos -le increpa el ebrio herrero, molesto por el calificativo.

Hermys casi no puede evitar sonreír por el lógico argumento defensivo del beodo, pero se mantiene serio fingiendo darle la razón para apaciguarlo, mientras le sirve otro vaso de vino.

-Antes en esta taberna, había bellas mujeres a las que podías poseer por media pieza de oro, hasta el día en que entraron esos tres gigantes; los malditos bebían vino como si fuera agua. Uno de ellos le arrebató la mujer que estaba con mi amigo. Él se levantó para protestar y fue lo último que hizo, porque el gigante, de un solo golpe en el rostro, lo arrojó lejos; cayó muerto con el rostro destrozado. Yo me quise levantar para responder, pero no pude; el gigante me puso la mano en la frente y me arrojó a un lado como si fuera de paja. Tuve suerte de que solo me empujara y no me golpeara. Los demás huyeron rápidamente de aquí. Al verme solo también escapé. Se quedaron con todo el vino y las mujeres para ellos tres.

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