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Capítulo 5 5

Heracles en Akkad

Alfenón y su familia (Almea y Heracles), deciden cumplir la promesa hecha a Murabi (rey de Akkad), por lo que parten acompañados solamente de cinco soldados y un par de sirvientes, dejando Sumer bajo el mando de Apolinum. Heracles es el más entusiasmado por este viaje. Era muy niño cuando viajó por primera vez a Akkad, por lo que es muy poco lo que recuerda. Las otras veces que abordó un barco, fue para pescar por las cercanías de Sumer y nada más. Ahora viajan por caudaloso río Buranun rumbo a las tierras acadias. Luego de navegar varias horas, al final de la tarde arriban a Akkad. En el puerto acadio son recibidos por el rey Murabi; el cual se encuentra gratamente sorprendido por la inesperada pero grata visita.

-¡Sean bienvenidos! La verdad no esperaba tal agradable sorpresa. Pero síganme..., siéntanse en su casa, amigos míos. Tengo otras distinguidas visitas en palacio y deseo que se conozcan, pues tienen asuntos muy importantes que comentarles; los cuales, estoy seguro que llamarán su atención -les expresa el soberano acadio, mientras indica el camino a sus huéspedes reales.

Son guiados por Murabi, el cual conversa amenamente con Alfenón que camina a su lado. Un par de metros más atrás, el joven Heracles avanza por los enormes pasillos, observando todo con bastante curiosidad. Al ingresar los recién llegados al salón real, los invitados a los que Murabi había hecho mención se ponen de pie; mientras el rey acadio se ubica entre ambas familias para presentarles.

-¡Ahora la fiesta será completa! ¡Mis amigos..., les presento a los soberanos de Sumer y a su hijo; el príncipe Heracles! El cual, por cierto, es un sorprendente atleta Él es mi amigo Creón, quien ha venido acompañado de Mega; su hermosa hija.

Ambas familias visitantes se muestran sorprendidas por la inesperada circunstancia, no obstante, con afectuosidad se toman del brazo en señal de saludo. Heracles se muestra fascinado ante la belleza de la joven Mega, puesto que desde que ingresó al salón no le ha quitado la vista. Por su parte, la hermosa Mega, al parecer, tampoco ha sido para nada indiferente ante el interés despertado en el apuesto y gallardo joven, puesto que con disimulada sonrisa le ha correspondido el saludo. Luego han intercambiado furtivas miradas con el joven príncipe. Pasadas las presentaciones, el rico comerciante Creón habla, haciendo evidente el sentimiento de desazón que lo embarga.

-El rey Murabi me ha hablado mucho de ti y de tu hermoso reino. Ojalá algún día y en mejores circunstancias de las que ahora nos encontramos, podamos conocer Sumer para establecer vínculos de comercio y amistad con ustedes.

-Me doy cuenta de que algo te aflige, lo cual, al parecer te tiene imposibilitado para realizar algunas actividades que anhelas -le responde con curiosidad indagando Alfenón; puesto que se ha dado cuenta de la aflicción del griego.

Pero antes que el griego le pueda responder, interviene Murabi.

-No se impacienten, amigos míos. Durante la cena que les estamos preparando, tendremos bastante tiempo para conversar, lo cual te pido que escuches con mucha atención; puesto que se trata de un asunto que deseo proponerte -expresa dirigiéndose a Alfenón-. Pero por ahora, deseo que se pongan cómodos y disfruten de mi hospitalidad.

Acto seguido aplaude, ante lo cual hace su aparición una sirvienta, portando un gran jarrón que contiene el mejor vino de la zona.

-Este inigualable licor es uno de los productos que más ganancias me ha proporcionado en Tebas, puesto que allí no existe algo que se le asemeje -afirma el griego Creón, saboreando la bebida que le sabe a licor de dioses.

Mientras los mayores se encuentran distraídos en su plática, Heracles aprovecha para acercarse a la hermosa Mega, la cual, con complacencia, acepta y corresponde al diálogo con el apuesto joven. En los dos jóvenes fue evidente la atracción que sintieron desde el primer momento en que se vieron. Luego de conversar un breve momento con la joven griega; Heracles se dirige al soberano acadio.

-Rey Murabi, ¿nos permites pasear y conocer los alrededores de tu palacio? Aunque por supuesto, siempre que mi señor (dirigiéndose ahora a Creón), me permita llevar a su bella hija conmigo. -Con una reverencia, el joven príncipe también solicita el permiso del padre de Mega.

Murabi, sorprendido por la inesperada petición, mira a ambos padres, esperando que sean estos los que decidan. Alfenón dirige su mirada a Almea y luego a Creón, dándole a entender al griego que está en sus manos tal decisión. Por su parte, el mercader griego acaba de recibir una reverencia de un príncipe. Algo que en Tebas o quizás en todo el mundo no se le dará jamás; por lo que se siente complacido. Además, este pretendiente, aparte de ser un gallardo y apuesto joven, en el futuro heredará todo un reino. Y quién sabe, su hija se convierta en una reina, deduce dentro de sí. No obstante, disimulando su condescendencia con este pretendiente de su hija, da su aprobación; no sin antes darles algunas indicaciones.

-¡Vayan!, pero no se alejen demasiado. Debes regresar pronto, puesto que tienes que alistarte para la cena. ¡Tú, joven, me la regresas sana y salva, tal como te la estoy confiando!

Heracles sonríe y le hace otra reverencia en señal de asentimiento, incluyendo la promesa de cuidarla. Con el permiso otorgado, ambos jóvenes se marchan de la gran sala; entusiasmados por el momento que tendrán para estar juntos y poder conocerse un poco más. Al parecer, Almea es la única inquieta con esta nueva experiencia de ver a su hijo tan entusiasmado por una mujer. Por primera vez los celos de madre afloran en ella.

Desde que ingresaron al palacio, fue la única que se dio cuenta del impacto que la bella jovencita provocó en su hijo. Su intuición femenina y sobre todo de madre, la hicieron percibir detalles que para los demás pasaron desaparecidos. La reina sumeria, celosa, se queda contemplando cómo su hijo se marcha feliz con su bella compañía, mientras los demás se encuentran concentrados en el diálogo.

-Ahora que nos encontramos sin los muchachos presentes, coméntales con toda confianza lo que está sucediendo en tu pueblo; explícales tal como hiciste conmigo. Te he afirmado que Alfenón es alguien en el que puedes depositar toda tu confianza. Ah..., es probable que él te pueda ayudar tanto o más que yo -le sugiere el rey acadio a Creón. Esperando que este se anime y le confiese al sumerio todo lo que le sucede.

-Si mi amigo te tiene plena confianza, es porque de seguro eres una persona leal y de principios. Por mi parte, estoy satisfecho de conocerlos a ambos. Espero que nos puedas ayudar contra esa maldición, la cual, de a poco nos está matando a todos en Tebas.

Alfenón se muestra intrigado por saber qué es lo que sucede en aquellas desconocidas tierras. El mercader griego ahora que tiene toda su atención, procede a comentarle el mal que los aqueja.

-En mi tierra se ha propagado una extraña y maldita enfermedad, la cual ya ha matado a casi la mitad de la población. En mi casa primero enfermó mi hijo. Mi esposa era la que lo atendía y trataba de curar, también fue afectada por esa maldita enfermedad; al final ambos murieron. Mi vida en realidad ya no me importaba, pero sentí pavor ante la posibilidad de perder a mi única hija. Es por ello que nos tienes aquí, desesperados buscando ayuda; la cual espero recibirlas de ustedes, puesto que ambos poseen mayores conocimientos que nosotros, en cuanto a medicina se refiere. Tengo entendido que años atrás, ambos pueblos recibieron enseñanzas de extraños extranjeros que estuvieron por estas tierras -Al decir estas últimas palabras, el comerciante griego mira a Alfenón como queriendo indagar en él sobre este asunto.

Sin embargo, para Alfenón este es un tema que no le gusta tratar con nadie y menos con un desconocido.

-Dime cómo podemos ayudarte, pero no me preguntes cosas que no te responderé -le cuestiona Alfenón algo disgustado sobre el tema de los "extraños extranjeros".

Ante lo cual interviene Murabi tratando de serenar cierta tensión.

-Disculpa, amigo. Fui yo quien le comentó a Creón sobre algunas enseñanzas que nuestros pueblos recibieron de aquellos extranjeros. Los cuales, al final resultaron ser malos visitantes; puesto que nos hicieron pelear entre hermanos y engañaron a nuestros pueblos.

Creón en ese instante se fija en un detalle que llama su atención y que le recuerda algo muy importante:

-Ahora que lo mencionas, hace más de un año arribaron a Tebas unos guerreros altos y poderosos; demasiado diría yo, realizaron todo tipo de abusos y nadie los pudo frenar. Todos portaban relucientes armaduras, las cuales estaban fabricadas de un metal desconocido para nosotros. Tenían espadas que no las había vuelto a ver hasta hoy. ¡Eran armas similares a la tuya! -afirma Creón, apuntado a la espada de Alfenón.

Alfenón mira a Murabi y luego a Almea, la cual ha quedado espantada por la noticia; puesto que sabe de "quiénes se trata".

-¿Llegaste a conocer a alguno de ellos? ¿Continúan en Tebas o hacia dónde se marcharon? -pregunta Alfenón, ahora más interesado en el tema.

El griego ha captado el interés que ha provocado en ambos reyes este relato suyo. Al instante, se da cuenta de que los legionarios que pasaron por Tebas, son los mismos raros e imponentes guerreros que en el pasado, enseñaron aquellas desconocidas artes de sanación; tanto a acadios como a sumerios. Por lo cual, estos quizás conozcan la cura contra la plaga que ahora azota a su pueblo. El esperanzado griego continúa su relato.

-Al poco tiempo y para suerte nuestra, se marcharon hacia el norte; creo que nadie supo realmente hacia qué lugar. Pero su partida fue una bendición para nosotros, aunque recordándolo bien; la peste empezó poco tiempo después de que aquellos extranjeros se marcharon. ¿¡No habrán sido ellos los causantes de la plaga!?! -pregunta el griego muy intrigado, mirando a ambos reyes; queriendo obtener de alguno de ellos la respuesta.

Alfenón y Murabi se miran por unos instantes, luego ambos mueven la cabeza afirmativamente; puesto que no tienen dudas de que fueron "ellos". En tal caso, la incertidumbre es si se trata del grupo de Hydes o del de Zeum. «Gera jamás le dejaría realizar un abuso como ese a Zeum. Por lo tanto, no hay dudas que es Hydes, el que ha estado por esas tierras», deduce Alfenón.

«¿Qué habrá pasado con Gera? ¿Mi hijo..., estará vivo, será alto y fuerte como Heracles?», se pregunta dentro de sí con nostalgia; recordando aquellos inolvidables momentos que pasó al lado de la extraordinaria y bella guerrera. Almea, en silencio, lo mira por unos instantes, adivinando lo que está pasando por la cabeza de su esposo. Su intuición es única y Alfenón lo sabe, por lo cual, el sumerio, de inmediato cambia de actitud e interviene.

-¡Conozco solamente a uno capaz de tanta maldad y ese es "Hydes"! ¿Qué opinas? -concluye preguntando a Murabi.

-Sí..., también creo lo mismo. Aún recuerdo cuando utilizó como carnada al ejército acadio en el asalto al Edén. También supe que ordenó a sus arqueros disparar sin importarle matar a sus propios soldados, con tal de aniquilar a los defensores del Edén. Lo peor de todo, fue capaz de quemar y destruir aquel hermoso lugar. No tengo dudas; nadie más que él podría realizar tamaña atrocidad. Sin embargo, mi pregunta es... ¿por qué hacerlo, con qué fin? -cuestiona preguntándose el rey acadio.

-Luego buscaremos respuestas a nuestras interrogantes. Por ahora, lo que urge es planificar nuestra ayuda para Tebas -sostiene Alfenón. Ante lo cual, Murabi afirma con la cabeza aceptando.

Por su parte, el griego Creón se siente emocionado y esperanzado, al percibir en los dos soberanos su seria y desinteresada intención de ayudarlos. Luego de meditar por unos instantes, Alfenón decide manifestarles su plan.

-Mañana partiré a Sumer para traer conmigo a nuestros curanderos. Ellos poseen conocimientos sobre enfermedades que antes eran incurables para nosotros. Es probable que sepan encontrar la cura para el mal que aqueja a tu pueblo. Te pido que nos aguardes y que tengas fe y confianza en nuestra ayuda.

-Rey Alfenón, no sé cómo podría retribuir a tu buena voluntad. Siempre estaré en deuda con ustedes dos. Ahora veo que Murabi no se equivocó cuando me comentó sobre la nobleza de tu corazón -expresa el griego con mucho agradecimiento, manifestando esperanza en su rostro.

-Es noble la ayuda que nos brindas. Aguardaremos tu regreso, para que juntos naveguemos hacia Tebas -afirma Murabi, también dispuesto a brindar su colaboración.

El griego se encuentra más que complacido y esperanzado en la ayuda que ambos reyes le están ofreciendo. Mientras afuera del palacio, en los amplios jardines, el príncipe Heracles y la hermosa Mega pasean muy a gusto, totalmente ajenos a lo que sus padres se encuentran definiendo; disfrutando de la compañía uno del otro. Es innegable que la presencia de la hermosa jovencita, ha provocado en el joven príncipe tan inusual entusiasmo.

-Nunca imaginé que este viaje llegara a ser tan hermoso para mí. El haberte conocido me hace el más afortunado de los hombres.

-¡Ja, ja, ja...! En tan poco tiempo que me conoces ¿ya te sientes atraído por mí? Te advierto que no soy una ingenua niña para creerme todo lo que me dices. Eres un príncipe, puedes tener en tu reino a las mujeres que desees. Muchas deben caer rendidas a tus pies. Ahora que te observo bien... ¡No eres para nada mal parecido! -responde Mega de forma algo burlesca, aunque también coqueta; ocultando la atracción que siente por Heracles.

Mega, además de ser una joven muy bella, también es inteligente y astuta. No exterioriza la verdadera atracción que siente por el joven, al contrario, se muestra casi indiferente ante las intenciones de seducción de Heracles. No obstante, tampoco le cierra las puertas del todo. Manifiesta ciertas actitudes, con las que le da a entender un "quizás..." dejándole la incógnita de la posibilidad. El joven príncipe es todavía ingenuo en estos asuntos, se encuentra fascinado por ella. Jamás había sentido una atracción así de fuerte por alguna mujer, por lo que se encuentra decidido a no perderla. Ella, por su parte, sabe que mejor partido que este no va a conseguir en ningún lado. Aunque es muy bella, encontrar un príncipe rico y por si fuera poco, muy apuesto; no se encuentra en cualquier lugar. No obstante, como toda mujer inteligente, no le puede hacer la tarea tan fácil...

-Es todo tan hermoso aquí. Ven..., vamos hacia aquellos árboles. En mi tierra todo es playa, mar y... ahora muerte -expresa la joven, mientras le toma de la mano y lo conduce hacia unos enormes árboles frutales.

"El invencible atleta Heracles" se deja llevar con una mansedumbre, que admiraría a quien le viera con esa actitud tan dócil; sobre todo, con la cara de complacencia que manifiesta. De esa manera pasan la tarde juntos y felices, sin que suceda por ahora más nada que amistad entre ambos; hasta que llega el inoportuno momento de regresar. Por la noche, durante la cena, ambos intercambian miradas y sonrisas; las cuales solo son perceptibles por una sola persona. ¿Quién más podría ser? ¡Almea! se ha dado cuenta de la mutua atracción entre los dos muchachos; es la única que ha captado las disimuladas miradas entre su hijo y la hermosa joven griega, ya que los demás se encuentran muy absortos en sus conversaciones.

En medio de la velada, Alfenón llama a su hijo para comunicarle la decisión que ha tomado. El joven príncipe se hace presente acompañado de Mega, de la cual, al parecer no desea desprenderse ni un momento. Alfenón todo este tiempo había estado ocupado o sumido en pensamientos del pasado, por lo que no se había dado cuenta hasta este momento de la afinidad de su hijo con la joven griega. Por esa razón se siente un poco sorprendido, aunque no expresa nada al respecto porque tiene un tema más importante que comunicarle.

-Hijo, debes descansar, puesto que mañana partiremos muy temprano a casa. Iremos a traer a nuestros curanderos. Murabi y yo nos hemos comprometido en ayudar en todo lo que podamos a nuestros nuevos amigos.

Al escuchar aquello, los ojos de la hermosa Mega se iluminan llenos de esperanza.

-¡Gracias, rey Alfenón! Mi padre y yo te estaremos agradecidos toda la vida. Tu hijo tenía razón cuando me habló de la nobleza de tu corazón -le expresa la joven, mientras por debajo pellizca a Heracles para que este no la desmienta, ya que el mismo ni se había acordado de su padre durante todo el paseo al lado de la hermosa joven.

Alfenón se muestra sorprendido por las halagadoras palabras de Mega. Pero, a decir verdad, a Heracles lo único que le interesa en estos momentos es la compañía de Mega, y eso se lo hace saber a Alfenón.

-Padre... ¿Puedo quedarme aquí a esperarte? Además, si vamos a marchar hacia Grecia, de todas formas tendremos que pasar por aquí. Te lo pido, padre, déjame estar con ella hasta tu regreso. Con sinceridad te confieso que ella me gusta mucho y deseo conocerla un poco más.

Alfenón queda mudo ante las palabras de su hijo; no sabe qué responder ante la casi súplica que le hace Heracles. El rey sumerio ahora dirige su mirada hacia Mega, con la intención de descubrir si la emoción viene solamente de parte de su hijo y descubre que ella también le mira suplicante, aunque sin decir nada. Entonces entiende que el "entusiasmo" de su hijo es también correspondido. Comprende que ambos jóvenes se sienten muy a gusto juntos. Decide que no cortará la felicidad que ambos manifiestan; de manera que mueve la cabeza afirmativamente. Heracles ya es unos pocos centímetros más alto que Alfenón. Lo toma de la cabeza y le besa en la frente, expresándole de esa manera su felicidad por el permiso obtenido.

-¡Gracias, padre! Nadie como tú para entenderme...

Acto seguido y sin esperar respuesta alguna, toma de la mano a la joven y se alejan, felices de poder disfrutar de la compañía uno del otro por unos días más. Almea que se encontraba a un par de metros, se encuentra celosa y fastidiada. Lo cual es comprensible, puesto que Heracles, por estar tan emocionado al lado de la joven, no tomó en cuenta a su madre y, además, el permiso se lo solicitó exclusivamente a su padre. La reina, a pesar de su enfado, se queda callada sin expresar su disconformidad.

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