Por su parte, el griego Creón hace como si no se diera cuenta de la relación que va surgiendo entre su hija y el joven sumerio. Conoce muy bien a su hija y confía en que esta sabe cuidarse sola. Además, tal como está la situación, entiende que no podría encontrar un mejor partido para su hija que este, puesto que se trata de un pretendiente, el cual aparte de apuesto, es heredero de todo un reino. De manera que la oposición suya a la amistad entre su hija y el gallardo joven príncipe, es casi nula, por no decir que no existe.
Al despuntar el alba parten hacia el puerto de Ur: Alfenón, Almea y sus pocos sirvientes, dejando a Heracles en Akkad. Al arribar al puerto los recibe Apolinum, el cual se encuentra sorprendido por el regreso tan sorpresivo y ¡sin Heracles!
-¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está el muchacho?
-¡Sígueme, te contaré en el camino! -responde Alfenón sin detenerse.
Apolinum mira a ambos soberanos, en especial a Almea; la cual no oculta su fastidio que todavía siente por la decisión de su hijo de quedarse en Akkad. El capitán se da cuenta de que nada grave ha sucedido, puesto que solamente manifiestan molestia y no así preocupación. Mientras se dirigen hacia el palacio real, Alfenón le comenta lo sucedido, tanto lo que está pasando en Tebas, como la intención de ayudarlos; además, lo del inesperado entusiasmo de Heracles.
-¡Ja, ja, ja! ¡Espero no le hayas llamado la atención al muchacho! Recuerda que tú eras peor que él -declara el leal Apolinum con toda convicción de lo que expresa, puesto que es el único que sabe todas las travesuras que hacía Alfenón cuando era un muchacho.
-¡Eh..., un momento!, yo no tenía seis años cuando hacíamos todas esas cosas. ¿Me entiendes?
-¡Ja, ja, ja! Ni ahora tienes el porte de él. Tú a esa edad solo burlabas a los mercaderes, ¿lo recuerdas? Relájate, él muchacho está madurando más rápido que nosotros -responde Apolinum, con la confianza que se tienen ambos y con su complicidad de siempre hacia el joven príncipe.
En seguida los dos dirigen su mirada a Almea, la cual, con una seria expresión, les hace entender que sus comentarios no le han causado nada de gracia. De manera que callan al notar el disgusto que demuestra Almea. La reina se encuentra fastidiada por el tema y la evidente complicidad del capitán, por lo cual se retira sin decir una palabra. Además, sabe que ambos platican asuntos que para ella no son de su agrado. Efectivamente, tal como la reina presume, al marcharse esta Apolinum se cerciora de que se encuentran solos, para consultar a su amigo casi en voz baja:
-¿Crees que se encuentran por aquellas tierras esos legionarios? ¿Qué harás si te encuentras con Gera? ¡Tu hijo! ¿Será igual de alto y fuerte como Heracles? ¡Con semejante madre que tiene no tengo dudas! ¿No lo crees?
Este comentario del capitán, causa en el soberano sumerio una profunda nostalgia, la cual no puede evitar hacerla evidente. Apolinum se da cuenta y continúa haciéndole recordar aquellos tiempos.
-Sé que nunca la olvidaste. Es una mujer increíble, tanto, que hasta yo no me olvido de ella. ¡Cómo peleaba, ah..., sobre todo la forma en que te protegió y curó tus heridas! ¿Cómo podrías no recordarla? Si fue tuya -expresa Apolinum, con su acostumbrado tono irónico.
Alfenón mira a su leal amigo, puesto que todas esas mismas interrogantes se le han pasado por su mente. Por ello le responde con un gesto de incertidumbre y nostalgia; a ello sumada una pequeña sonrisa de complicidad.
-Sí..., es cierto, nunca pude olvidarla. Quisiera verla y conocer a mi hijo. El rumbo que tomaron las cosas en ese tiempo, no sé si fue el más adecuado para todos, pero fue el que ella decidió.
-Ahora que piensas marchar a esa isla griega, espero que no decidas excluirme de esta nueva aventura. Sabes que, como en los viejos tiempos; "nadie como yo para cuidarte las espaldas y aconsejarte cuando estés a punto de cometer alguna torpeza". Además, tanta paz y tranquilidad ya me está empezando a hastiar, y eso no me gusta para nada. Otro asunto que quizás no has tomado en cuenta; tu muchacho me tiene más confianza que a ti. Así que para aconsejarlo y cuidarlo nadie mejor que yo. ¿No lo crees? -le sugiere Apolinum con su engañosa ironía de siempre, esperando convencerlo para que le permita acompañarlo.
-¡Ja, ja, ja! Tranquilo, no necesitas extorsionarme. Esta vez no te dejaré; te necesito. No sé con qué nos encontraremos en esas tierras. Es probable que tengamos que luchar.
Apolinum sonríe satisfecho con la noticia. Hace tanto que no toma una espada. Además, es uno de los que recibió bastantes conocimientos sobre el uso de hierbas medicinales y el cuidado de enfermos por parte de Gera. Y sabe Alfenón, que toda esa sabiduría adquirida por el capitán les será muy útil en las tierras griegas. De tal manera, esa misma tarde se realizan los preparativos para partir hacia Tebas. Se ponen a disposición dos naves con los médicos, a los cuales se suman unos veinte soldados sumerios, bajo el mando de Alfenón y Apolinum. Se ha decidido que Almea, como reina, se quede en sumeria gobernando; apoyada y escuchando los consejos del anciano Ranmeo (el antiguo rey sumerio). Esa noche, en Akkad, Heracles ha salido en busca de Mega. La encuentra afuera de su habitación, esperándolo ansiosa por su tardanza.
-Me estaba resignando a que no vendrías. ¡Vamos, démonos prisa antes de que nos escuchen los sirvientes de mi padre y lo despierten! -le exige la joven, tomándolo de la mano.
Ambos jóvenes salen deprisa, pasando por los amplios y oscuros jardines hasta llegar al bosque. Allí se dirigen hacia un hermoso lago, el cual brilla por la luz de la luna que lo ilumina.
-Este lugar me recuerda a mi tierra, cuando todo era paz y felicidad; no como ahora, que solo es desgracia y muerte. Sin embargo, actualmente existe para nosotros al menos una esperanza. Tu padre nos ha dado ilusiones de poder regresar a casa -manifiesta con tristeza, aunque con cierta esperanza la hermosa joven.
-¡Mientras estés conmigo, te aseguro que nada ni nadie les hará daño a ti ni a tu pueblo! -le asegura el joven príncipe, sacando provecho de la decisión de su padre.
Ella lo mira y sonríe esperanzada. Él aprovecha para tomarla de la mano y acercarse hacia ella para besarla. Mega por unos segundos le deja hacerlo y le corresponde el beso, pero solo por unos segundos; pues inmediatamente lo aparta colocando sus manos sobre el pecho del joven. Le sonríe moviendo la cabeza negativamente, mientras se levanta para alejarse un poco de la situación. Heracles ha conseguido avanzar en su intento, puesto que la ha besado y ella le ha correspondido; aunque haya sido solo por unos escasos segundos. No obstante, para él es bastante para seguir ilusionado.
En su ingenuidad en estos asuntos, no se da cuenta de que ella se encuentra igual de atraída por él. Aunque, obviamente, debe encubrir un poco su atracción para no regalarse tan fácil. Mega no es una mujer cualquiera, es una joven virgen muy bella, y quien pretenda ser el afortunado de poseer su amor; deberá hacer los méritos para merecerla. No obstante, es inevitable para ella sentirse fascinada por Heracles, puesto que en el tan poco tiempo que lo conoce; se siente irremediablemente atraída hacia el joven príncipe.
Por lo que ocultar el agrado que le provoca la cercanía del joven, resulta todo un reto para la hermosa joven. Por lo tanto y como están las circunstancias; al parecer "lo demás..." solo será cuestión de un poco de tiempo. Al alejarse la joven, Heracles la sigue con la intención de continuar en su intento, pero se detiene, pues sus agudos oídos escuchan pasos muy cerca de allí...
-Quédate en silencio, alguien o algo se aproxima. Escóndete bajo esos arbustos, ¡deprisa! -ordena el joven príncipe, mientras se agazapa para no ser visto y poder observar de qué se trata.
De en medio del oscuro bosque hace su aparición la imponente figura de un hombre; el cual camina en solitario por aquel sitio. El alto y extraño individuo se detiene por unos instantes, porque también percibe algo. Sospechando que está siendo observado, mira hacia todos los rincones y da la impresión de que olfatea buscando algo o a alguien. Y... ¡efectivamente!, descubre las dos siluetas escondidas entre la maleza. Heracles se encuentra desarmado, no obstante, al saberse descubierto, confiado y seguro como siempre de su poder, sale de su escondite para encarar al extraño e imponente desconocido.
-¿¡Qué haces caminando solo en este bosque!? ¿Eres un acadio? ¿O solo vienes a robar? -pregunta con voz imponente el joven príncipe.
El extraño individuo, al contemplar a Heracles, se muestra desconcertado, puesto que al instante se ha dado cuenta de la naturaleza especial del insolente joven. El cual y a pesar de encontrarse desarmado, se atreve a hablarle de esa manera. «No es un humano, tampoco es uno de nosotros. ¿Quién es entonces?», se pregunta intrigado el solitario ser celeste. Heracles sale hacia la parte más despejada. La luna llena se encuentra en todo su esplendor e ilumina a los dos probables rivales. El joven como siempre, fanfarrón y sobrador ante sus rivales, sonríe manifestando confianza en sus fuerzas. Sin embargo, no sospecha que esta vez al frente se encuentra un ser de luz y no un simple sumerio.
-Tal parece no me he equivocado contigo. ¡Vienes a robar! ¡Puedes hacerlo, siempre y cuando pases primero por mí! -lo desafía Heracles, expresando una burlona sonrisa.
-¡No sé quién eres! ¡Y no deseo hacerte daño! Pero si me obligas lo haré. Así que hazte a un lado y déjame seguir mi camino -le exhorta el imponente legionario, tratando de persuadir al joven para evitar la confrontación y así no tener que matarlo.
-¡Él tiene razón..., te lo suplico, no pelees, es muy grande y además estás desarmado! ¡Te va a matar, hazle caso y déjalo ir! -le ruega Mega, muy angustiada ante la inminente confrontación.
El joven príncipe jamás retrocede ante un desafío y menos estando presente tal dama. Por lo que hace caso omiso a las advertencias de la aterrorizada joven y sale al paso interponiéndose en el camino del ser celeste.
-¡Tú lo decidiste, prepárate a sufrir las consecuencias! -le increpa amenazante el legionario celeste, tratando por última vez de disuadir a su desafiante oponente, pero no lo consigue.
Desenvaina su espada dispuesto a poner en su lugar a su osado retador, pero... al ver que Heracles no cuenta con una, arroja la suya clavándola en el suelo, dejándola a la misma distancia de los dos. Esta acción sorprende a Heracles, pues jamás se había enfrentado a un rival tan arrogante y engreído. Esta Actitud hace que Heracles lo observe bien y se dé cuenta de que esta vez no se trata de cualquier adversario al que se enfrentará.
Ahora que los dos se encuentran en igualdad de condiciones, el legionario arremete con todo, pero el joven con extraordinaria agilidad consigue esquivarlo y contraatacar. No obstante, deja al descubierto uno de sus flancos, el cual es aprovechado por el legionario, quien le propina un poderoso golpe de puño en todo el rostro; derribándolo y haciéndole sangrar la nariz. Mega grita asustada al verlo caer. Heracles, aún sentado en el suelo, se toma la nariz y observa su mano manchada con su sangre. ¡Jamás nadie había sido capaz de hacerle esto!
El legionario inmóvil lo observa, esperando que esta acción lo persuada y dé por concluida la pelea, pero no es así. Heracles, por más joven que aún sea, lleva la sangre del más poderoso y temerario de los seres celestes, por lo cual se levanta buscando revancha. Esta vez salta sobre el legionario, quien consigue de apenas esquivar el ataque, pero el joven aún no ha demostrado todo lo que tiene y aplica una fortísima patada sobre las extremidades inferiores del legionario, haciéndolo perder el equilibrio para caer pesadamente. Ahora es Heracles quien hace el gesto a su rival para que se incorpore, puesto que la lucha recién empieza. Ambos, sin más armas que sus manos y sus pies, se enfrascan en una feroz pelea, la cual resulta ser pareja y sin tregua; haciendo caso omiso a los angustiados gritos de Mega. La lucha se torna feroz y sangrienta. Pero...
-¡¡¡Alto, deténganse!!!
Son rodeados por más de treinta soldados acadios, quienes amenazantes les apuntan con sus flechas. Los dos ensangrentados rivales se detienen ante la imperiosa orden.
-¡Suelten a ese, es el príncipe sumerio! ¡Al otro, encadénenlo y llévenlo ante Murabi!
Los tres son llevados al palacio, donde rey Murabi y el griego Creón, los están aguardando. Al encontrarse frente al gobernante acadio, Heracles, avergonzado baja la cabeza; pues sabe que tiene bien merecida la reprimenda que recibirá.
-¿Dime qué es lo que ha sucedido? No me dejes asumiendo que así acostumbras a pagar la hospitalidad que se te brinda -le interroga Murabi amonestándolo.
Heracles, ante la reprimenda del rey acadio, permanece en silencio sin manifestar altanería, aunque tampoco sumisión.
-Yo les voy a explicar lo sucedido -interviene Mega dando un paso adelante, cortando el angustioso momento.
Les relata cómo ocurrieron las cosas, obviamente a excepción del incipiente y frustrado romance. Murabi, mientras la escucha, contempla de pies a cabeza al legionario Bartos. Se ha dado cuenta de que se trata de uno de aquellos extraños seres que estuvieron entre su gente hace casi seis años atrás. Entiende que esta imprevista situación les puede ser muy útil, siempre y cuando solo se trate de uno de estos seres y no así de todo el grupo.
-Por hoy son suficientes problemas. Tú Heracles, vete a descansar, mañana conversaremos en presencia de tu padre. Creón..., haz lo mismo y llévate a tu hija. ¡Ustedes, síganme! -concluye Murabi, ordenando a su grupo de guardias que tienen maniatado al legionario Bartos, puesto que desea hacerle algunas preguntas.
Sus guardias conducen al maniatado y dócil Bartos hasta el palacio. Una vez en el interior del palacio, Murabi contempla detenidamente los golpes y lesiones en el rostro del legionario a causa de la pelea con el joven Heracles. Sonriendo hace un gesto de asombro, imaginando la gran lucha que libraron los dos contendientes.
-¿Quién es ese joven? Estoy seguro de que no es de estas tierras -pregunta Bartos aún desconcertado.
-¡El prisionero eres tú! ¡Por lo tanto, el que hace las preguntas soy yo...!
Bartos comprende y decide solamente responder lo que se le vaya a preguntar.
-Ahora que estamos de acuerdo. ¿Qué haces en nuestras tierras? ¿Dónde están tus compañeros? -interroga el rey acadio.
-Pierde cuidado. Me encuentro solo por aquí. Soy un desertor de las fuerzas de Hydes. Tengo a mi mujer, con la que muchos años hemos vivido cerca de tu pueblo y sin que ustedes sepan de nosotros. Jamás fuimos ni seremos una amenaza para ustedes -responde con sinceridad el prisionero.
Murabi le escucha con atención. Luego hace un ademan para que prosiga en su confesión; puesto que está seguro de que este tiene mucho más para confesar. Ante lo cual el noble Bartos prosigue.
-Como muchas otras veces, me encontraba buscando ciertas hierbas, las cuales solamente se encuentran en aquella zona. Siempre aprovechaba la noche para no ser descubierto por tus soldados, pero ahora me encontré con ese obstinado joven, el cual estoy seguro de que no es un hombre común y corriente. ¡Lo enfrenté! Sé que así no lucha un acadio -concluye Bartos, convencido de sus deducciones.
Ante esta última afirmación Murabi se muestra desconcertado, puesto que él también se encuentra muy sorprendido por el joven. Son muchas las cualidades extraordinarias que ha observado en Heracles y ahora, por si fuera poco, el hecho de haberse enfrentado y no haber caído derrotado ante este rival tan grande y poderoso, le hace suponer que existe algo extraño que debe descubrir; aunque con mucha sutileza, para evitar algún malentendido con su padre Alfenón. El soberano acadio, al contemplar la actitud sincera y pacífica de Bartos, ya no lo considera una amenaza. No obstante, decide tomar sus recaudos antes de liberarlo.
-Si te dejo en libertad, ¿qué me asegura de que no vendrás luego con tus compañeros a atacarnos?
-Si prometes no hacerle daño a mi mujer te puedo llevar al lugar donde nos escondemos. Te convencerás de que no miento y que no somos ninguna amenaza para ustedes.
-No eres prisionero, eres mi invitado, sin embargo, quiero que te quedes esta noche. Mañana llegará el rey Alfenón de sumeria y deseamos hacerte algunas preguntas; espero que estés de acuerdo.
Bartos responde afirmativamente con la cabeza, pero le muestra que aún continúa maniatado.
-¡Suéltenlo! -ordena Murabi a sus guardias, los cuales obedecen al instante.
El legionario celeste, manteniendo su apacibilidad, frota sus lastimadas muñecas mientras mira en forma amigable al rey acadio, esperando alguna otra determinación por parte de este.
-Concédanle una habitación para que pueda descansar.
Al siguiente día arriban Alfenón y Apolinum, más toda su comitiva. Salen a recibirlos: el rey Murabi y Creón, acompañado de Mega. Atrás, un poco rezagado, se encuentra Heracles, quien siente algo de temor hacia su padre por lo ocurrido la noche anterior. Además, de que se encuentra avergonzado, por su rostro golpeado y lleno de moretones. Alfenón entre la multitud busca a su hijo y se sorprende al encontrarlo algo distanciado, intentando pasar desapercibido, por lo que se abre paso hasta él.
-¿Por qué te apartas? Pero... ¿¡Qué te ha pasado!? ¿Quién fue el causante de esto? ¡Responde!
-Tranquilízate, padre... Yo tuve la culpa. Fue algo sin importancia.
-Tu muchacho tiene razón. Fue un simple malentendido. Él mismo se encargará de explicarte. Por ahora tenemos un asunto muy importante que debemos verlo los dos -interviene Murabi tratando de calmar la situación.
-¿Cómo que simple malentendido? ¡Mira el estado en el que se encuentra! -lo increpa Alfenón, molesto por la tranquilidad manifestada por el soberano acadio.
-Serénate y sígueme. Lo que deseo mostrarte tiene relación con lo que le ha sucedido a tu hijo.
Alfenón lo sigue, mientras Apolinum permanece al lado de Heracles observándolo. Se encuentra intrigado por saber quién o quiénes han sido capaces de propinarle semejante paliza.
-¿Cuántos fueron?
Heracles, con el dedo, le hace saber que el rival fue uno solo.
-¡¿Uno solo fue capaz de dejarte así?!
El joven no le responde, pues no tiene ánimos para hablar. Apolinum comprende y no pregunta más. Solamente mira para todos lados, como buscando al causante del hecho. Murabi y Alfenón llegan al palacio donde les está aguardando Bartos, quien se incorpora al verlos ingresar. Alfenón, al momento de verlo, se da cuenta de que se trata de un legionario celeste. Le observa el rostro lastimado al igual que el de su hijo. Ahora comprende qué fue lo que sucedió con su hijo.
-¡No tengo dudas de que fuiste tú el que se encontró con mi hijo! -asegura el rey sumerio, queriendo saber cómo fueron las cosas.
Bartos no le responde, simplemente se queda mirándolo. Murabi interviene en ese momento.
-Fue una pelea justa. Él estaba armado, pero arrojó su arma cuando observó que tu hijo no tenía ninguna.