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Desde que llegamos a Nueva York no he tenido tiempo de hablar siquiera con Niza, mucho menos verle y todos mis planes para reconquistarle está en manos de su hija de catorce años, peligrosamente gastona.
Así que me armo de valor y con un ramo de rosas y una caja llena de los mejores hot dogs de la ciudad me acerco a la puerta de Niza, pero justo c
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