Capítulo 2 Bárbara Allyn

Inmediatamente salí corriendo de la clase. Pude escuchar que todos murmullaban sobre mí en la clase y aún llevaba el hedor del vómito como un molesto perfume, impregnado en parte de mi ropa. Entré en la estación de enfermería de la Facultad con todo dándome vueltas. No podía seguir respirando, se me hizo un nudo en la garganta y caí al suelo. Todo fue a negro.

Al despertar el Sr. Fitz estaba sentado junto a la camilla, leyendo El amor en los tiempos del cólera. Parecía concentrado y se había quitado el suéter. Recordé entonces que lo había vomitado y me morí de vergüenza. Con los ojos entreabiertos me percaté de que llevaba una camiseta negra muy ajustada, que marcaban unos pectorales discretos, pero igualmente atractivos. «Es tu profesor de Escritura Creativa. Y un hijo de puta sádico»

–¿Te acabas de despertar y no se te ocurre agradecerme? «¿Por humillarme hasta el punto de desmayarme?»

–Gracias por venir –alcancé a decir. El Sr. Fitz cerró su libro y acercó la silla.

–Todavía luces fatal, pero estás viva. No pensé que fueras a ponerte así. Tenía una risa de suficiencia que me hacía odiarlo a cada segundo. –Ya cumplí con mi parte. Ahora me gustaría que transmitieras a tus compañeros de clase los deberes de la primera clase. Me incorporé. Con la vista busqué mis cosas, pero no las encontré. –Me temo que tu cartera y libretas de apuntes no los traje. Los llevé a mi casa cuando fui a cambiarme. Estuviste desmayada unas horas. Imagino que se te olvidó el desayuno. Entonces, se puso en pie y se dirigió a la salida de la habitación. –Profesor –le dije–, no me comunicó cuáles eran los deberes. Esbozó una media sonrisa que lo hacía verse aún más atractivo y cínico. –Se trata de una narración de índole sexual, ya que pude comprobar que el estado general de la clase es que la Escritura Creativa se trata de relatos de masturbaciones y penetraciones sin consentimiento. –¿Qué quiere decir? –Para la próxima clase, quiero en mi escritorio un relato de tres páginas que describa lo más vívidamente posible la primera vez que tuvieron sexo en sus vidas.

Me quedé de piedra. Yo, hasta el momento, jamás había llegado tan lejos en materia sexual, así que lograr una descripción, y que encima tuviera unas diez páginas se me antojaba algo imposible. Antes de salir de la habitación, el Sr. Fitz se volteó y recalcó:

–Y recuérdales que, si es inventada, lo sabré. Se retiró y, tras de sí, dejó una estela de perfume masculino. Tenía un aroma ligeramente cítrico y a la vez era tan fresco que me hacía soñar con campos de violetas. Un olor que me recorrió desde el estómago hasta ponerme los vellos del cuello de punta. «¿Qué te pasa?», pensé. En ese instante llegó la enfermera y me dijo que todo estaba bien, que podía retirarme. Solo entonces recordé que mis cosas estaban en la casa del Sr. Fitz y las necesitaba para las clases del día siguiente. Saqué mi celular y llamé a Lola, mi mejor amiga. Ella era Alumna Ayudante de la Universidad, así que era muy posible que tuviera algún contacto del profesor. –¿Lola? –le dije cuando comuniqué. –¿Qué quieres, Becca? –¿Tengo que querer algo para llamarte? Silencio. Mi amiga me conocía bien. –Necesito el teléfono o la dirección del Sr. Fitz. –¿El buenorro de Escritura Creativa? –El profesor de Escritura Creativa –recalqué. No quería que supiera que también lo encontraba atractivo. –Dame cinco minutos y te envío su dirección en su SMS. –Gracias, eres la mejor. –¿Quedamos esta noche? –Pásate por casa. –Nos vemos.

Salí del hospital en dirección a la parada del bus, todavía un poco mareada, cuando escuché el claxon de un automóvil. Normalmente no soy el tipo de chica que levanta miradas o hace que suene el claxon de los autos en la vía, así que hasta que no gritaron mi nombre, no me volteé a mirar. –¿Te llevo? Era el Sr. Fitz. –No, gracias. No me sentía capaz de permanecer en el mismo espacio cerrado que él. Era desconsiderado y demasiado mala persona para mi gusto. –Te llevaré a mi casa, para devolverte tus cosas. La verdad, no tenía muchas ganas de caminar, y necesitaba mis cuadernos y mi monedero, donde llevaba además mi identificación. Subí al automóvil del profesor y me puse el cinturón de seguridad, a lo que él hizo un comentario típico de él:

–¿Tienes edad suficiente para estar sentada aquí delante? Me tenía harta de su actitud imbécil. Como el semestre había recién comenzado, podría intentar un cambio de optativa. Alguna con un maestro menos... Fitz. –¿Estás incómoda conmigo? Me colmaba la paciencia. –¿Sabe qué? –estallé– Estoy harta de su actitud conmigo. Lo voy a denunciar por acoso a la junta escolar, y estoy segura de que su escenita en que hizo vomitar a una estudiante mediante presión pública trascenderá las paredes de la Facultad. Así que, por favor, limítese a llevarme a su casa y entregarme mis materiales, ¿sí? El Sr. Fitz quedó de piedra con mi reacción. Encendió el automóvil, movió la palanca de velocidades y manejó en silencio por unos minutos, mientras se me pasaba el cabreo. Cuando nos detuvimos en el primer semáforo, me dirigió la palabra:

–¿Por qué te anotaste en mi asignatura? –Ya se lo había dicho, ¿recuerda? Mientras leía El amor en los tiempos del cólera. Sonrió. –Eso fue lo que tú me dijiste cuando pensabas que era solo atractivo estudiante...

«¿Atractivo? ¡Será autosuficiente!»

–Pero estoy más interesado por saber qué le dirías al profesor. A veces reservamos razones estúpidas para personas con las que queremos lograr cierta empatía. ¿Cuáles son tus razones, Rebecca? Mientras me hablaba, sus ojos taladraban mis pupilas, y me sentía intimidada. No pude sostenerle la mirada por mucho tiempo, así que bajé la vista y me encontré que había puesto mi meñique sobre su pierna. Asustada, lo alejé. Me acaricié el cabello, para relajarme y contesté:

–Realmente me gustaría ser escritora. Es mi sueño. Ver mi nombre más grande en la portada que los títulos. Es como gritarle al mundo «No importa cuál sea este libro; si ella lo escribió vale la pena leerlo». El Sr. Fitz me acarició entonces la pierna. No fue en modo pervertido o nada parecido, sino que era más bien como dándome una palmada de ternura. Como si de pronto pudiera entender todos mis deseos y aspiraciones. –Mi esposa logró eso. «¿Su esposa?»

–La mayoría de sus libros se consideran joyas raras y su nombre siempre va en grande. Saber que el Sr. Fitz estaba casado, en lugar de tranquilizarme, me hizo sentir peor. ¿Por qué me sentía como una zorra rompe-hogares si hasta el momento él no me había insinuado nada y a mí ni siquiera me gustaba? ¿O tal vez estaba tan ocupada intentando negarlo que la magnética atracción que sentía hacia él salía a borbotones? –¿Cuál es su nombre? –me aventuré a preguntar. No me importaba tanto. Bueno, sí que me importaba, quería Googlear a la perra y ver qué tan hermosa y buena escritora era. –Bárbara Allyn –contestó él, divertido. Creí por un segundo que había adivinado mis pensamientos. Dobló a la derecha y se detuvo. Su casa estaba pintada de azul y no destacaba particularmente dentro del barrio. Entramos al garaje y me tendió la mano para que bajara del auto.

–Dejaste el asiento todo sudado –observó–, voy a comprar unos aromatizantes de pino más tarde. Respiré hondo para no decirle una barbaridad.

«Barbaridad. Como Bárbara», pensé. Me imaginé que al entrar en la casa me encontraría a su perfecta esposa escritora, con una lisa melena rubia estirada, y con su delantal puesto. Habría olor a panqués recién horneados y tal vez un bebé rosado esperando por abrazar a su padre. Con razón me sentía tan zorra. Sin embargo, la realidad era diferente. La casa del Sr. Fitz estaba muy desordenada. Me senté en la única butaca libre del recibidor, pues el sofá y la otra butaca tenía un montón de libros apilados. De la misma forma el suelo, la mesa de centro y otras mesas de lo que antes seguro fue un paraíso de la organización, a juzgar por el meticuloso decorado. Me fijé que no había televisión, aunque sí un sitio donde seguro estuvo ubicado, también lleno de libros. –¿Quieres tomar algo? –me dijo. Yo seguía azorada por el caos– Whisky, vodka, ron blanco, añejo, vino. –¿Tiene café? Se quedó pensativo unos segundos, fue hasta una pila de libros, la apartó a un lado y luego me contestó:

–Sí. El problema es encontrar la cafetera. Lo peor es que no lo decía como un chiste. De pronto, todo el sex appeal que desbordaba se había ido por el tragante, y no podía creer que su esposa pudiera vivir entre tanto desorden. Daba cierta impresión de vida frustrada, o fracaso. –Acompáñame en mi miseria, Rebecca. El Sr. Fitz se mostraba más amable, parece que dada mi cara de horror y la circunstancia. Seguí el sonido de su voz hasta la cocina, que estaba pulcramente ordenada, y ya estaba la cafetera en el fuego. –Este era el santuario de Bárbara –me dijo, y tragué en seco. Luego esbocé una sonrisa más falsa que el cuerpo de un maniquí. –¿Y esa cara? ¿Te sorprende? –¿Qué cosa, Sr. Fitz? –Que pueda andar tan pulcramente vestido y mi casa sea un desorden total. La cafetera comenzó a colar y él detuvo la conversación. Apagó la cocina y, con un paño, agarró la cafetera. Vertió su contenido en un recipiente de metal y añadió azúcar. Lo revolvió y me lo sirvió en una taza que sacó del fregadero. No parecía tan sucia como esperaba. Antes de dármela, la sopló un poco y me lanzó otra de sus miradas. Esta vez la sostuve. Había recuperado un poco de confianza al percatarme de que era un desordenado, casado y patético. «Aunque demasiado atractivo». –¿Y la señora Fitz? –pregunté antes de llevarme el café a los labios. En cuanto lo probé me sentí en el paraíso. –¿Te gusta? Dicen que si haces un buen café ya puedes casarte. Aunque, claro, ya yo vencí esa parte –soltó una carcajada algo melancólica. –Le agradezco la invitación y todo, Sr. Fitz, pero necesito irme a casa. Quedé en verme con una amiga más tarde. Como invocada por un poder extraño, apareció Lola, pero en mi celular, con un mensaje. El texto se abrió en la pantalla, más grande de lo que hubiera deseado, y dada la cercanía del Sr. Fitz pudo leerlo con claridad:

La guarida del sexy Sr. Fitz queda en la esquina del Centro Comercial. Cuidado, dicen que el tipo es un desastre

–No sé si sentirme halagado por lo de sexy, o enfadado por lo de "el tipo es un desastre" –observó él, divertido–. Tómate tu café, Rebecca. Vamos a tener una conversación. «¿Querrá castigarme?»

Por alguna razón, ese pensamiento se formó en mí con cierta picardía, así que decidí mejor tomarme el café.

–Así que me consideran sexy, ¿no? Nada que no supiera. –Creo que Walt Whitman encontró a su par del siglo XXI –dije. El Sr. Fitz comenzó a reír:

–Tengo derecho a cantarme a mí mismo, ¿no? Hizo una pausa, tomó una bocanada de aire y dijo:

–Que el lodo sea mi heredero, quiero crecer del pasto que amo. –Imagino que se trata de un fragmento del Canto de mí mismo. –Solo Whitman podría escribir algo así, ¿no? Sonreí. La poesía no era mi fuerte, pero sí que era sexy verlo recitar. –Espérame en el salón. Como disculpas por mi comportamiento te prestaré cualquier libro que desees. Entonces lo supe. No quería Cumbres Borrascosas, o El amor en los tiempos del cólera, o un libro de William Faulkner. No quería avanzar como escritora, o cultivarme. La curiosidad me ganó.

De entre el montón de libros del Sr. Fitz, escogí uno de su esposa, Bárbara Allyn.

            
            

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