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Estuve encerrada en casa el resto del fin de semana. Adelanté un poco mi proyecto de Periodismo de Investigación, que Brandon y yo decidimos realizar sobre un caso de corrupción de años atrás. Lo peor era que, al repasar la documentación, se trataba de Cosméticos Allyn. Recé por que se tratara de una coincidencia, mas no era así. No había tantos Allyn en el país, así que, por supuesto, aquella empresa era de la familia de Bárbara.
El escándalo estaba relacionado con el uso de animales en peligro en la preparación de ciertos productos y, aunque nunca se confirmó del todo, tuvo muchísimo peso la investigación publicada por un periodista de medios locales, con evidencia bastante sólida al principio, pero según avanzó el caso, se volvió circunstancial. Finalmente, Cosméticos Allyn había perdido una fortuna en las cortes, sin embargo, ganó el caso. El periodista de había ido a vivir a Fiji con un dinero que, se sospechaba, la propia marca le había pagado.
Evidentemente, el fanatismo de Brandon con Bárbara Allyn lo había motivado a elegir esa temática. Era interesante y, además, sacaba un poco de la porquería de la familia de la escritora, quien se negó en todo momento a darles ni un céntimo de la fortuna que había amasado con su carrera literaria.
«Cosméticos Allyn es la nueva empresa que patrocina a Lola» pensé. Esperaba que se hubieran reformado, porque de lo contrario mi amiga podría perder su buena reputación online.
Básicamente, me dediqué en esos días a leer mucho, escribir un poco e ignorar cualquier posible pensamiento sobre el Sr. Fitz. Me sentía excesivamente enfadada con él. ¿Cómo podía albergar tanta estupidez debajo de su mente prodigiosa?
Brandon me mandó un mensaje para que quedáramos en la cafetería el lunes, y así cotejar cada parte de nuestras investigaciones para el trabajo final. Me pareció buena idea, aunque aún no escribía mi redacción para la clase de Frank.
«Es el Sr. Fitz. Sr. Fitz»
La mañana del lunes pasó sin mucha novedad excepto por las fechas de los exámenes intersemestrales, previos a las vacaciones de Navidad. Me quedaba por delante una aglomeración de ensayos, redacciones y pruebas orales y escritas a las que no me acababa de adaptar, aunque fuera a mitad de la carrera.
Brandon se la pasó pretendiendo que yo no existía, mientras hablaba con otras chicas del aula. No me molestaba abiertamente, pero en todo el domingo no supe nada de él excepto que íbamos a vernos. Yo le había contestado con un cortés:
«¿Qué haces? Yo ando adelantando un poco la investigación»
Y la respuesta que obtuve fue nula. Ni siquiera una llamada perdida o algo que me indicara si había leído el mensaje o no.
Al terminar la sesión de la mañana, se acercó a saludarme.
–Hey, ¿qué tal de fin de semana?
–Bien. Voy a comer y nos vemos luego, ¿sí? –me levanté del asiento y recogí mis cosas, mientras él me observaba, divertido.
–¿Qué resulta tan divertido? ¿Me perdí algo?
–Almuerzo contigo.
¿Qué? ¿Quién lo había invitado?
–No, gracias, Brandon. Me apetece almorzar sola.
Sonrió.
–No era una petición, Rebecca. Voy a almorzar contigo. Es más –registró su mochila, sacó un paquete envuelto en papel metálico y me lo tendió–, te preparé algo.
–¿Sabes cocinar? –pregunté sorprendida. La furia se me pasaba de a poco. –Sé muchas cosas. Cocinar una de ellas. Espero que no te moleste. Te hice salmón ahumado, con vegetales como guarnición. Traerlo en papel metálico no es la situación ideal, pero toda la mañana en la escuela puede lograr que se enfríe. Al menos estará tibio, digo yo.
Pestañeé confundida. Demasiada información en muy poco tiempo.
–Gracias –atiné a decir y tomé el regalo de Brandon.
–Entonces, ¿almorzamos juntos o no? –me preguntó– Traje mi propio salmón ahumado. Además, dicen que el salmón nos hace más inteligentes.
Sonreí, aun sorprendida. Me levanté y seguí a mi compañero, que parecía tener todo un plan para esa tarde.
–¿Has comido alguna vez en el Parque de la Fuente? –me preguntó.
–No. Tampoco me apetece.
Quería atar el Parque de la Fuente únicamente a la madeja de recuerdos del Sr. Fitz. Creo que mi corazón no sería capaz de soportar dos encuentros de ese tipo en el mismo sitio, aunque supongo que lo de Frank y yo no contaba siquiera como cita. Él era la damisela en peligro y yo su caballero andante, de armadura reluciente.
–Por suerte tengo un plan B –prosiguió Brandon–. ¿Quisieras ir conmigo al antiguo parqueo?
–¿El antiguo parqueo? ¿No está prohibido el paso?
Brandon me miró, como si estuviera a punto de cometer una fechoría.
–Mi error –dijo–. ¿Quisieras allanar conmigo el antiguo parqueo?
Dejé escapar una carcajada y asentí, para luego decirle:
–Sería un placer iniciar mi expediente delictivo con usted, señor.
Brandon tomó mi mano. No era la primera vez que lo hacía, sin embargo en esta oportunidad lo sentí diferente: más fuerte, más seguro.
Las otras chicas del aula comenzaron a burlarse de nosotros:
–La nueva pareja –gritó una de ellas–. Saldrán en el periódico escolar –y luego una carcajada.
Brandon era el tipo de chico que se relacionaba con las mujeres a otro nivel, que sabía entenderlas y no las molestaba. El tipo de chico que podía ser tu amigo.
Entonces, impulsada por las burlas y los chistes, me puse en puntillas y lo besé. Al principio lo hice como una broma para el resto de mis compañeros de clase, pero cuando sentí que él me siguió la rima, dejé caer mi bolso y lo agarré del cuello.
Los besos de Brandon eran un mundo completamente distinto a los de Fitz. Eran suaves, frescos, a su tiempo. Sin la desesperación de mi profesor, pero con la misma intensidad. Nuestras lenguas no juguetearon, mas nuestros labios se fundieron en uno, se reconocieron y amaron por primera vez.
–Espero que la Srta. Labios Saltarines acá presente les haya pasado la orientación de mi clase.
Cuando escuché aquella voz, aparté a Brandon lejos de mí, como si quemara. Recogí mis cosas en medio de mi vergüenza y, al levantar la vista lo encontré.
El Sr. Fitz me miraba desde la puerta, con expresión de suficiencia.
–Por supuesto, profesor –dije, nerviosísima. Brandon se limpiaba el brillo labial que le había dejado por todo el rostro. La mirada del Sr. Fitz fue tan cuestionadora, que solo atiné a acercarme a él y decirle, por lo bajo:
–Al menos él no cree que tiene que pagarme.
–Al menos yo lo supe antes de que me pasaras la factura.
–Eres un imbécil.
–Y tú una cualquiera.
–Al menos Brandon no es evanescente.
Aunque no mostró expresión, supe que esa última afirmación le había dolido bastante. Luego de unos segundos en los que ni siquiera parpadeó, dio media vuelta y se retiró. Cuando iba a unos metros de detuvo y, de espaldas a mí, dijo:
–Estoy ansioso por leer su redacción. Va y hasta la publico.
Luego se fue, más calmado de lo que se podría esperar de alguien en esa situación. Automáticamente, mis compañeros de clase me preguntaron por los deberes de Escritura Creativa y, entonces, decidí que, si esto era la guerra, guerra tendría.
Brandon se me acercó. Parecía bastante serio. Durante toda la conversación con el Sr. Fitz había permanecido muy cerca de mí, pero no estaba segura de si había escuchado la pequeña discusión. Por su expresión, algo había llegado a él.
–¿Por qué el Sr. Fitz te trata como una prostituta, Rebecca?
–No te lo había contado –dije en tono sarcástico–. Vine de Europa del Este como parte de un cargamento de trata de blancas. Aquí me uní a un burdel de la familia Fitz para pagar mis estudios y...
–Basta con la broma –me silenció Brandon–. ¿Tú tienes un romance con él? –parecía bastante afectado. –¿Cómo se te ocurre? Es mi profesor de Escritura y nos llevamos mal, eso es todo. ¿No te contaron que me hizo vomitar en su clase?
–Sí. Y que luego estuvo en el hospital al pie de tu cama, y que te llevó a su casa cuando despertaste.
»Fitz es peligroso, Rebecca. Mira lo que le sucedió a su esposa Bárbara Allyn.
–¿Sabes qué sería realmente hermoso, Brandon? –le dije–. Que dejaras de hablar de Bárbara Allyn por cinco minutos.
Ante los abucheos y gritos de burla de mis compañeros de clase, abandoné el salón. Salí por el pasillo, y pasé por al lado del Sr. Fitz, que estaba conversando con una alumna. Me miró, divertido, y le torcí los ojos. Brandon me agarró del brazo y le dije que me soltara.
–Cálmate, Rebecca. No soy tu enemigo.
Sus palabras me tranquilizaron un poco, y él me apartó un mechón de pelo del rostro.
–Lo del beso fue solo para molestar a las chicas del aula. Tienes una especie de guardianas ahí –le aclaré.
–¿Estás celosa?
–Para nada. ¿Por qué lo estaría?
–Porque te gusto un montón –dijo descaradamente, así que lo miré de arriba a abajo:
–No estás tan mal, para un chico cualquiera.
–¿Un chico cualquiera? Me parece que soy bastante relevante.
–Y autosuficiente, con tus palabras bonitas y tu salmón ahumado.
–Mis palabras bonitas parecen agradarte.
–Son palabras. Cualquiera puede decirlas.
–Entonces el que te agrada soy yo.
Se acercó a besarme y lo detuve, presionando mi índice contra sus labios.
–No te pases, Brandon –le dije y di medía vuelta, para caminar delante de él.
–¿Qué haremos entonces?
–Tú querías que allanáramos el viejo parqueo.
–Entonces, ¿se mantiene la cena romántica?
–¿Cena? Estamos a la luz del día, son poco más de las doce.
–Lo sé. Pero nunca has escuchado de un almuerzo romántico, ¿o sí? Considéralo como una cena romántica a la luz del día.
El antiguo parqueo estaba ubicado detrás de todos los edificios de la universidad, a un costado del complejo deportivo.
El paso estaba prohibido por unas cintas amarillas, pues había algunas estructuras que se habían hundido en un antiguo pantano que no fue correctamente drenado. El ambiente era mucho más fresco del otro lado de la cinta que en el campus, pues la naturaleza de había apoderado de todo. Había helechos saliendo de las grietas de las paredes, algunos nenúfares en pequeños charcos de agua cubierta de verdor y se escuchaba un sonido silvestre que me recordaba el de la casa de mis abuelos en el campo. Brandon me condujo por los recodos y caminos de allí como si estuviera en su ambiente natural. Me guio, sin tropiezos, hasta que alcanzamos una parte del parqueo alejada de cualquier rastro de la Universidad. Era uno de esos parqueos de varios pisos, así que ascendimos entre las ruinas, en espiral, por el antiguo camino de los automóviles, hasta el tercer nivel. Desde allí, por un enorme hoyo en la pared podíamos ver una pradera muy hermosa, de color marrón ya que el otoño estaba cada vez más cerca. Había algunos caballos corriendo libremente, vigilados de lejos por su dueño, que se tumba a debajo de un árbol. Detrás, donde se ponía el sol, había una colina que, si bien no era impresionante, distinguía el panorama con un toque más salvaje.
Brandon se acercó a mí y sacó de su mochila un pañuelo dorado. Lo dobló hasta hacerlo una venda y me hizo una seña para que me acercara a él. –¿Qué quieres hacer? –le pregunté, divertida. –¿Confías en mí? Asentí. –Cierra los ojos. Lo obedecí. Luego me ató la venda y me dio varias vueltas, como en el juego de La Gallina Ciega. Cuando me sentí un poco mareada, le hice una seña y se detuvo. Me dio la mano y avancé a tientas detrás de él. Me tambaleé de un lado a otro, producto del mareo, pero poco a poco recuperé la confianza en los pasos. –Detente, Rebecca. Me detuve. Escuché entonces el sonido de una silla. –No irás a secuestrarme, ¿no? –dije mientras me sentaba. –No necesito secuestrarte para que seas mía. –¿Por qué estás tan seguro? –Tengo mis recursos. Inspira hondo. Inspiré y pude sentir un aroma que me encantaba.
–¿Colonia de lavanda? –Mejor que eso. Brandon se colocó detrás de mí y desató la venda dorada. Abrí los ojos lentamente. Estaba sentada en una mesa para dos, en cuyo centro había un ramo de lavandas reales. A cada lado un par de velas de olor, al parecer también de lavanda, y delante de mí un plato de color lila y servilletas violeta. Los cubiertos eran dorados y refulgían a la escasa luz de las velas. Me había llevado a una parte del parqueo donde la luz no entraba, lo que creó una atmósfera realmente mágica. De una esquina salió un chico, muy parecido a Brandon, pero que aparentaba unos cinco años menos. Se acercó con una botella de vino y la vertió en las copas que se hallaban a la derecha de los platos. –Madame –me dijo, antes de hacer una reverencia. –¿Es tu hermano? –pregunté, divertida. Brandon se sentó e hizo una seña al otro muchacho, para que se retirara. Antes, nos miró a cada uno:
–Madame, Monsieur... –se retiró el camarero, con varias reverencias. –Sí –contestó Brandon–. Él es Benson. Es menor que yo. Le he hablado mucho de ti. –¿De mí? Comienzas a sonar como un acosador. –No se llama acoso. Se llama interés. Me interesas hace tiempo, Rebecca. –Lo disimulas bastante bien. Llevamos estudiando tres años juntos y apenas hablamos. –Nunca coincidimos en la misma clase. Solo ahora, en Periodismo de Investigación.
Era cierto. A Brandon lo había visto en el campus, pero nunca en la clase, hasta este año. –¿Comemos salmón? –me dijo. Luego sacó de debajo de la mesa dos paquetes envueltos en papel metálico. Se levantó del asiento, desenvolvió uno y lo colocó en mi plato. Luego acomodó los vegetales de forma tal que parecía sacado de una fotografía de revistas sobre gourmet. –Sabes mucho de esto, Brandon –le celebré. –Gracias. Pasé un verano en un curso de chef con mi tía en Italia. «Ha viajado a Italia. Interesante»
–¿Has viajado alguna vez, Rebecca? –ya se servía su comida. Sin embargo, no miraba al plato, sino directamente a mis ojos. –No. Mi familia no se lo pudo permitir nunca y ahora soy universitaria. Tengo una deuda escolar que pagar. –Debías buscar un trabajo a medio tiempo. O hacerte novia de un chico rico. Empezaba a molestarme un poco con su altanería. –Un trabajo a medio estará bien –le dije–. Hasta ahora me he podido sustentar con la cuenta bancaria de mis abuelos, pero creo que debía pagar yo misma mis gastos menores. Trabajar nunca ha matado a nadie. –Yo no lo necesito. Tengo que estar concentrado en solo una cosa: el estudio. Y mientras siga viviendo de mi blog, no necesito preocuparme demasiado. Será la manera más rápida de terminar la carrera y hacer lo que de verdad me gusta. Comenzamos a almorzar. ¿Será que ningún hombre que conociera no tuviera su lado imbécil? –Si te dedicas al periodismo, dudo que nades en una fortuna. A no ser que seas el dueño de algún emporio de comunicación –observé. Brandon cortó un pedazo de salmón y aparté una aceituna de mi comida. –¿No te gustan? –No –le dije. Entonces me asaltó una duda:
–¿Cómo supiste que me gusta la lavanda? –Soy muy observador, ya te lo dije. Además, lo comprobé en tu Facebook. También Lola ayudó un poco.
–¿Conoces a Lola? –No mucho. Ayer nos topamos en el súper cuando estaba comprando el salmón y conversamos un poco. Cuando me dijo que estudiaba en la Universidad le conté que yo también y, al saber que era periodismo, me dijo que era amiga tuya. Le conté la idea de la cena romántica a la luz del día y me sugirió la lavanda. Lo del morado y sus tonos, lo deduje por tu ropa. Siempre llevas algo de ese color. Lo demás fue pagarle a Benson para que nos sirviera de camarero. –Si lo dices así, matas todo el romance. Seguí comiendo. Brandon estaba muy ocupado con los vegetales, y me miró. –Gracias por todo –le dije.
–Aún no se termina. Te tengo más sorpresas. Seguimos comiendo tranquilamente. Benson venía a cada rato a rellenar nuestras copas. Cuando terminamos el salmón, nos trajo el postre. Unas chocolatinas a las que tuve que romperles la envoltura. –Sé que no es lo más romántico, pero la parte de los postres no me dio tiempo. Deberes y esas cosas –me dijo Brandon, aunque estaba segura de que él lo había hecho a propósito para restarle formalidad a la cita. Cuando terminamos y me limpié las manos con la servilleta, Benson se acercó y dijo:
–Ya está todo listo, señor. Brandon se puso en pie y rodeó la mesa para acercarse a mí. Me tendió la mano, cortésmente, y me ayudó a poner en pie. Entonces escuché una canción de Ed Sheeran que amaba. –¿Me permite esta pieza, señorita? Sonó Thinking out loud desde un amplificador escondido dentro del centro de mesa y Brandon me puso una mano en la cintura y, por un segundo, me sentí dentro de la Bella y la Bestia, la escena en la que ambos bailan en el salón y Bella tiene el vestido amarillo. No soy torpe para el baile, pero el nerviosismo me jugó una mala pasada y pisé a mi compañero en más de una ocasión. Me sujetó fuerte contra su cuerpo y me hizo girar. Más que girar, con Brandon flotaba, y me sentía una princesa. Mientras la canción fue avanzando, el intercambio se volvió más y más intenso. Nos acompasamos y miramos cada uno a los ojos del otro, a tal punto que de pronto la música se hizo lejana y algo borrosa para mis oídos. Solo veía la enorme sonrisa de Brandon y sus ojos fijos en los míos; mi reflejo en su pupila. Lentamente acercó sus labios a los míos y, cuando casi se rozaron, apoyé mi mejilla derecha sobre su hombro. Entonces él se acercó a mi oído y susurró:
–¿Qué pasa? En el aula parecías muy decidida. –Era en broma, Brandon –le contesté, tratando de que no notara que se me erizó el vello mientras me hablaba–. Si quieres que lo tomemos en serio necesito más tiempo para estar segura de que esto es lo que quieres. Giramos. Brandon me dio una vuelta con mucho estilo y no dejó de mirarme un segundo. –Entonces, ¿lo sigo intentando? –No te des por vencido, por favor. La canción se terminó y Brandon me dejó libre. –Ya debemos irnos a la biblioteca –me recordó. Nos fuimos de la mano por el camino de regreso. Benson se quedó recogiendo la mesa, las flores, los restos de comida... Descendimos los tres pisos del interior del parqueo y regresamos a la realidad del campus. Atravesamos algunas calles hasta llegar al edificio de la biblioteca, donde nos registramos y tomamos asiento en la sección de Publicaciones Seriadas.
Allí consultamos los periódicos sobre el caso de Cosméticos Allyn, y fue más fuerte de lo que yo me esperaba. Había ocurrido diez años atrás, cuando yo estaba en primaria, lo que quería decir que Fitz estaría en la preparatoria aún. Si tomaba en cuenta esa línea temporal, ¿qué edad tendría Bárbara Allyn en esa época, que ya era una reconocida escritora? –Brandon, ¿qué edad tenía Bárbara Allyn cuando murió? –50 años. Mi expresión de sorpresa debía ser muy evidente, porque acto seguido dijo:
–Le llevaba 22 años a Fitz. –Entonces la historia de El hombre evanescente no es del todo verdad, ¿o sí? Es decir, según ella cuenta, no era famosa y él la maltrataba y le prohibía escribir... Pintar, en el caso de la trama. Si ella es 22 años mayor que Fitz, ¿cómo es posible que se quejara de él? –No sabes nada de Bárbara, evidentemente. Ella tuvo una época en que era muy rica y famosa, porque escribía guiones de televisión. Luego decidió probar suerte en la literatura, pero según contó en una entrevista, su pareja de esa época era excesivamente crítica con su trabajo y le quitaba el impulso. Era Francis Fitz, un recién graduado universitario menor que ella y experto en literatura latinoamericana. Luego fueron a juicio porque él la acusó de plagio, pero se demostró que Fitz no solo mentía, sino que tenía un escándalo de ghostwriters en su tiempo de estudiante. –¿Ghostwriters? –Escritores fantasma, Rebecca. Personas a las que les pagas por escribir algo que más tarde saldrá a tu nombre. –Fitz me parece bastante talentoso. Además, si está en la Universidad es por algo. –El Decano es pariente suyo. La última Universidad en la que estuvo lo despidió porque tuvo un rollo con una estudiante. Es decir, no le bastó con el escándalo de plagio, el de los ghostwriters y estar en el ojo del huracán por lo de Bárbara Allyn. Se acostó con una chica cuya identidad no fue revelada, aunque luego se demostrara que era una trampa o algo así. »La cosa es, Rebecca, que Fitz no es tan bueno como lo pintan. O como podrías imaginarlo ahora que lo has conocido, todo serio, con sus gafas redondas y leyendo a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Jorge Luis Borges. A pesar de la dureza en las palabras de Brandon, sentí por Fitz una extraña empatía. Tal vez por eso era tan desgraciado y se protegía del mundo exterior con aquella coraza de intelectualidad y autosuficiencia. Frank estaba roto por dentro, a pesar de lo perfecto que lucía su cuerpo por fuera. Me daba lástima.
El resto de la tarde me la pasé más reservada. Aquel cúmulo de desgracias que terminó con su esposa muerta había trastornado un poco a mi profesor y, por alguna razón, había desarrollado una relación de amor-odio conmigo. Entonces mi mente jugó conmigo: ¿y si Fitz se sentía atraído hacia mí y no quería demostrarlo por miedo a que se destaparan los sucesos del acoso sexual? ¿Y si había visto algo en mí que le daba seguridad? Pero tenía que despertar. No era una adolescente para sentirme tan fascinada por un tipo lindo que, mientras más sabía de él, más desconocido me parecía. Tenía que poner los pies en la Tierra, donde Brandon estaba conmigo. A las cinco salimos de la biblioteca. Yo seguía pensativa, y mi cerebro iba de Brandon a Fitz y viceversa. Sabía que lo correcto era esperar, ver si la atracción por Fitz no era el deslumbramiento común de una estudiante por su profesor. Tomé la mano de mi compañero cuando salimos a la calle. En ese instante, me pasó por la mente la imagen del Sr. Fitz, desnudo en la ducha. Me agarré con fuerza a Brandon, para alejar su recuerdo. Apreté mis dedos contra los suyos pero, al final, le solté la mano. La imagen del profesor se quedó en mi mente, grabada a fuego.