Capítulo 9 Martha Allyn

Como era de imaginar, Brandon se mantenía fuera de la clase, esperando a que terminara mi sesión con Tortura Creativa. Así comenzó a llamarlas. Intenté no parecer contrariada por su presencia, pero no disimulé lo suficiente.

–¿Y esa cara?

–Me seleccionaron para un concurso de Escritura Creativa.

–Pensé que estarías alegre.

–Lo estoy, pero no pensé encontrarte aquí afuera.

Brandon cambió el semblante.

–¿Te molesto?

Respiré hondo.

–No, Brandon. Solo que a veces pareces un acosador.

Me miró de arriba a abajo, devorándome con la vista.

–Pongamos las cartas sobre la mesa, ¿sí? Me gustas mucho. Y no voy a parar hasta que seas mi novia.

Se arrodilló y escuché murmullos de sorpresa de un grupo de chicas que se hallaba conversando a unos metros.

–¿Quieres ser mi novia?

–Levántate –le pedí. Tener a uno de los chicos más interesantes de la escuela arrodillado frente a mí me había ablandado un poco, la verdad.

–Vayamos más despacio. Quiero conocerte un poco más. Llévame a una cita.

Brandon sonrió.

–Es la primera vez que una chica es tan descarada para pedirme que la invite a salir.

Sonreí. Tanto Brandon como Fitz sacaban partes de mí que me eran desconocidas por completo.

–Tienes dos opciones: lo tomas o lo dejas... Y trata de que sea un buen lugar.

Di media vuelta sin despedirme y salí del campus en dirección a casa. En el bus, me llegó un mensaje de Lola. Quería quedar. Su propuesta era ir a casa de Martha, su madrastra. Mi amiga odiaba a la esposa de su padre. Pero, según yo tenía entendido, la mujer había visto potencial en ella como Youtuber y hasta hacía esfuerzos por buscarle inversores.

Me lavé el pelo con champú de lavanda, lo cual inevitablemente me recordó a Brandon y su cena romántica. Salir con Lola esa noche me daría la oportunidad de pensar un poco, y seguro ella me podría dar algún consejo. Me puse un vestido lila, no me maquillé mucho y me dejé el cabello suelto. Nuestra anfitriona de la noche, según me dijera mi mejor amiga, era muy elegante y a veces se fijaba demasiado en el tema del aspecto. Por ello, traté de ir cuidada pero sin exagerar.

Lola pasó por mí a las siete y media. Había cambiado de auto, pero no recordaba que me hubiera comentado nada al respecto.

–¿Es tuyo? – pregunté mientras me montaba.

–¿Este nuevo juguete? Lo recogí esta mañana y quería estrenarlo contigo.

–Parece que las cosas con YouTube te van bien.

Sonrió.

–¿Viste mi último video?

Lo recordaba perfectamente. Por supuesto que estaba suscrita al canal Trendy con Lola, junto a los otros tres millones de seguidores que semana tras semana reproducían sus videos. El último trataba de una línea de labiales que había sacado una estrella muy conocida de la tele y que mi amiga había elogiado como pocas veces.

–Sí, claro – respondí–. No tengo mucho dinero así que si me regalas uno de esos labiales podría quererte un poco más.

Sonrió para contestarme:

–Ni se te ocurra. Los colores están bien pero cuando se secan huelen a carne podrida.

–Pero en el...

–Sé lo que dije en la reseña, pero me pagaron una buena suma.

Me sentí ligeramente decepcionada por unos instantes. Igual y para sobrevivir a veces hay que hacer cosas que no nos gustan, como decía mi madre.

–En fin, que fue Martha la que me puso en contacto con la marca. Además me consiguió el trato millonario con cosméticos Allyn.

–Una pregunta, estos Cosméticos Allyn y la línea Bárbara, ¿tiene que ver con la ex del Sr. Fitz?

Lola se quedó unos segundos perdida en la carretera. Giró en una intercepción y luego me contestó:

–Sí.

El resto del camino me la pasé haciéndome preguntas sobre la tal Martha. Si había conseguido ese trato a Lola con Cosméticos Allyn, era de seguro una mujer muy influyente en la industria. Además, debeía conocer la historia de la escritora y mi profesor.

–Llegamos –anunció Lola cuando estuvimos frente a una mansión de tres pisos, con estilo neoclásico y una luminosa fuente a la entrada detrás de un gran portón. Sacó la cabeza, habló con el guardia y la puerta se abrió, dejándonos paso al interior de la propiedad.

Dentro había impresionantes obras de arte en todas partes. El recibidor era casi tan grande como mi apartamento universitario. Tenía un juego de salón con dos butacas verdes con ribetes plateados y cortinas a juego. Las paredes tenían cuadros de gran formato que mostraban aristócratas de épocas pasadas en poses rígidas. Además, había uno en el centro, con la leyenda Los Allyn, 1858.

«Es una familia antiquísima» pensé. Tal vez por eso Bárbara se había desligado de esa vida de lujos, para tener la libertad creadora del escritor miserable.

–Bienvenidas –escuché una voz solemne y me volteé.

Nos recibía una mujer entrada en años, con pelo rubio ralo. Llevaba un vestido verde, semitransparente, y sus senos estaban asfixiados por un sostén evidentemente demasiado pequeño. Llevaba una piedra, que imaginé sería una esmeralda, adornando un anillo de oro en su mano derecha.

–Mamá –dijo Lola con una alegría fingida demasiado evidente. Luego corrió a abrazarla.

–Ya, ya, no hay que pasarse con el cariño que tu padre no está aquí.

Entonces, se detuvo y me observó de arriba a abajo de forma indiscreta. Recorrió mis facciones desde la distancia con la punta de su dedo con esmeralda,. Parecía buscar alguna imperfección. Luego pidió a Lola que me presentara.

–Esta es mi mejor amiga. Se llama Rebecca.

–Puede llamarme Becky, madame.

Al parecer mi madame le gustó, pues su rostro hasta el momento rígido se relajó por completo e incluso mostró una tenue sonrisa.

–Mucho gusto. ¿Estás estudiando periodismo, no?

Asentí, nerviosa. Martha me ponía los pelos de punta. Lola me abría los ojos como rogando que no metiera la pata.

–Por aquí, la cena está lista.

Seguimos a la madrastra de Lola por una extensa galería que nos condujo a un comedor más grande aún que el recibidor. La mesa era muy larga y había motivos de caza por doquier. Detrás de la cabecera, se podía apreciar una cornamenta de arce, que se veía muy antigua, y en las esquinas simios y pingüinos disecados. Había olor a cuero viejo, que se mezclaba con el aroma de la cena que venía de la cocina. Era un ambiente que me hacía sentir profundamente incómoda y entendía porque la madrastra le ponía los pelos de punta a mi amiga.

–Esta es la chica de la que hablamos, ¿no, Lola? –interrogó Martha una vez que estuvimos sentada; ella a la cabecera y nosotras a cada lado junto a ella.

–Así es. Es la escritora.

Me sonrojé. Tenía algunos cuentos y ni siquiera eran demasiado buenos, así que no podía entender por qué Lola siempre decía a todos que su mejor amiga era escritora.

–Entonces, estarás al corriente del talento de mi difunta hermana y su vida... bohemia.

«¿Bohemia?».

–Perdóname, querida, pero todos los escritores son unos bohemios, que viven del aire y a la espera del dinero ajeno. Lo justifican con esas estupideces de que el impulso de escribir es parte de su naturaleza... ¡Pamplinas!

Llegó una criada con un carrito y comenzó a poner la mesa. Primero los cubiertos de plata y luego las fuentes con los diferentes platos. Yo traté de no sentirme muy ofendida, pues estaba allí solo para apoyar a Lola.

–Igual no soy escritora aún. Me gusta escribir, pero no creo que sea mi vida.

Estaba mintiendo.

–Ojalá mi hermana lo hubiera entendido. Además, se buscó a ese... aprovechado pedófilo.

–No hablemos de ese tema ahora, Martha –se apresuró Lola. Le lancé una mirada de agradecimiento.

–Frank fue un estudiante deslumbrado por el talento y la belleza de Barbie. Y cierto que el chico era bello. Es, no lo sé, no lo he vuelto a ver desde el funeral.

La anfitriona tomó una porción de ensalada y la acompañó de salmón ahumado. Olía delicioso.

–Ese malagradecido heredó una buena porción de Cosméticos Allyn y no cede a venderla.

Me quedé perpleja. El Sr. Fitz era multimillonario y, a pesar de ello, se comportaba como si nada. Podría haber creado un imperio literario si hubiera querido. Seguro en su poder estaban, además, los derechos de las novelas de Bárbara Allyn, así que podía haber fundado una editorial y publicar sus textos y los de ellas y recoger ganancias desorbitantes.

–¿Las obras de Bárbara también le pertenecen a él? – intenté corroborar.

Martha asintió. Masticó un poco más de sus lechugas y, aún con un trozo verde entre los dientes, me dijo:

–Así es. No sabes todo el dinero que pierde esta familia cada día a causa de que Bárbara no dejó testamento. Hasta la justicia falla.

Me quedé callada el resto de la noche. Lola y su madrastra cambiaron de tema y se pusieron a hablar mal de otras empresas de cosméticos. No quise indagar en el tema de la chica que supuestamente Fitz había acosado en la escuela anterior para no encender de nuevo el fuego. Además, era necesario que mi amiga lograra confirmar el contrato millonario con cosméticos Allyn.

–¿Cómo han ido las ventas del labial de Wanda desde que lo anuncié en mi canal? –preguntó Lola.

–Bastante bien. A pesar de la peste a podrido –respondió Martha y ambas se echaron a reír.

Por suerte, la velada terminó con una conversación muy banal acerca de la Semana de la Moda en París en la que Cosméticos Allyn no participaba hacía diez años, cuando Bárbara se había convertido en la accionista principal. No se metieron mucho en el tema, pero pude descubrir algunos trozos que me faltaban en la historia del Sr. Fitz.

Ya en el auto con Lola, me llegó un mensaje de Brandon.

«¿Estás en casa?»

Me quedé mirándolo unos segundos hasta que mi amiga me arrebató el teléfono:

–Tienes que aprender algo, Becky. A los hombres hay que hacerlos esperar, o pierden la ilusión. No querrás que pase eso con Brandon, ¿o sí?

Tenía razón. Además, no estaba de animos para decidir a esa hora si quería que pasara o no por casa.

–¿Y cómo están las cosas con Fitz?

–Normal. Puse unas pautas. El otro día nos bañamos juntos y me trató como una prostituta, así que todo genial.

Solo recordarlo me hacía sentirme furiosa. Lola detuvo el auto, chequeó algo en su teléfono y me dijo que le contara más.

–Fitz me mandó un mensaje, como que estaba en peligro. Fui a buscarlo, preocupada y me lo encontré totalmente borracho. Luego traté de llevarlo a casa y me dijo algunas cosas... bonitas. En serio caí en su trampa en ese momento –hice una pausa–. Luego, en su casa, me pidió que lo desvistiera y lo bañara... –me sonrojé.

–Dilo.

–Lo dejé en ropa interior, pero vaya si se le marcaba. Él se sintió bien y no quería que parara, hasta que pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y me empujó. Me dijo entonces que me fuera y que tomara dinero de su billetera, como una prostituta.

–Qué mal, amiga. Es un estúpido ese Fitz.

–Igual, cuando él está alrededor me siento muy nerviosa.

–¿Crees que te acosa?

–Por supuesto –bromeé–. Nah, creo que más bien soy yo la que se deja acosar. Me gusta un profesor, Lola. ¿Qué tan loco suena eso?

–Bastante –respondió ella y arrancó el automóvil.

Era bueno tener a Lola cerca, me hacía sentir muy segura.

            
            

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