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Al día siguiente, estuve todo el tiempo pensando en el Sr. Fitz. Casi no atinaba a tomar apuntes en clase, y a cada rato me venía la imagen de él bebiendo café, y clavando sus ojos azules en los míos. El profesor de Periodismo de Investigación nos pidió un artículo para la semana siguiente. Estábamos a la altura de tercer año, y habíamos vencido asignaturas como Periodismo Impreso, Agencias de Noticias y Audiovisuales. El Periodismo de Investigación siempre me había llamado la atención por el famoso Caso Watergate.
Era como una meta, descubrir un gran escándalo y hacer que un presidente renunciara solo con el poder de la pluma. Aunque estoy segura que no fue así de idílico. Estaba en medio de mi utopía periodística, cuando intenté alcanzar mi lista de pendientes de dentro de mi bolso. Sin embargo, saqué algo más. Era un libro titulado El hombre evanescente, de Bárbara Allyn. Me había olvidado por completo de la esposa de mi nuevo profesor. El libro estaba amarillento y se veía bastante gastado. «Un esposo enamorado» me dije. Todo indicaba que lo había leído una y otra vez. Lo abrí y vi que estaba dedicado. Leerse las dedicatorias ajenas era un placer culpable que pocas veces me podía permitir, y si era tan personal como de esposa a esposo, y justamente al Sr. Fitz, mejor aún. La letra de Bárbara Allyn era muy pequeña y algo enrevesada, como la del ginecólogo. Tras mucho adivinar los trazos, pude discernir qué decía:
No te va a gustar. Huele a traición. Pero las victorias de unos, apestan a otros. Te quiero, B.
De las muchas dedicatorias ajenas que había leído, ninguna me había causado tanta curiosidad y a la vez repulsión como esta. ¿Era una declaración de guerra o un acto de amor extraño? Tenía que leerme el libro lo antes posible. Brandon, un chico de la clase, bastante inteligente y buen escritor, se me acercó para pedirme que hiciéramos equipo en el trabajo investigativo. Teníamos una semana para concluirlo y si nos dividíamos el volumen de pendientes podíamos sacar el trabajo más rápido, lo que nos daría más tiempo para redactarlo y ponerlo precioso, de un modo literario. –¿Estás leyéndote a Bárbara Allyn? –me dijo. –Es un libro que encontré por casa. –Es muy buena. Su vida es inspiradora. ¿Sabía que ella y el Sr. Fitz...? –Sí –lo interrumpí. –Yo participé en unos talleres suyos hace unos años –continuó Brandon–. Del Sr. Fitz, quiero decir. Era diferente en esa época. Como más libre. Ahora es demasiado recatado. Perdió el viento. Brandon sonrió. «Perdió el viento»
Brandon me observaba, con cierto brillo animal en la mirada. «Estoy en racha», pensé. No podría lidiar con más de un hombre en mi cabeza. –¿Nos vemos en la tarde, en la biblioteca de la facultad de Historia? –A las tres –le confirmé.
A la hora de almuerzo me fui a la cafetería y tomé algo ligero para llevar. Me senté en un parque cercano a hojear el libro de Bárbara Allyn. El hombre evanescente era la historia de un marido mediocre y una mujer enamorada. Lo peor era que describía al Sr. Fitz a la perfección, al menos en el aspecto físico. El personaje masculino, Tom, era un intento de artista de la plástica, que creaba unos cuadros demasiado abstractos. Su mujer, sin embargo, había aprendido el arte de pintar de observarlo:
–Cariño –le dije un día–, me gustaría que me incluyeras en tu próxima exposición. Tom me miró de arriba a abajo. Las marcas en mi rostro todavía recordaban la golpiza de la semana anterior, cuando no logró el tono de azul que deseaba para su cuadro sobre el mar. –Vete a cocinar, Joanne –me contestó. Su aliento apestaba a alcohol barato, y aún así lo amaba. Me fui a la cocina y comencé a preparar la cena. En esa época incluso sentir mi pómulo ardiendo por su paliza me hacía sentir viva, y aunque mi madre me decía que Tom era alcohólico y que debía denunciarlo, imaginarlo fuera de mi vida era la peor imagen que podría tener. Me corté con el cuchillo mientras picaba la cebolla y sangré. Dejé escapar un grito y Tom vino a socorrerme. –¿Pasó algo? Estaba tan sexy con su torso desnudo manchado de pintura. Sus ojos azules estaban rodeados del halo rojizo del alcohol y la cadencia de su lengua tropelosa me excitaba un poco. –Nada. Solo me he cortado. Tom se acercó a mí, escrutó mi herida y la lamió. Luego me tomó por la cintura y me puso de espaldas a él. Levantó mi falda y contra el fregadero me hizo el amor, apasionadamente. Sabía dónde tocarme para hacerme sentir viva, más viva que el resto de la humanidad. Su simiente llenó mis entrañas y tuve que morderme la mano para que mis gritos de pasión no se escucharan en todo el vecindario. Tom me besó y luego dijo:
–Escoge dos de tus cuadros. Expondremos juntos el mes que viene.
Me quedé algo decepcionada. No entendía qué encontraban otros escritores en Bárbara Allyn porque a mí me parecía bastante simplona. El resto del capítulo retrataba el mundo interior de una artista frustrada por el amor a su esposo, quien cuando no estaba borracho, lograba hacer grandes cosas por ella. Le había pagado la fianza a su hermana, presa por estar implicada en un caso de corrupción de una empresa de fragancias. La ayudó con algunas clases de arte y luego ella lo atrapó con otras mujeres en la cama.
«¿El Sr. Fitz, en una orgía? »
Apuré el almuerzo cuando me percaté de que la mayor parte del tiempo destinado para él lo había pasado leyendo. Era cierto que la prosa de Bárbara Allyn era tosca, pero también adictiva, y en el personaje de Joanne se me antojaba una metáfora de la artista contemporánea, dividida entre asumir el rol impuesto por la sociedad y la expresión de su mundo interior.
A veces podía ponerme realmente snob, aunque en este caso, si bien el objetivo era mostrar ese tipo de conflictos, era imposible no preguntarse si detrás de todo aquello no había un toque autobiográfico. De haberlo, al menos creaba una fama sin precedentes sobre la habilidad del Sr. Fitz como amante, al tiempo que lo hacía ver como un hombre repulsivo. El tipo de hombre que amas con locura y te cambia la vida.
Sin embargo, Bárbara y Fitz seguían casados. Tal vez la nota autobiográfica no lo era del todo. Quizás la fama de Allyn se debía a un esposo o relación anterior que a mi profesor no le gustaba mencionar.
Seguí leyendo enternecida El hombre evanescente por al menos dos horas más, al cabo de las cuales me fui del parque en dirección a la biblioteca a encontrarme con Brandon. Me esperaba a la entrada, impaciente. Se había peinado su cabello dorado en un copete que lo hacía lucir más alto. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa de cuello chino con estampado marinero, de color blanco con los motivos en salmón. Además se había puesto un perfume de aroma afrutada bastante agradable.
«Se arregló para mí ». –Hola, Brandon –lo saludé, aun sorprendida. Era más atractivo de lo que podía recordar. No era hermoso, como Fitz, pero algo de él era mágico y me hacía sentir confiada. Me gusta sentir confianza y seguridad en los hombres; puedo resistirme a la belleza, pero no a eso. Brandon parecía muy confiado de sí mismo, como si pudiera comerse el mundo.
Me sonrió con suficiencia y con un gesto me cedió el paso. Intentaba ser un caballero.
–¿Avanzaste con el libro de Bárbara Allyn? –preguntó.
«¿Que si avancé? Avancé y más». –Un poco.
–Es adictiva, ¿no es cierto? Bárbara Allyn se convirtió en un referente para los escritores contemporáneos. La describen como una «Virginia Woolf reinventada».
Bárbara Allyn era buena, pero por lo que había leído no era nada parecida a Virginia. Eran exageraciones, como si nadie pudiera ser llamado por su nombre. Todo el mundo era el nuevo alguien, o el no-sé-quién moderno.
–El hombre evanescente es un buen libro. Muy revelador –prosiguió Brandon, y yo empezaba a sentir envidia de Bárbara Allyn.
Después de esa conversación, entramos en materia. Brandon era muy agradable, y me halagaba cada vez que intentaba hablar un tono más grave que el que poseía, para impresionarme. Apuntamos muy bien las tareas de cada cual para llevar a cabo el trabajo de Periodismo de Investigación en el menor tiempo posible. Mi compañero, además de caballeroso e inteligente, tenía un sentido del humor muy especial. Casi nos echan de la biblioteca porque cada frase que decía resultaba más hilarante que la anterior y era refinado en sus chistes. Luego del estudio me invitó a tomar un helado, y camino a la cafetería me agarró de la mano para cruzar la calle.
Al principio me sentí ligeramente incómoda, pero él se volteó y me mostró una amplia sonrisa cargada de seguridad.
Entonces, me dejé llevar. Brandon podría ayudarme a superar la pequeña obsesión que se formaba en mi cabeza y que protagonizaba el Sr. Fitz.