/0/809/coverbig.jpg?v=d46c54fa16bd70cd3c37d1f3fc3074eb)
Para el final de la semana, tenía bastantes lecturas adelantadas para Periodismo de Investigación. El caso de corrupción de los años 90 había hecho que Cosméticos Allyn perdiera mucho valor en la bolsa hasta que Martha Allyn entró en el negocio. Se convirtió en la Directora Creativa y Jefa de Marketing y había hecho buenas migas con algunos influencers en los tempranos 2000 de forma que, para el boom de Internet, su marca estaba en los sitios más importantes del orbe con muy buenas reseñas.
El problema fue cuando descubrieron que Martha mintió sobre ciertos productos de origen animal y había subcontratado a inmigrantes filipinos casi en condiciones de esclavitud. Al menos eso decían los rumores y el trabajo de un periodista, llamado Henry Watanabe, a quien llevaron a las cortes para desestimar el caso. Automáticamente, Bárbara Allyn ocupó la dirección de la compañía y bloqueó a Martha de tomar cualquier decisión importante.
Brandon y yo solo nos habíamos visto en esos días por unos segundos entre clase y clase. Sin embargo, intercambiamos bastantes mensajes de texto y algunas fotos muy sugerentes de él en ropa interior. Yo siempre le aclaré que nos estábamos conociendo. Supe que su madre era una ama de casa y su padre un trabajador de la construcción, pero con los anuncios de su blog Irónicos Bastardos generaba plata extra para darse gustos. Al igual que yo, había obtenido una beca y no debía pagar la matrícula completa. Tenía un trabajo en su tiempo libre como empleado de la biblioteca de la ciudad, lo cual le permitía leer muy buenos libros y realizar sus tareas en un ambiente de conocimiento envidiable.
En términos formales no teníamos una relación, pero le encantaba llamarme "mi nonovia", mote que me parecía gracioso pero me fingía insultada cada vez que lo mencionaba. Una noche al final de esa semana, estaba a punto de dormir cuando empezó a esccribirme. Iniciamos una nuestras ya habituales conversaciones nocturnas:
¿Qué somos?, me preguntó al chat.
Esperé unos segundos antes de constestar.
Compañeros de clase, amigos...
Quieres besar a todos tus amigos? LOL
Solo a los guapos.
Entonces, soy guapo?
Sabes que sí. Pregúntale a tus admiradoras. La tal Anna estará complacida de que le preguntes
Jajaja. Te inventas cosas. Además, la tal Anna sabe que no me interesa.
Brandon, te acostaste con ella en la fiesta de fin de curso de primer año
???
Todo se sabe en esta escuela, recuerdas? Y las mujeres hablan demasiado.
Ok, no nací el día que nos conocimos
Ni yo. Voy a dormir
Quiero dormir contigo
Aun no
Mala
Interesado
Bella...
Hasta mañana, Nonovia
Entonces me desconecté. Tenía una amplia sonrisa y por primera vez en días dejaba de pensar en Fitz, Bárbara Allyn y toda esa historia. La presencia de Brandon, aunque fuera de manera virtual, me hacía sentir muy segura. Este era un efecto que ni remotamente lograba con ningún hombre desde la historia con mi ex. No me hacía sentir como un objeto sexual y eso me tranquilizaba sobremanera. Aún así, me encantaba que de vez en cuando saliera con una de sus picardías. Y en esa corriente de pensamientos estaba, cuando me llegó un SMS. Sí, de Fitz.
«Mierda, ¿qué quiere ahora?»
A veces me daba la impresión de que mi maestro tenía algún sistema muy avanzado mediante el cual lograba torturarme profundamente. Cuando estaba a punto de caer en el más letal olvido, aparecía de nuevo con alguna de sus extrañas peticiones.
Buenas noches, Rebecca. Necesito que mañana vengas a mi casa. Es sobre el concurso. Saludos, Frank.
¿Frank? En todo caso Francis Fitz. O Sr. Fitz, como nos hacía llamarle en clase. Opté por ognorar por completo su mensaje y me acosté a dormir.
Estaba sentada en un parque cercano al campus cuando alguien me tapó los ojos. Imaginé que era Lola, quien acostumbraba a hacer esas cosas. Pero palpé y me di cuenta de que eran manos de hombre.
–¿Brandon?
Me destapó los ojos. Era él.
–Buenos días, ¿cómo dormiste?
–Bien. ¿Y tú?
–No dormí. Estuve toda la noche vigilando tu sueño en tu habitación.
–¿Quién eres, Edward Cullen?
Reímos al unísono. Brandon se sentó a mi lado y me pasó la mano por detrás.
–Se está propasando, señorito.
–Disculpe usted, mademoiselle. Mi cuerpo no responde a mis órdenes, sino a sus propios deseos.
–O sea, que tu cuerpo desea abrazarme, pero tú no.
Se echó a reír. Tenía una sonrisa hermosa, aunque ahora que me fijaba bien tenía brackets y eso le daba un toque extra de atractivo. Sentí a mi corazón dar un vuelco discreto, casi imperceptible, pero para mí fue suficiente.
–Me gustas mucho.
La declaración tomó a Brandon por sorpresa. Por primera vez desde que lo conocía lo había dejado sin palabras.
–¿Te comió la lengua el gato?
Intentó articular alguna palabra pero se sonrojó. Sus ojos estaban llenos de un brillo especial, que lo llenaba de luz y alegría, tan desbordante que me alcanzaba directamente el alma.
Entonces él se lanzó sobre mí y me besó. Fuerte, como si no hubiera un mañana. Fue un beso ligeramente torpe, pero muy fresco. Me agradó mucho.
–Entonces, ¿ya eres mi novia? – preguntó. Estaba radiante.
–Detente, vaquero. Espera un poco antes de poner las etiquetas.
–Espero. Pero ni pienses por un segundo que no voy a donde mis amigos a contarles la chica tan sexy que ya me pertenece.
–O sea, qué pagaste por mí, ¿no?
Reímos juntos. Nos miramos y volvimos a besarnos. Necesitaba sentir esa extraña cosquilla desde hacía tiempo y, ahora que lo pensaba, no había sentido eso por mi primera y única pareja en ningún momento. Intuía que entregarme a Brandon sería relativamente fácil, aunque aún tenía un poco de miedo al momento de la intimidad. Marco, mi novio de la secundaria, me había dejado rota. Pensar en sexo me hacía temer muchísimo al dolor.
–Mira quién viene – susurró Brandon.
Busqué entre la gente quién podría haberlo puesto nervioso, y me percaté enseguida. Fitz se acercaba, sosteniendo un montón de libros. Parecía algo contrariado.
–Buenos días, Rebecca. Hola... –miró a Brandon de arriba a abajo con un gesto de asco– muchacho.
–Buenos días, Sr. Fitz. ¿Pasa algo?
–Anoche te envié un SMS. Que fueras a casa hoy, necesito prepararte para algunas cuestiones del concurso de escritura creativa.
–¿Tiene que ser en su casa? –dijo Brandon algo molesto. Lo pellizqué disimuladamente.
–Sí –respondió Fitz–. A las seis y media. Usted también es bienvenido... ¿cómo me dijo que se llamaba?
–No es necesario –me apresuré a decir.
–No quiero importunar a su novio.
–No es mi novio.
La rapidez con que aclaré esa cuestión no solo dejó con los ojos muy abiertos a Brandon, sino que hizo que apareciera de nuevo la risa de suficiencia de Fitz. Confundida me levanté, di media vuelta y los dejé a ambos ahí, tratando de no hacer contacto visual.
Esa noche iría a casa de Fitz a aclarar su mente y decirle de una vez por todas que parara de acosarme y era mejor poner algunos límites entre nosotos. .
El resto del día no tuve noticias de Brandon. Ese era otro que me estaba hartando con su actitud de dueño sobreprotector y necesitaba también una charla fuerte para que se diera cuenta de cuán equivocado estaba. Cuando llegué a casa me esperaba una sorpresa: mi madre me había dejado una nota por debajo de la puerta. Estaba en la ciudad y quería verme.
Extrañaba a mi familia. Pero aún así se sentía bien cuando no me hacían propuestas ridículas como nunca salir de casa en la noche o siempre llevar spray de pimienta, o hasta para ir al Súper a mediodía. Incluso una vez me invitaron a una fiesta y a medianoche mi padre irrumpió en la casa donde celebrábamos para llevarme de regreso.
Esa vez tuvimos una fuerte discusión en la que recogí mis pertenencias y me fui a casa de Lola. Ella me recibió bajo la condición de que regresara a casa a la mañana siguiente. No hizo falta, pues mi padre se apareció a las cuatro de la mañana profundamente turbado y a punto de llorar. Mi madre me esperaba afuera, en el auto. Me abrazaron solo para anunciarme que estaba castigada por una semana. Tenía 18 años, así que les dije que era adulta y me iba a la Universidad.
La noticia los tomó por sorpresa, pues yo aún no me había decidido. Quedaron tan impactados que por el resto del camino no dijeron palabra alguna. Desde entonces nuestra relación se había resquebrajado un poco. Los llamaba cada fin de semana y los actualizaba de mi vida por las redes sociales, pero solo iba a casa en Navidad y Año Nuevo. Habían perdido a su niña mimada y mi yo adulta estaba lejos de lo que habían esperado. Pensaron que me quedaría toda la vida en casa a la espera de algún buen muchacho de la zona que quisiera casarse conmigo. Pero yo no era así. Quería ser escritora, triunfar en el mundo editorial y periodístico. Estaban orgullosos de mí, pero a la vez ligeramente decepcionados de que los abandonara.
Mi madre, según la nota, volvería en la noche para visitarme. Era un poco raro que llegara sin avisar, así que algo debía suceder.
Comí unos vegetales encurtidos y un poco de pescado que había comprado a inicios de mes. Mis padres me enviaban una mesada pero me planteaba seriamente la posibilidad de trabajar en mi tiempo libre para asumir otros gastos por mi cuenta. Mientras fregaba, tocaron a la puerta. Me apuré a secar la losa y abrí la puerta, aun con el delantal puesto.
–Buenas noches. Vengo a pedirte que me acompañes.
–¿Qué haces aquí?
Estaba sorprendida. Fitz estaba en mi puerta vestido con unos vaqueros ajustados y una de sus acostumbradas camisas a cuadros escoceces, remangada hasta los codos. Llevaba el pelo revuelto y sus gafas redondas, además de un paquete envuelto con cinta y moño.
–Es un regalo para ti.
–Entra.
Mi apartamento era pequeño. No tenía divisiones, así que el cuarto, la sala, el comedor y la cocina eran lo mismo. Mi cama estaba sin hacer, pues me daba pereza en las mañanas.
–¿Cenaste?
Asintió, divertido, luego burlarse de mí:
–¿Qué vas a preparar, agua caliente?
–A veces me pregunto si es un defecto genético el hecho de que seas tan desagradable.
–Puede ser –respondió con una amplia sonrisa–, pero si no fuera desagradable sería casi tan común como tú.
Aquello me hizo sentir ofendida y, por tanto, molesta.
–Pues parece que así común como soy, algunas personas se sienten atraídas o al menos curiosas sobre mí.
Le hice una seña de que se sentara en la cama. Iba un poco retrasada con el amueblado de mi apartamento.
–Sí, es cierto. Hasta Benson...
–Brandon –corregí.
–Exacto, Barry. Hasta Barry se fija en ti.
–¿Y por qué no lo haría?
Fitz se quedó observándome y me senté a su lado. Nos miramos durante unos segundos.
–Está en su derecho, como todos los demás –recalcó.
Antes de caer de nuevo en sus juegos, me alejé y abrí la ventana para colgar el delantal de mi pequeño balcón. Mientras lo hacía, el profesor se acercó a mí por detrás. Mi apartamento formaba parte de un edificio universitario de 12 pisos y yo vivía en el quinto. Tenía una bonita vista de la ciudad y los atardeceres eran particularmente hermosos desde allí.
–Es hermosa tu cueva –dijo.
–La verdad es que sí. Creo que esta habitación está en el lugar exacto para ver las mejores puestas de sol en el país.
–¿Puedo ponerme a tu lado?
El balcón era pequeño. Para caber los dos tenía que ser muy juntos. Le dije que sí y me pasó la mano por detrás del cuello.
–Tienes razón –me dijo. Su boca quedaba muy cerca de mi oído, así que su susurro cosquilleó mi lóbulo y mi piel se puso de gallina. Le pedí permiso y entré de nuevo a la habitación. Él ocupó mi lugar en el balcón y corrí a hacer la cama. Me sentía demasiado incómoda a su lado.
–Tienes un gran talento, Becky.
–Gracias.
«Vete ya, por favor»
–Pero hay que pulir algunos detalles si quieres ganar ese concurso.
–Lo sé. Nunca me había tomado la escritura en serio.
–He hablado con el resto de los profesores. Todos tienen buen criterio de ti, pero opinamos lo mismo. Eres un diamante en bruto, y hasta que no te pillamos, nada podrá funcionar para ti. Tienes que esforzarte más. A veces eres un poco... campesina.
Ahí estaba de nuevo ofendiéndome.
–Si ser buena implica ser déspota como ustedes prefiero quedarme así, campesina.
–No me malinterpretes, Rebecca. Eres muy buena, pero hasta que no te lo creas no será posible que llegues a ninguna parte.
Di un respingo y dejé escapar un bufido.
–Sería genial por un segundo que todo el mundo dejara de decir qué puedo y qué no puedo hacer.
–¿Tienes café?
Fui a un estante de madera y le mostré a Fitz una bolsa sin abrir.
–¿Me brindas un poco?
Asentí. No estaba acostumbrada a esa manera en la que mi profesor se empeñaba en dirigirse a mí. Era una mezcla muy rara de amor y rabia que no lograba entender.
–¿Por qué eres así? – pregunté mientras preparaba la cafetera.
–A qué te...
–Sabes perfectamente de lo que estoy hablando –elevé la voz más de lo que esperaba, pero igual no me importó. Fitz se quedó unos segundos con la mirada perdida y luego, aun sin concentrarse en ningún punto, respondió:
–Es parte de mi encanto. Siempre he sido así, autosuficiente.
–Y déspota.
–Y déspota –confirmó.
Luego la cafetera empezó a colar, y el olor inundó la habitación.
–Me encanta el olor del café recién hecho. Tanto o más que el café mismo.
Fitz tenía un montón de peculiaridades que me explotaban la cabeza, al tiempo que me encantaba conocerlo de esa forma.
Los ojos de él tenían ahora un brillo especial. Era como un niño en la mañana de Reyes, abriendo sus regalos para descubrir ese juguete que tanto anhelaba.
–También me gusta mucho. A veces me parece que hago café solo para olfatearlo –contesté.
Le serví en una taza muy graciosa que me había regalado Marco, antes de separarnos, cuando todavía no pensaba solo en acostarse conmigo. En cuanto Fitz la sostuvo dejó escapar una carcajada.
–Nunca mejor asignada.
La taza tenía una inscripción: Escritor Fracasado. No se la di a propósito pero quizás, si lo hubiera planeado, en lugar de risas le habría provocado otro de sus ataques de furia.
–¿Por qué no puedes ser siempre así? – pregunté. Estaba radiante con sus mechones rizados sobre la frente y su amplia sonrisa.
–Porque tú eres hasta ahora la única que me ha dado tranquilidad.
Apuré el último sorbo de café mientras él se me quedaba viendo fijamente, a la espera de una respuesta.
–¿Cómo se supone que deba reaccionar a eso? – él se encogió de hombros:
–No lo sé. Hace tiempo no me sentía atraído realmente por alguien. Te vengo observando desde el semestre pasado. Estuve en el comité que juzgó tu trabajo final de Periodismo de Opinión.
Lo recordaba. No a Fitz, pero sí el trabajo. Escribí sobre la insuficiencia curricular en temas creativos. El programa estaba demasiado rígido y muy esquematizado en ciertos aspectos. En mi artículo buscaba evidencias de otros programas académicos de la región y aportaba algunos elementos científicos al respecto. Me pidieron publicarlo en un periódico local, pero decliné la oferta.
–Era muy bueno. Así que empecé, digamos, que a acosarte. Leí tus trabajos de clase, están archivados en la biblioteca; también te observé en el campus. No eres como las otras chicas. Siempre estás sola y nunca te veo en el coqueteo con otros chicos. A no ser que te gusten las...
Se quedó callado. Me sentía muy halagada de haber llamado la atención de un hombre como Frank, pero me había prometido alejarme.
–He escuchado cosas horribles sobre usted – dije. Tomé su taza y la puse en el fregadero. Abrí el grifo y traté de concentrarme en el fregado mientras hablaba.
–Dicen que es un pedófilo.
–Mi incidente fue con una estudiante universitaria. No hay manera de que sea pedofilia. Además, mi inocencia fue probada.
Al tiempo que hablaba sentí que se acercaba a mi. Me volteé y estaba demasiado cerca. Su aliento podía sentirlo en mi cabello.
–Mírame a los ojos y dime que no te gusto.
Fitz me miraba directamente a los ojos y había tomado mis manos con las suyas. Eran suaves y calientes, se sentía bien que me tocara.
–No me... –empecé a decir pero me interrumpió un beso suyo, más apasionado que cualquiera hasta el momento. Me tomó por la cintura y me subió encima del borde del fregadero. Entrecrucé mis brazos alrededor de su cuello y esta vez fui yo quien lo besó. Fitz me apretó contra su pecho y mordisqueó mi cuello. Cada mordida dulce erizaba mis vellos y electrificaba mi cuerpo. Luego me quitó la blusa y lamió la parte de mis senos que quedaba expuesta.
–Eres tan hermosa... –me dijo y siguió besándome hasta llegar a mi ombligo, que lamió delicadamente. Ahí otro impulso eléctrico recorrió mi cuerpo.
Se quitó la camisa y me sentí un poco apenada, pues tampoco tenía demasiada experiencia en el apartado sexual.
–¿Qué pasa? ¿No te gusta?
Asentí un poco roja. Fitz tenía un piercing en el pezón derecho.
–No sé bien qué hacer.
–¿Me tienes miedo?
Claro que le tenía miedo. Fitz era un dios en la cama según todo el mundo, incluso Bárbara Allyn lo había dejado claro más de una vez en El hombre evanescente. Estaba aterrada de tocarlo, si presencia me hacía directamente sentir inferior ante su belleza y su experiencia.
–Una cosa a la vez –me dijo–. Cierra los ojos.
Los cerré.
–Ahora mójate las yemas de tu índice y pulgar derechos con la punta de la lengua.
De ahí en adelante lo obedecí. Cuando hube humedecido mis dedos me pidió que recorriera con ellos sus pezones. Estaban como roca, se sentían agradables al tacto y me atreví a darles pellizquitos repentinos. Lamí los extremos de su piercing. Era como si se hubiera clavado un alfiler con dos puntas redondas; tenían textura rugosa, así que me hacían cosquillas.
–Así se hace.
Entonces me agarró por la cabeza y acercó mi boca a su pecho. Aun con los ojos cerrados lo lamí al principio con vergüenza pero después más descaradamente. Subí y lamí su cuello, luego el lóbulo y la parte trasera de sus orejas.
–Si no te detienes ahora, tendremos que llegar a algo más salvaje –me anunció.
Le hice caso omiso y me cargó para llevarme a la cama. Me depositó suavemente y liberó mis senos para engullirlos con delicadeza, mientras acariciaba mi sexo por encima de la ropa. El roce me hacía perder el sentido, al tiempo que algo en mi interior se desbordaba. Tenía muchos deseos de ser penetrada, aunque me doliera. Lo quería dentro de mí.
Entonces tocaron a la puerta. Asustada comencé a ponerme la blusa mientras Fitz se acomodaba su ya notable bulto y se ponía la camisa a cuadros. Quien quiera que estuviera detrás de la puerta era demasiado insistente para mi gusto, tanto, que no me percaté de que mi compañero estaba abriendo la puerta con la camisa a medio abrochar.
«¡Brandon!» pensé, pero era demasiado tarde. Ya Fitz había abierto.
–Buenas noches –dijo una voz femenina, áspera–. Busco a Rebecca.
–Becky, aquí está tu madre –dijo Fitz y terminó de ponerse la camisa.
–Que tengan una buena noche –recalcó el profesor y se fue.