Capítulo 8 Lectura en voz alta

Durante la noche, dediqué todo mi esfuerzo a la redacción para el Sr. Fitz. No quería otro de los encuentros desagradables que solíamos tener, así que después de narrar brevemente cómo había sido mi primera experiencia sexual; pero en lugar de hacerlo con pelos y señas, decidí redactarlo de manera metafórica. No era necesario hablar de penetraciones, dolor y sangre para narrar una experiencia traumática.

Decidí redactar un texto corto sobre un par de cisnes que habían crecido juntos. Entonces uno de ellos se empeñaba en enredar su cuello alrededor del otro, a pesar de que podrían terminar haciéndose daño. Al final, el cisne arisco aceptaba y se quebraba el cuello y moría, en un charco de sangre. El otro se iba volando y encontraba otro cisne con el que entrelazar su cuerpo y terminaba la historia. Le di un último repaso, lo imprimí y recé un poco, a la espera de que el profesor no le pareciera demasiado cursi.

La clase de Escritura Creativa era una de las tantas donde Brandon no estaría conmigo. Él había elegido una materia relacionada con economía y periodismo, así que ese día no nos veríamos. Me había texteado varias veces en la noche anterior, pero me la pasé leyendo lo que quedaba de El hombre evanescente. Era imposible no cogerle lástima a Bárbara Allyn si se tomaba esa vida como la de ella.

Hacia el final, la protagonista se liberó de sus cadenas y salió a ver un marchante de arte para proponerle una exposición. Le prometió que si hacía menos de un millón de dólares con su arte, le iba a regalar todos los cuadros que no se vendieran. Su esposo, por supuesto, no tenía idea de nada de eso y cuando se enteró corrió a los tribunales a acusarla de plagio, pues aseguraba que el cuadro más bello, que se titulaba Pasiones de la China moderna le pertenecía. Fue una pesadilla. El esposo insistía, pero cuando le pidieron evidencia de que él lo había pintado nada fue concluyente. La protagonista hasta tenía bocetos de lo que sería más tarde la pintura y el caso se desestimó. El marido intentó hundirla pero ella había crecido como persona. No lo dejó, pero vivió para humillarlo y hacerle la vida imposible. Poco a poco, todos los aires de grandeza de él se disolvieron hasta que se convirtió en un hombre serio y responsable. Se había enamorado de ella y le hizo una pintura: El hombre evanescente que lo mostraba en una ampliación fotorrealista en la que algunas partes de su cuerpo se desvanecían, y el corazón se ubicaba fuera del pecho. Cerré las páginas del libro un poco sobrecogida. La historia no rebosaba de optimismo y era un tanto burlesca en lo que se refería a la concepción de los personajes. Tal vez la farsa, con un trasfondo supuestamente real, hacía que muchos pensaran que Bárbara era una gran escritora.

Ya en el aula y a la espera del Sr. Fitz, todo el mundo me preguntaba si él no me había dado algún tip de cómo quería la redacción. Les dije que él mismo se encargaría de avergonzar a todo aquel que se la inventara, pues según sus propias palabras, tenía buen olfato para los mentirosos. Mi celular me notificó de un nuevo mensaje. Era de Brandon:

No tengo Economía Política y Periodismo, quieres escaparte de la clase de Tortura Creativa conmigo? Besos

Me apresuré a contestarle que no podía, que era día de evaluación y el Sr. Fitz estaba un poco pesado con todo eso. Él siempre está pesado fue la contesta de Brandon. Puse mi móvil en silencio y en ese instante la clase se puso de pie. Había entrado el profesor. Vestía una camisa a cuadros, muy ajustada, tanto que los botones podrían reventar en cualquier momento. No estaba pulcramente peinado como siempre, sino que llevaba el pelo alborotado con sus ondulaciones castañas. Se había quitado la barba incipiente y ahora parecía más joven, aunque comenzaba a mostrar las primeras evidencias de la marca de la sonrisa alrededor de los labios. –Buenos días –saludó. Todos contestamos a coro y se volteó al pizarrón. Algunos nos sentamos y, en ese instante, el Sr. Fitz se volteó y dijo:

–Pueden sentarse, clase. Todos nos sentamos.

–¿Quién será el primero o la primera en narrarnos su experiencia sexual? Una chica detrás de mí levantó la mano:

–Sr. Fitz, me parecía que Rebecca iba a compartir con nosotros su redacción. De eso se tratan estas clases, ¿no? De escribir y crear. Era una de las groupies de Brandon. Tenía muchas y esta era particularmente molesta. La había visto dar un respingo cuando lo había besado días atrás, pero no pensé que su guerra iba tan en serio en contra mía. –Creo que usted tiene razón... –dijo Fitz y trató de adivinar su nomre. –Anna, señor –respondió ella al fin. –Anna –conrtinuó–. Por eso usted será la primera que le contará a un montón de extraños cómo fue su primera experiencia íntima. Me imagino que por su aspecto, con sus gafas transparentes sin graduación, su gorro en tiempos que no hace frío y sus blusas de cuello chino y sayas de los '50, su redacción tendrá lugar en un viejo bar de pueblo, lleno de moteros decadentes que son carne de prisión. Luego usted, perdidamente enamorada del tipo que no debía, se sumirá en su ambiente de alcohol y tabaco añejo, y se sentará en las piernas de un gordo de pelo ralo y pésimo aroma en los sobacos, hasta que su miembro semiflácido pero igualmente grueso penetrará sus vírgenes y frágiles entrañas –Fitz hizo una pausa dramática–. ¿Me equivoco? Anna se puso roja y empezó a abanicarse, nerviosa.

–¿En serio espera usted que me crea esa sarta de tonterías? –Como usted supo que... –susurró Anna. –Leí tu blog Anna. Te crees una escritora incomprendida y vuelcas, según tus propias palabras, «el arcoiris de tu desgracia personal en los matices duotonales de la vida». ¡Por favor! Y el relato de la primera experiencia íntima debía ser escrito originalmente para esta clase. No quiero material enlatado lleno de Likes y comentarios. Si eres pésima, sé pésima e inédita, al menos conmigo. No creas que eres buena porque un montón de hipsters comparten tus posts en sus patéticos muros de Facebook. Anna se levantó de su mesa y salió de la clase, llorando. –A este paso me voy a quedar sin alumnos. Unos vomitan –me miró–, otros no soportan la carga de escuchar la verdad... ¿Qué tipo de escritores quieren ser ustedes? ¿Unos socialmente aprobados, o buenos escritores? –¿Cómo saberlo, profesor? La pregunta se me escapó de los labios. –Buena pregunta, Rebecca. Depende de si quieres ser rico y famoso o si pretendes dormir con la conciencia tranquila; de si has escrito algo que quisiste porque tu corazón te lo ha pedido, o si lo hiciste porque es el camino más corto para vivir de tus historias. Eso sí, una cosa no excluye a la otra. Puede ser rico y famoso escribiendo lo que te dicta el corazón; o puedes ser un incomprendido tratando de agradar a los demás. »¿Alguien quiere compartir sus historias? La mayoría de la clase levantó la mano. La pequeña charla de Fitz nos había inspirado como clase y él estaba radiante, más feliz que nunca. Para variar, se había levantado de buen humor. Las dos horas restantes, las pasamos riendo a veces, llorando otras. Escuchamos historias hilarantes sobre la torpeza y el nerviosismo del que podemos ser víctimas a la hora de intimar con alguien; y también algunas demoledoras historias de pedofilia y violación. Fitz había logrado que, como clase, nos convirtiéramos en cómplices de la escritura. Mientras leía mi relato escuché algunos murmullos de mis compañeros, que no se esperaban ese giro. Hasta el momento las historias habían sido literales, sin mucho vuelo artístico; así que de pronto, mi redacción con cisnes, sangre y lagos no parecía encajar. Aún así me aplaudieron muchísimo y me sentí satisfecha. Incluso Fitz me miró, complacido, y agitó sus palmas. Al terminar la clase dijo:

–Tengo un anuncio que hacer. Hay un concurso de escritura en el que me gustaría participara uno de ustedes. Es el Segundo Encuentro Universitario de Literatura Contemporánea y se realizará con la asistencia de los mejores alumnos de Escritura Creativa de las distintas Facultades. Para el proceso de selección se elige la obra más innovadora de un ejercicio de clase que, en este caso, tuvimos hoy. Y el alumno ganador es...

Todos respiramos hondo, y hasta escuché unas patadas de nerviosismo detrás de mí, al final de la clase. –Rebecca. Hubo murmullos de desaprobación, pero también otros me felicitaron. Ciertamente, mi «escrito» fue el único que no se ajustó a la norma, así que las dudas eran normales. Igualmente yo no entendía mucho de todo aquello. No sabía si Fitz hacía aquello porque confiaba en mí, me lo había ganado o si se trataba de favoritismo. Al terminar la clase me acerqué a él y le entregué el libro de El hombre evanescente. –Me enfadó mucho que tomaras precisamente este libro, Becky. ¿Becky? ¿Se acordaba de la borrachera, de la ducha, de que me creyó una prostituta? –No podía saberlo, Sr. Los últimos días se han transformado en una carrera en la que he descubierto demasiadas cosas sobre usted. Es el centro de muchas conversaciones. Me miró por encima de los lentes. –¿Y eso por qué? No estaba segura de qué contestarle, así que le dije:

–La sombra de Bárbara Allyn es muy larga, Sr. Fitz. –Frank. Dime Frank. Ya no es horario de nuestra clase. Entonces, ¿hay algo de todo eso que te moleste? ¿Algo que quieras saber? –Hay muchas cosas que quisiera saber sobre usted, pero no sé si esté lista.

–¿Te atraigo, Becky? Otra vez me hacía sentir incómoda. –No mientas. O bueno, hazlo, para proteger a tu novio. –No tengo novio, Sr. Fitz –dije enfadada–. ¿Puede decirme por qué me escogió? Sonrió, como siempre, con su halo de superioridad. Luego sacó mi trabajo de su maleta y me lo enseñó. –¿Qué ves aquí, Rebecca? La hoja era la misma. –Mi historia, Sr. Fitz. –Ahora puedes llamarme Frank. –Prefiero llamarle Sr. Fitz. Hace todo menos... confuso. –¿A qué te refieres? –A que no soy una persona cambiante. Que siempre intento tratar a las personas de la misma forma. Pero usted... Usted me trata bien un día, mal otro... Al tercero me humilla y nunca sé qué esperar. Si sonrío, molesta; si no lo hago también. Es una persona muy difícil, Sr. Fitz. Por eso es mejor definir las cosas desde ahora. Él tomó una bocanada de aire, sin dejar de observarme. –Muy bien –dijo tras unos segundos–. Esto es más que una simple historia de cómo perdiste la virginidad, Rebecca. Es arte puro. Asentí ante sus conclusiones. –No irás al concurso porque me gustes –sonrió. «¿Ahora le gusto?»

–...sino porque escribes bien y tienes una vena artística superior a la de tus compañeros. Estoy harto de las masturbaciones femeninas. –Es un precedente del Sr. Rodríguez. El Sr. Fitz sonrió, pero entre nosotros había un témpano de hielo. Se había transformado de pronto en un ser más distante que de costumbre y, en cierto modo, me pareció bien. –El concurso de Escritura Creativa tiene unas bases claras. Deberás escribir in situ, esto quiere decir en el lugar. –Sé lo que significa in situ, Sr. Fitz –entorné los ojos. A veces me rebasaba la manera despectiva en que podía llegar a tratarme. –¿Y cuál es la temática? –Este año se pedirá una meta-narración. La temática la dirán en el concurso. Era un reto bastante arriesgado para mí, sobre todo si tenía en cuenta que mi experiencia como escritora era bastante pobre. No me imaginaba haciendo nada por encargo, y menos aún una meta-narración. –Imagino que sabes lo que es una meta-narración, ¿no? Asentí insegura.

–Se trata que tu cuento o relato corto, deberá tener otro insertado. ¿Está claro? –Sí. –Ya puedes irte. Gracias por prestarme atención. Nos vemos por ahí. «¿Por ahí? ¿A qué se refiere con por ahí?»

–No le des tantas vueltas en la cabeza, Becky. Es solo una expresión. Me hice la desentendida y salí de clase muy asustada. A veces el Sr. Fitz parecía leerme la mente.

            
            

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