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La Indomable
img img La Indomable img Capítulo 4 Lo inesperado
4 Capítulo
Capítulo 11 Una visita inesperada img
Capítulo 12 Siempre encontrarás un corazón roto img
Capítulo 13 Aclarando límites infranqueables img
Capítulo 14 Fuego en el agua img
Capítulo 15 Conociendo a la Familia Bakri img
Capítulo 16 Desesperación img
Capítulo 17 Búsqueda y revelación img
Capítulo 18 Nader Hassan-Awad img
Capítulo 19 La tumba img
Capítulo 20 El misterio sobre Nassim img
Capítulo 21 El hilo de la trama sigue deshilándose img
Capítulo 22 La indomable toma el control img
Capítulo 23 Una venganza consumada img
Capítulo 24 La recuperación img
Capítulo 25 Dudas img
Capítulo 26 La resolución img
Capítulo 27 Todo sale a la luz img
Capítulo 28 Amada mía img
Capítulo 29 Enfrentamiento final img
Capítulo 30 Abre los ojos img
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Capítulo 4 Lo inesperado

Sandra se levantó a las cinco de la mañana. Comprobó que su equipaje estuviera en orden y Franco pidió permiso para bajar sus maletas hasta el bote que la conduciría hasta la primer World Island: Inglaterra. Sandra estaba eufórica y tomó un termo de café que Franco le ofreció mientras bajaban por el elevador privado.

- Sandra, tengo que decirte algo con lo que, probablemente, no contabas...

- ¿Qué? No hay nada que pueda ponerme de mal humor en este día que empieza mi libertad por mes y medio...

- Bueno... - el guardaespaldas de Sandra se aclaró la garganta antes de proseguir. – Eduardo decidió acompañarte hasta Inglaterra.

- ¿Qué qué? – Sandra se volteó fieramente hacia Franco que, por instinto, se hizo para atrás y levantó las manos.

- No me culpes a mí. Tu hermano lo decidió. Quiere comprobar en este pequeño trayecto que estarás lo suficientemente segura en tu expedición...

- Hijo de... - Sandra dio un trago a su café y salió hecha una fiera del elevador. Franco suspiró de alivio de no tener que lidiar con su protegida.

Ali Hassan y Eduardo estaban ya en la playa de Jumeirah al lado de un yate pequeño y de un bote con motor que era la muestra de cómo se transportarían de isla en isla a partir de su arribo a Inglaterra. Eduardo observaba todo con detenimiento cuando de pronto sintió como era empujado con gran fuerza por su hermana.

- ¿Quién te crees que eres para alterar mis planes a último minuto? – Sandra destilaba odio por las pupilas y Ali Hassan no sabía qué hacer o decir. Franco llegó corriendo detrás de la rubia y le hizo una seña a Ali de que no interviniera. Él más que nadie estaba acostumbrado a ver las peleas de los medios hermanos Villalba y Casablanca.

- ¡No me importa esta vez que te enojes, Sandra! Necesito saber que todo estará bien... ¡Te vas a perder en estas malditas islas artificiales por mes y medio! Unas ni siquiera están terImándas de construir, otras están totalmente deshabitadas ¡Todo esto es un maldito disparate tuyo! ¿Qué maldita necesidad hay de que te aísles?

- ¡Es mi problema y es mi dinero con el que estoy pagando mi expedición! Yo podría preguntarte a ti porque siempre tiendes a gastarte tu dinero en cosas tan tontas como fiestas, vestidos para tu novia en turno, joyas, autos de carreras, apuestas en el Grand Prix de Montecarlo... Eduardo... si tanto quieres ser piloto de carreras ¿Por qué mejor no te pagas un auto, lo corres a toda velocidad y te pierdes fuera de mi vida?

Eduardo guardó silencio. Sabía que Sandra le había dado en lo más sensible de su ser. Siempre había querido ser piloto de carreras pero su madre era muy sobreprotectora y se lo impedía. Cuando murió al dar a luz a Sandra, fue que empezó a intentarlo pero ahora eran sus novias en turno las que le pedían que no lo hiciera. Siempre había una excusa para no correr autos y por eso le fascinaba ir al Grand Prix de Montecarlo y hacer fuertes apuestas. Sandra había ido demasiado lejos con su comentario y eso le dolió.

- Muy bien, Sandra... eso fue duro...

- Soy sincera... y te dije que dejaras de meterte en mi vida... Cumplí 25 años y tu gran problema es que desde que murió mamá siempre viste en mí un problema. Me criaste como un muchacho, como tu compañero de juegos, de parranda. No viste en mí una niña, viste un muchachito que fuera tu amigo en tus correrías... y te salió mal, Eduardo... ¡Yo no era un niño! – Sandra gritó. – Yo no era un amigo tuyo... ¡Era tu maldita hermana! Y claro, cuando crecí, me salieron pechos y mis hormonas ya no fueron controlables para ti, fue que empezaste a llamarme "querida" y cuando viste que yo era agradable a la vista a los hombres pensaste que podrías hacer una buena transacción...

- ¡Jamás he pensado que casarte con alguien podría ser una solución! – Eduardo rebatió. – Es cierto, yo no esperé tener una hermana... tal vez no te crie de la mejor manera pero no puedes culparme...

- Bueno, pues te tengo noticias de última hora... ¡crecí! Y si no te ocupaste de mí cuando era una jovencita que no sabía cómo se manejaba el mundo y los hombres, no intentes explicármelo ahora porque ya es bastante tarde, ya lo aprendí por mi cuenta... - Sandra habló con altivez. ¿Por qué crees que me apodan "la indomable" en los periódicos, a tus espaldas, en la propia fiesta de cumpleaños que me organizaste aquí en Dubai?

- No me eches la culpa del propio apodo que tú te has fabricado, querida... - Eduardo sonrió por primera vez en toda la conversación. – Así te llaman, entre otras cosas porque tú misma te has encargado de engalanarte con esos apodos...

- Apodos que me agradan... así que te recomiendo que nos dejemos de tonterías, regreses al hotel, nos vemos en mes y medio en Estados Unidos y ahí retomaremos esta plática. Y por mi seguridad, no te preocupes... Me criaste como un muchacho... sé pelear y defenderme como uno... Me educaste bien, Eduardo...

Y diciendo esto, Sandra tomó su bolsa que era sostenida por Franco, le dijo adiós, besó a su hermano en la mejilla y le susurró al oído.

- No te preocupes, Eduardo... soy una perra... pero aun así eres mi hermano... y te quiero. Nos vemos en un mes y medio.

Sandra subió al yate, Ali la siguió y Eduardo junto a Franco vieron como el yate se alejaba de la costa de Jumeirah. Eduardo suspiró entre disgustado y triste. Franco trató de reconfortarlo.

- Es más decidida y fuerte que usted y yo juntos, señor.

- Eso espero, Franco... eso espero.

El trayecto a Inglaterra no duró más que 20 minutos. Sandra, extasiada, bajó del yate que era sumamente lujoso y la isla artificial la fascinó. La playa de Inglaterra era virgen y unas cabañas a todo lujo con hamacas y llenas de palmeras con jacuzzis privados y vistas panorámicas hacia la bahía de Jumeirah eran espectaculares. Ali Hassan sonrió.

- ¿Qué le parece, señorita Casablanca?

- Fascinante... no me ha decepcionado, Hassan...

- Si le parece, nos quedaremos aquí esta noche. Puede pedir servicio a su habitación para comer para que goce de la vista y por la tarde puede hacer una cabalgata por Inglaterra en uno de los caballos pura sangre con los que contamos. ¿Le muestro las caballerizas?

- Por favor...

Sandra por dentro brincaba de puro entusiasmo. Las flores exóticas se abrían en todo su esplendor por todos lados y el personal de Ali Hassan se encargaba de trasportar sus maletas hacia la cabaña más lujosa. Por su propia seguridad y recomendación de Franco, Sandra tomó su bolsa, revisó que su pistola estuviese cargada y siguió a Ali. En las caballerizas lujosamente equipadas vio a un precioso corcel negro. Fascinada, corrió a acariciarle las crines ante la mirada aprobatoria de Hassan.

- Se llama Luna. Es una fantástica yegua. Cuesta una fortuna.

- No importa... - dijo Sandra con desdén. – La quiero.

- Se le cobrará un importe adicional... - insistió Ali.

- No me interesa... dije que la quiero y es en ella donde cabalgaré esta tarde.

- Como usted diga.

Ali dejó a Sandra sola y Luna relinchó cuando Sandra volvió a acariciarle las crines.

- Creo que eres como yo, Luna... no te dejas domar a la primera...

- ¿Está todo listo para la cabalgata de esta tarde en Inglaterra? – una voz masculina con acento inglés se comunicaba por celular con Ali Hassan.

- Sí. Ella eligió como usted predijo a Luna.

- Bien. Encárguese de que ella tome el camino de la bahía...

- ¿El dinero ya está depositado en mi cuenta?

- Desde luego...

- ¿Cuántos harán la operación?

- Sólo él. No quiso que nadie más lo acompañase...

- No se preocupe... Me encargaré de que la señorita Casablanca cabalgue por el camino de la bahía...

Llegó la tarde y Sandra ya se había tomado un baño en el jacuzzi. Decidió ponerse unos jeans ajustados y una camisa blanca para dar su primera cabalgata en la primer World Island. Se calzó sus mejores botas de ante y en la cintura se ajustó la pistola en caso de que la necesitara. Sabía que las recomendaciones de Franco eran exageradas pero después de todo, estaba sola y por pura seguridad personal, consideró que cargar la pistola era una precaución. Se dirigió con paso seguro y elegante a las caballerizas donde se topó con Ali que, al verla, no pudo dejar de adularla.

- Señorita Sandra, no cabe duda que en verdad usted es una joya deslumbrante...

- Guárdese sus piropos, Hassan... no los necesito... - dijo Sandra con altivez. – Si vine aquí fue precisamente para no estar oyendo adulaciones... ¿Cuál es la ruta más hermosa que me recomienda?

- Tome la de la bahía... puede admirar el crepúsculo y correr a Luna cuanto se le antoje...

Sandra tomó la fusta que Hassan le ofreció y se subió como una auténtica amazona al lomo de Luna y se alejó trotando con elegancia. Hassan sonrió. El trato estaba cerrado.

Sandra llegó hasta la bahía y respiró profundamente llenando sus pulmones del aire salitroso que provenía del mar. Se maravilló al ver la puesta del sol y decidió que haría caso al consejo de Hassan y haría correr a Luna que se mostraba impaciente. Se inclinó, tomó la fusta e hizo correr a la maravillosa yegua y Sandra comenzó a gritar de felicidad al sentirse libre. Luna corría y corría y a Sandra no le importó empaparse de agua cuando Luna se metía entre las olas. El cielo comenzaba a oscurecer pero Sandra seguía cabalgando. De pronto, oyó los cascos de otro caballo detrás de ella. Imposible. La rubia pensó que era su imaginación y siguió cabalgando pero el sonido se hizo más claro y Sandra volteó hacia atrás. Un caballo blanco y un jinete enmascarado al que sólo podían vérsele los ojos la estaba siguiendo y estaba acercándosele cada vez más y más. Sandra mantuvo la calma. Ella estaba armada y sabía defenderse. Sin dejar que Luna amainara la velocidad, Sandra sacó la pistola, se volteó y apuntó hacia el jinete y disparó certeramente. Pero nada. No pasó nada. Sandra maldijo su suerte. ¿Qué demonios...? Y se dio cuenta. Las balas eran de salva. ¿En qué momento había ocurrido semejante cosa si ella misma la noche anterior había verificado el arma? Mientras tanto, el jinete se acercaba a ella y de pronto, por primera vez en su vida, Sandra sintió temor cuando comprobó que los ojos de aquel hombre que la estaba persiguiendo eran los mismos que ella había visto en la playa el día de su cumpleaños. Azul zafiro. Temerosa, usó la fusta para que Luna acelerara pero el hombre ya la había alcanzado, la igualó y la arrancó de la montura. Sandra gritó, pataleó, intentó golpearlo pero el hombre era sumamente musculoso y ágil y la inmovilizó en el acto. La rubia gritaba pero de pronto, el hombre habló y ella se aterrorizó de tan solo oírlo, no porque su voz fuera terrorífica, sino porque le habló con dulzura y con una voz sensual como si la conociera de toda la vida.

- ¿Quieres calmarte, cariño? Esto va a pasar aunque grites...

De pronto, Sandra sintió que el miedo la invadía. Aquello no podía estar sucediendo. Intentó zafarse pero no pudo. Intentó gritar pero el hombre la pegó tanto a su pecho que casi la ahogó. No supo si pasaron segundos o minutos hasta que llegaron a una casa sumamente lujosa, con vidrios en lugar de paredes, de dos pisos, con muebles modernos pero con toques orientales, palmeras, luces indirectas y detalles de mármol. El hombre bajó del caballo con ella y la cargó sobre sus hombros mientras ella gritaba.

- Cariño... más vale que te calles... nadie va a venir... Ali Hassan se fue... Estás sola en Inglaterra... conmigo...

Sandra ahogó un grito de horror cuando el desconocido sin desemascararse todavía, la dejó en una habitación elegantísima, blanca en su totalidad, con un enorme candelabro de cristal que colgaba en lo alto. Él desapareció. Sandra gritó e intentó abrir la puerta, las enormes ventanas suntuosas e intentó en vano ver si podía encontrar una salida. Ninguna. Todo estaba bajo llave y aunque hubiera querido aventarse por una ventana, de estar abiertas, se hubiera matado. Histérica por tener miedo por primera vez en su vida, se abrazó a sí misma arañándose los brazos en el proceso y de pronto la puerta se abrió y vio ante sí al desconocido de ojos azules.

Sandra se quedó horrorizada pero también impactada. El desconocido entró vestido con una bata de terciopelo rojo cubriendo un cuerpo perfectamente esculpido y musculoso. Blanco pero con una tonalidad levemente dorada como la arena. El cabello negro azabache se veía sedoso y acariciable. La mandíbula firme, la nariz recta, las cejas obscuras que enmarcaban unos ojos grandes y profundos de un color azul zafiro que brillaban como dos estrellas y una boca sensual que hizo que Sandra se estremeciera. Las manos de él eran tan masculinas que Sandra tembló cuando él se las llevó a la boca para morderse uno de sus largos dedos y verla con una mirada penetrante.

- ¿Qué... qué quiere?

Él no le contestó. Sólo se acercó dos pasos hacia ella y Sandra quiso gritar. Sentía que ese hombre tan hermoso era como un animal que la estaba acorralando y ella no quería y nunca había sentido miedo y la sensación era angustiosa. Aterrada gritó.

- ¡No se me acerque!

Él la miró escrutándola con los ojos y con descaro le contestó.

- ¿Y por qué no?

Sandra tragó saliva y comenzó a temblar más fuerte.

- ¡No se acerque! ¿Qué quiere de mí?

- Cariño... ¿no eres lo bastante mujer para comprenderlo

Fue ahí cuando Sandra supo lo que iba a ocurrir y trató de correr y alcanzar la puerta pero los fuertes brazos del hombre la sujetaron fuertemente pero con deseo.

- ¡No por favor! – Sandra suplicó. - ¡No, no me toque!

- Sandra... - el hombre le levantó el rostro y le besó la mejilla y lágrimas ardientes comenzaron a rodar por el rostro de la rubia. – Tú sabes lo que yo quiero. Pero soy ante todo un caballero y no te forzaré. Pasará cuando entiendas que aquí mando yo y que haré que, por tu voluntad, te entregues a mí.

- No... se lo suplico... - Sandra olvidó que ella era "la indomable", que ella no rogaba, que ella no suplicaba.

- Llámame Nassim, cariño... - el hombre se acercó y en un arranque, Sandra lo abofeteó.

- ¡Eso jamás va a pasar!

Nassim la miró y con una mano la atrajo con fuerza hacia él por la cintura y con la otra la tomó por la barbilla, quitándole el aliento.

- Va a pasar... porque puedo... y porque quiero... Porque deseo a la indomable que hay en ti, Sandra... - y Nassim le dio un beso en la mejilla antes de salir del cuarto que dejó bajo llave.

Sandra sollozó y supo que no podía pelear más y pasó toda la noche maldiciendo su decisión de haber ido a las World Islands.

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