Judith López
Todo mi cuerpo temblaba de miedo. El hombre frente a mi tenía una mirada oscura y profunda, sus facciones eran gélidas, pero a la vez me veía compasivo, como si me tuviera lastima. No podía despegar mi vista de esos ojos, no sé por qué, pero me hipnotizaban.
-¿Vives cerca de aquí? -escuche que pregunto, pero mi mente no reaccionaba puesto que estaba ocupada delineando el contorno de su rostro con la vista. Parecía como de esos hombres que se ven en la tv, alto, castaño, con músculos, pero lo que más me llamaba la atención es que su ropa contrastaba enormemente con su figura. Nunca había visto a un hombre como él vestido así. Carraspeo llamando mi atención -Te pregunte si vives cerca de aquí -se acercó unos pasos a mi lo que me paralizo el cuerpo por completo. Me sentía aturdida. Asentí -te llevaré a casa, es peligroso que alguien como tú ande sola a estas horas de la calle.
Abrí los ojos por completo sintiendo una especie de desolación recorrerme de pies a cabeza. Él decía la verdad, alguien como yo, una chica de veinte años ni si quiera debería estar en la calle a estas horas de la noche, debería estar en casa haciendo la tarea de la escuela. Un nudo enorme se formó en mi garganta. Me di media vuelta para que el hombre no me viera llorar, comencé a caminar a paso lento primero pero después más rápido. Sollozaba en silencio notando su presencia a corta distancia. Cuando llegué a mi casa, me detuve en seco, dudé en voltear a verlo, pero este hombre me había salvado, le debía las gracias, de no haber sido por él, Joel hubiera... abusado de mí. Tiemblo de miedo al pensar en eso.
-Gracias por salvarme -musito en voz baja, mirando al suelo, no sé por que siento vergüenza sabiendo que no debería.
Se para frente a mí. Puedo ver sus zapatos desgastados.
-¿Aquí vives? -pregunta de nuevo con esa voz que me estremece.
-Si -contesto.
-¿Dónde están tus padres? -alzo la vista, nuestras miradas se encuentran.
Suspiro -vivo sola -arquea una ceja incrédulo, luego me arrepiento por haberle dado una información tan privada a un extraño, pero este extraño no se ve como la clase de persona que se aprovecharía de alguien como yo en mi estado.
-¿No tienes a alguien? ¿Un familiar? ¿algo? -niego -entra -me ordena.
Meto la pequeña llave al candado improvisado que tengo en la puerta de mi pequeña casita desgastada de una habitación. Enciendo la luz. Cuando me doy cuenta mis nervios regresan al ver que ese hombre también esta adentro conmigo. Me quedo mirándolo con cierto miedo, yo nunca he traído a alguien a casa, las únicas personas que visitaron antes fueron los abuelos de mi hijo, pero, me arrepiento por haberlos dejado pasar.
Como si pudiera leer mis pensamientos, toma la única silla que esta sobre la mesita de plástico donde suelo comer y se sienta.
-Sería muy tonto de mi parte dejarte sola por hoy, ese hombre pudo haberte seguido durante días, sabrá donde vives, eres presa fácil de un delincuente si vives sola, niña, ¿dónde está tu familia? -insiste en ese tema.
Aún de pie le contesto -mi madre me echo de la casa hace más de dos años, ese hombre era mi padrastro desde que salí de casa de mi madre no lo había vuelto a ver hasta hoy que...
Las lágrimas regresan. Tapo mi rostro con las manos.
-Me quedaré aquí por hoy, debes cuidarte mejor, no salir tan tarde.
Asiento, aunque por dentro sé que no puedo evitar andar en la calle a estas horas por que es la hora en la que cierro el puesto de doña Mati. Sin ese trabajo no podría sobrevivir.
-Gracias señor.
Me dirige una sonrisa que no entiendo.
-¿Cuántos años tienes?
Muerdo mi labio inferior.
-Veinte.
Entrecierra las cejas.
-Podría jurar que te ves de menos edad -mientras habla observa a su alrededor con curiosidad.
-¿Quiere café? -pregunto tratando de ser amable.
Parece pensar en la respuesta. En mi mente rememoro si tengo algo más que ofrecerle, recuerdo que tenía algunas piezas de pan.
-Creo que lo necesitaré.
Saco de uno de los estantes que improvise con una caja de madera de las que sirven para transportar frutas que me dieron en el puesto una ollita para calentar agua, enciendo mi pequeña estufita eléctrica de una pieza mientras trato de ignorar la mirada del hombre que siento clavada en mi espalda. Tomo la bolsa del pan y doy gracias que aún tiene una pieza, la coloco sobre un plato. Preparo el café.
-Siento no tener leche que ofrecerle, es que casi no estoy en casa y mi frigorífico es muy pequeño, también tengo algo de pan por si tiene hambre -señalo a la mesa para que acerque la silla. Lo hace, pero no deja de verme.
Veo como muerde el pan.
-Esta duro -dice para luego tomar al café.
Nunca había visto un hombre de la calle tan exigente. Hace el pan a un lado lo que me hace sentir un poco mal por no tener algo más que ofrecerle ya que él me salvo de mi infortunio.
-No recuerdo haberlo visto por aquí antes... -pienso en voz alta.
-No soy de por aquí -asiento.
Saco del bolso trasero de mis pantalones un billete de bajo valor, de mi paga de hoy. Lo dejo a un lado de su mano.
-Como verá no tengo mucho, pero le agradezco infinitamente lo que ha hecho por mí, por favor, en algo le podrá ayudar.
El hombre frunce el ceño mirándome como si me analizará.
-¿Crees que soy un vagabundo? -me pregunta de repente.
-Bueno... -titubeo -pues no lo sé, por esta zona hay mucha gente que vende o pide en las calles, disculpe si le ofende, yo pensé...
Sonríe. Es una linda sonrisa. Pero es un señor, me reprocho mentalmente.
-Bien, lo acepto -sorpresivamente se mete el billete al bolsillo de su camisa. confirmándome que si es un señor en la calle.
-¿Se quedará aquí? -pregunto de nuevo, es que nunca había estado en la misma habitación que un extraño. Es algo muy raro.
-Si quieres me voy -dice poniéndose de pie, alzo la vista por que apenas mi cabeza llega a sus hombros.
-No por favor, quédese -suplico -tengo miedo de que él regrese, puede dormir en la cama si quiere, yo dormiré en el piso, no hay problema.
-Dormiré en la silla, duérmete ya, así amanecerá más pronto.
Me dirijo a la cama obediente.
-Niña... -dice cuando me siento sobre el borde -apaga la luz.
Asiento y corro de nuevo hasta la puerta para apagar la luz. A oscuras regreso a la cama y me tapo hasta las narices. No se ve casi nada, pero si puedo ver su silueta inmóvil sobre la silla. No tengo sueño, no he podido dormir. Al parecer el señor que no le pregunte si quiera como se llama, no batalló para dormir, pobre, debe estar impuesto a dormir en cualquier lugar. Paso la noche pensando en porque me siento agitada estando en la misma habitación, será porque es un desconocido, o porque esta en mi casa, hace mucho que no hablaba con alguien más que no fuera doña Mati, eso me recuerda a la vida tan solitaria que llevo y a las pláticas en el puesto. Doña Mati siempre me pregunta si no pienso volver a tener un novio, me dice que no debería amargarme la vida, ella no sabe qué fue lo que paso con mi bebé, a pesar de que es tan buena persona conmigo nunca se lo he contado porque no me gusta recordar esos momentos tristes de mi vida porque cada que pienso en él, la melancolía regresa y no puedo evitar extrañarlo y llorar.